El “Scratch” por Javier Montes de Oca

El Upsetter Lee Perry en su Black Ark Studio antes de incendiarlo.

Lee “Scracth” Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar bendito y nadie lo haría cambiar de opinión.

─ Te digo hermano, que lo siento en el ambiente. Malos espíritus nos acechan, rasta –sentenció con cautela y algo de nerviosismo, los ojos desorbitados, el talentoso músico de cuarenta y siete años, mientras se mecía la barba.

─ No es cierto, rasta, está imaginando cosas. Esto está quedando estupendamente bien –mintió el joven mientras se revolvía en su silla, conociendo el temperamento exacerbado del Maestro. Tragó grueso y se apartó los dreadlocks de la cara.

─ Qué sí, rasta. Esto está muy feo. Hay una presencia de la Babilonia en el ambiente, hermano. Así no puedo seguir grabándote. Además, no me mientas, rasta, mi concentración ha sufrido un declive inesperado. No hago sino cagarla todo el tiempo, ¡estoy jodido! –gritó el gran Upsetter asestándole un puñetazo tal a la consola de grabación de cuatro canales del Black Ark, que se dejó marcada en su negra mano, varias clavijas.

El glorioso estudio de grabación ubicado en las afueras de Kingston en un terreno de la propiedad de Lee “Scratch” Perry, justo aledaño a su residencia, había conocido mejores épocas. ¿Y quién podía dudarlo?

─ ¡Tranquilo, Upsetter! Usted es el más grande productor que esta isla haya conocido. Por eso, me honra magnamente que haya aceptado producir y remasterizar mi trabajo, ¡será sin duda lo más grande que haya hecho yo hasta el momento y no sería nada sin usted, rasta! –intentó en vano tranquilizarlo el joven músico, a sabiendas que el grande Lee Perry ya no es lo que era.

Su fragilidad mental y el nunca probado abuso de drogas y del barato ron caribeño, amén de los duros golpes de la vida, habían minado su percepción de la realidad, si bien su talento musical parecía ir in crescendo con los años.

─ ¡Qué no rasta! No hace falta que me mienta, estoy hecho una mierda. Escucha esto –dijo con la voz quebrada por la frustración el excéntrico productor jamaiquino y acto seguido con su dedo índice y medio de la mano izquierda repletos de grandes anillos de plata y oro, subía las clavijas de la consola dejando escuchar lo que acababa de grabar.

Las ondas sonoras del reggae y del Dub del novato músico irrumpieron y vibraban contra las paredes del Black Ark realizando un ensayo de lucha contra las malas vibraciones que percibía Lee “Scratch” Perry. No estaba nada mal. A pesar de su locura, el Upsetter seguía siendo el más duro de los productores de reggae del Caribe.

─ ¿Lo oyes? Babilonia acecha rasta, ¡Esto es una absoluta mierda! –exclamó Lee Perry, mientras se levantaba de su asiento y observaba con la cabeza gacha los cándidos rayos de sol que entraban por el agujereado techo del estudio.

De repente, le sobrevino un ataque de ira y la emprendió con rabia contra el Black Ark Studio, su Black Ark Studio. Comenzó a propinarle patadas y golpes a las paredes y a arrancar todos los aislantes sonoros de las mismas en un ejercicio de insanidad inconcebible.

─ Pero, ¿qué carajo hace Maestro? ¡Su estudio no tiene nada que ver con esto!¡Si es una obra de arte y patrimonio sonoro de la isla, brotha!¡Deténgase ya mismo! –arengó el chico rastafari lo más enfáticamente que el tetrahidrocannabinol acumulado en sus neuronas le dejaba.

─ ¡Nooo!¡Este estudio es la perdición!¡Aquí yace Satanás escondido entre los cables y atrás de los micrófonos! –saltaba el enjuto productor afrocaribeño-. ¡Escucha las malas vibraciones, rasta!¡Escúchalas!¡Por eso he caído en desgracia!¡Por eso mi música ya no es lo que era tiempo atrás, man!¡Obra de Babilonia, Satanás en Babilonia, rasta! –iba de un lado al otro desconectando de golpe los cables y rompiendo los vidrios con un martillo.

─ ¡Maestro Upsetter, por Jah Rastafari!¡Deje en paz al Black Ark ahora mismo, que luego se arrepentirá por siempre¡ Venga, salga de aquí, man –le espetó ahora con más saña, verdaderamente preocupado y guardando con prisa todos sus instrumentos, temiendo que el arranque de locura de Lee “Scratch” Perry pudiera terminar en sus últimas consecuencias.

En este estudio, el aún treintañero había grabado en la década pasada a un jovenzuelo mestizo hijo de un capitán británico, que estaba lleno de ilusiones pero que hacía falta pulir como al diamante. Se llamaba Robert Marley y un día había acudido en compañía de Peter Tosh y de Bunny Livingstone al Black Ark en busca de las sonoridades que sólo el Upsetter Lee “Scratch” Perry podía darle a la música.

Igualmente en este anexo, caído en desgracia, se había inventado el Dub en conjunto con otro chico jamaiquino, Osbourne Ruddock, que pasaría a ser conocido más tarde como el rey del Dub, King Tubby.

Pero el buen Lee Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar otrora bendito y nadie lo haría cambiar de opinión. Corrió con sus delgadas piernas de garzuela a buscar un bidón de kerosene, tan abundante como combustible en aquella época en el Caribe, y roció todo el estudio, totalmente poseído.

Roció el tablero principal y la mágica consola de cuatro canales, que tantos músicos blancos, incluido el ladrón inglés de Chris Blackwell que le había robado a su querido alumno Robert Marley y su banda The Wailers, habían intentado emular sin éxito.

─ ¡No haga eso Maestro!¡Aquí no hay ningún Satanás!¡Babilonia lo ha envenenado para que crea eso! –gritó desesperado el chico mientras cogía todas sus pertenencias e intentaba salir de aquel lugar, antes de que Lee “Scratch” Perry incendiara su histórico recinto.

─ ¡Muy tarde rasta!¡Sal de aquí ahora mismo, vete, vete! –sentenció casi esquizofrénico el genial productor.- ¡Quémateee Satanás y tus vibraciones de mierda!

Se hurgó en sus pantalones colorines y sacó su mechero de oro, mientras el otro chico salía despavorido sin creer muy bien en la locura que estaba consumiendo a uno de sus grandes ídolos.

Lee “Scratch” Perry lanzó con fuerza el mechero contra su epopéyica consola y una llamarada alumbró el estudio de grabación. El músico, que tampoco deseaba hacerse daño físico, salió del lugar con una sonrisa sarcástica de oreja a oreja y besando una estampilla de Haile Selassie I que tenía en la cartera.

Ambos músicos, el maestro y el alumno, se quedaron pasmados afuera viendo como las llamas quemaban a Satanás y a sus malas vibraciones. El alumno casi lloraba por la pérdida cultural que estaba ocurriendo para su nación. Lee “Scratch” Perry por su parte, sonreía y se imaginaba al mismísimo diablo con cara de británico, eso sí, quemándose en su Black Ark Studio.

Mientras a lo lejos se oían las sirenas de los bomberos y de la policía en aquella noche calurosa de Kingston, Jamaica en 1983 y Robert Nesta Marley hacía un par de años que había sido consumido por un cáncer y enterrado con un funeral de estado en esa paradisíaca isla de las barricas de roble, un joven músico de reggae y Dub con los dreadlocks hasta la cintura le preguntaba al mítico Lee “Scratch” Perry, el Upsetter, como él se hacía llamar, por qué había incinerado ese histórico estudio casero que tanto había colmado de gloria la música jamaiquina.

El señor en cuestión se limitaba a responder, aún quizás bajo el efecto de algún alucinógeno barato y todavía severamente tocado por la separación con su familia ida a vivir a Inglaterra y obstinado con la corrupción de un rico empresario holandés que lo había dejado en la quilla, y con el negocio discográfico de la isla, simplemente esto:

─ Yo seré negro y muy negro. Pero el Black Ark lo era aún más –las llamas se habían llevado ya a Satanás y quizás a la memoria de Chris Blackwell y de Bob Marley-. Era un agujero negro de la locura y de la avaricia de los blancos –dijo Perry sentándose a pelar una banana que recogió del suelo.

“De Javier Montes de Oca”

Conversaciones con un Minotauro por Javier Montes de Oca

El Minotauro recibió al periodista francés Philippe Masson en su laberinto fétido.

Realizarle una entrevista al Minotauro de Creta no es algo que pase todos los días.

─ Hace tanto tiempo que espero al desgraciado ese –pensó y se retorció en su silla. Tantos años y no vuelve. La última vez me pegó una paliza tal que pensé que no sobreviviría.
─ Pero, él también lo pensó y se equivocó- había proseguido. ─ Me dejó con vida y aquí me tienen tomándome una taza de té en la cocina de mi prisión. De mi laberinto, mejor dicho.
El Minotauro levantó su pesado cuerpo. Ya estaba algo viejo, pero su corpulencia y voracidad aún se hacían notar. Su pelaje terracota había blanquecido por el paso del tiempo y su puntiaguda cornamenta había empezado a romarse, a pesar de sus repetidos esfuerzos para afilarla y pulirla.
─ ¡Qué asco de vida! Al principio todo eran maravillas, me arrojaban princesas y doncellas a cada rato, pero la última, una gorda patricia romana me la habrán echado dentro a lo menos hace mil seiscientos años –posó su estremecedora mirada en mí y sentí verdadero miedo.
El Minotauro debió haber olfateado el pánico que me recorrió toda la espina dorsal y me erizó los cabellos. De pronto, preferí estar cubriendo la hambruna en Somalia, el golpe de estado en Mali o la carnicería en Siria. Pero yo, ¡claro, siempre el más bocón! Me ofrecí para venir a las Islas Griegas. Pensé que después de la entrevista tendría tiempo para visitar Mykonos o Santorini. Tragué grueso, me ajusté las gafas y me acicalé el mostacho.
─ Luego, con el paso de los siglos, me echaba al buche una que otra campesina pueblerina que caía en la cueva huyendo del exterior. ¡Ahh, la Edad Media! Esa sí que fue una buena época. Te lo digo…eh, eh…¿cómo me dijiste que te llamabas?
─ Philippe –y se me fue la voz. Volví a recuperarme del susto y le repetí enfáticamente ─ Philippe.
─ Vale Philippos. Te estaba contando que las chicas que llegaban errantes a mi laberinto por aquellos años, eran muy lujuriosas. Primero querían fornicar durante días enteros y luego, cuando el hambre ya me dominaba, me las engullía. Aunque es cierto que no tenían tanta carne como las patricias romanas. ¡Esas sí que estaban gordas! ¿Otra taza de té?
El té del Minotauro estaba francamente apestoso, pero después de haber probado la comida británica ya estaba curado en salud frente a cualquier cosa. Accedí. El Minotauro tardó unos segundos en responder, cogió una cucharilla de la mesa y viéndose en ella se pulió el enorme aro de bronce que le surcaba las fosas nasales. Se levantó nuevamente de la mesa. Su cornamenta, inequívocamente ya no es lo que era hace unos siglos, pero estoy seguro que ni el más osado de los toreros españoles ni latinoamericanos se atrevería ni siquiera a guiñarle un ojo a este portento mitológico que dicen que habita esta caverna en el centro de la isla de Creta desde al menos unos dos mil quinientos años. Mediría, por lo menos dos metros treinta y su corpulencia era como la de dos toros Miura uno al lado del otro. Sus pupilas envejecidas se fijaban en mí con cada pregunta que le hacía y francamente ignoraba como saldría de esta.
─ Entonces Philippos, ¿éste es un reportaje para quién? –y a continuación estornudó con fuerza haciendo vibrar las paredes del intrincado laberinto.
─ Para la RFI francesa.
─ Vale, pero como venga luego una horda de turistas enloquecidos a querer entrar en mi guarida, gracias a este reportajillo tuyo, levanto el teléfono y llamo a mi primo galo para que vaya a hacerte una pequeña visita, ¿entendido?
Esta entrevista con el Minotauro de Creta era lo más fabuloso que saldría este año por la radio francesa, así que la gerencia se había gastado un dineral en convencer y en contratar a un experto académico de La Sorbonne en Lenguas Muertas, P.H.D. en Griego antiguo para que fungiera de traductor con este engendro mitad hombre, mitad toro. Lo cierto es que a veces, el académico dudaba antes de traducir. Me supuse que el Minotauro habría recibido influencia de las lenguas y los acentos foráneos de las mujeres que se fornicaba y luego ingería, durante siglos. Por esa razón, intuyo, el traductor estaría algo perdido.
Tragué grueso y acomodé la grabadora que se había movido con uno de los golpes del Minotauro.
─ Después siguieron pasando los siglos –retomó su relato.- Ya me conocía de cabo a rabo este asqueroso laberinto y empezaba a hartarme de él. Del moho de sus piedras, de la suciedad. Eventualmente, en el Renacimiento, obligaba a una doncella a limpiármelo todo dándole la esperanza de que así la liberaría. Pero nada, después de que todo estuviera limpiecito, la hacía ver las estrellas con mi calibre, ¿usted entiende, Philippos? Y nada, luego me la engullía.
─ Ya veo, ya veo. ¿Y no llegó nunca a enamorarse de ninguna de ellas y pedirle que salieran de esta guarida juntos? –le pregunté viéndolo directamente a sus tenebrosas fosas nasales.
─ ¿Estás completamente loco? Alguna vez una de esas gordas me dijo que se estaba enamorando de mí, pero yo creo que era más bien por el calibre, ¿sabes? Bahh, enseguida me la comí –saboreó su té y se quedó observando impávido a mi traductor.
─ ¿Y no te tienta la idea de salir de aquí? ¿Qué te detiene? –interrumpí la sórdida mirada que el Minotauro le estaba dando al bueno del traductor.
─ ¡Qué iluso eres, Philippos! ¿Crees que un monstruo mitológico como yo sobreviviría más de un día en su caótica civilización moderna de armas de fuego y bombas nucleares? Aquí me cae cada cierto tiempo una chica perdida y tengo para entretenerme algunas décadas antes de comérmela. Eso si no se pone muy insoportable primero, claro. Además, con los siglos he aprendido a mantener la grasa corporal más tiempo, por lo que ya no tengo que comer tanto como en mi juventud – respondió socarronamente el inmenso toro humanizado.
El aire espeso, cargado, embotado, ya empezaba a molestar evidentemente a mi equipo de la RFI, que además, no gana lo suficiente como para esta clase de sustos cretenses. Por lo que decidí jugarme la última carta, y preguntarle lo siguiente al Minotauro:
─ ¿Cuál es tu mayor frustración en la vida, Minotauro?
Se hizo el silencio sepulcral en el laberinto. Creí haber obtenido el efecto deseado, aunque ahora reconozco que se trató de una imprudencia del tamaño de Grecia entera. Luego de unos breves segundos, nos peinó el bramido caliente de la bestia.
─ ¡Teseoooooooo!! ¡Tráiganme el cadáver de ese mal nacido que lo voy a triturar y voy a decorar las paredes de mi baño con el tuétano de sus huesos! Tenían que haberlo visto, al cobarducho ese, engendro ateniense, cómo me engañó y me atacó por la retaguardia. Era tan afeminado, que creí que era una mujerzuela, me engañó y me dio una paliza de la cual tardé varios siglos en recuperarme –masculló furioso y le dio un golpetazo tal a la mesa, que volcó todas las tacitas de té, mientras agitaba sin control su cola y los ojos se le iban llenando de furia.
Acto seguido se cargó la mesa y arremetió contra parte del mobiliario de su rocosa casa como si el torero le hubiera clavado en ese preciso instante todas las banderillas. Me puse de pie súbitamente y de un brinco recuperé la grabadora. El resto de mi equipo se escudó tras una columna marmórea al estilo jónico.
─ ¡Philippos, hazme ahora mismo una promesa! –y se acercó a mí goteando saliva y pisando fuerte con sus fornidas pezuñas.
─ Lo que quieras Minotauro –me sentí como cuando debí interceder frente a un general bosnio en la Guerra de Los Balcanes para que no se cargara a una indefensa viejecilla serbia.
─ Así te tardes una vida, búscame los huesos de Teseo y tráemelos. ¡Es lo que necesito para poder descansar de una vez en paz! Acabar mi longeva venganza contra el estiércol ateniense ese, que me propinó la más voraz de las palizas. Philippos, tráemelo, no importa cuando –suavizando su estentórea voz, hasta casi suplicar.

Y le hice la promesa a un toro gigante. Le dije que sí se lo llevaría. Y hoy por la primera de Radio France International quiero comprometerme, al igual que como lo hice con el Minotauro, con todos mis escuchas a lo largo y ancho del territorio francés, en Bélgica, Suiza, África y a todo aquel que me sigue por nuestro site de Internet, que haré todas las diligencias posibles con el gobierno heleno para hallar la tumba de Teseo en la Acrópolis y hacer realidad el sueño del Minotauro de Creta. Como que me llamo Philippe Masson. Mesdames et messieurs, han escuchado “Conversaciones con el Minotauro” en “Al otro rincón del mundo” en vivo cada lunes a las ocho de la noche por la primera de Radio France International. Mi nombre es Philippe Masson, nos escuchamos la semana que viene. Se les quiere, au revoir.

“De Javier Montes de Oca”

A pesar del Fado por Javier Montes de Oca

Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues.

Con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa.

Una voz de ángeles. Una belleza sin parangón por esas tierras rurales, por esos coloridos campos, surcados del dorado fulgor del trigo y por los suaves movimientos de las vides con el mecer del viento otoñal. Unos ojos almendrados y verdosos como las de una princesa mozárabe. Y el Fado, estaba el Fado. La saudade que pellizca de melancolía todo el entorno pero que no lo deja ser alguien más. Es esa saudade que le otorga el zumbido empalagoso a esa mujer crecida en esas tierras lusitanas.

A Olivia nunca nada la detuvo en su pequeño Abrantes natal. Desde que era sólo uma menina, su madre le atizó que era la criatura más hermosa de todo el pueblo y fue madurando de esta manera, haciéndole sombra a sus dos hermanas menores, Graça y Natividade que sin embargo, en nada tenían que envidiar a la brillante Olivia ni en belleza ni en inteligencia. No obstante, estaba el Fado, siempre el Fado.

Con el pasar del tiempo, que en aquellos terrenos de Dios, es igual a decir mucho, la madre de Olivia, Assumçao, conoció en una pequeña botica del pueblo a Márcia, una delgada mujer de cabellos ocres, cuya afabilidad en el trato encantó de buenas a primeras a la gran matrona alentejana. Esta chica seductora, obstinada del ruido y de la polución de los barrios bajos de Lisboa, acababa de asentarse en Abrantes por una temporada, a fin de poder reencontrarse con su fuero interno que ya la tenía consumiendo pastillas ansiolíticas. Y muy a pesar del Fado.

Pues sí, Márcia, ahora en sus lejanos treintas, era profesora y cantante de Fado en el barrio capitalino de A Moureria, y ya reventada de la ciudad, decidió establecerse en la ruralidad bucólica de aquel pueblo del centro de Portugal, a la par que, estaba segurísima de eso, esta mudanza incrementaría su saudade por los barrios céntricos y en ocasiones, pérfidos, que solía frecuentar.

De esta manera, la ilusión pintoresca de la señora Assumção, porque su hija aprendiese a cantar el Fado de sus amores, ya podía materializarse. Fado, saudade, Fado. Nada era suficiente para satisfacer a Márcia en sus ansias por hacer de Olivia, ya casi una adolescente de ojos profundos, en una grácil cantante de Fado.

Pasaron los meses y la relación profesora-alumna se fue estrechando cada vez más, hasta que Olivia ya casi pasaba más tiempo con su instructora que con su madre. Sin embargo, realmente había algo en esta chica que a todos hechizaba. Márcia no recordaba haber querido nunca tanto a una alumna, como a esta pequeña chicuela de la clase obrera. Además, su voz, había algo tan teatral en su voz, que Márcia sin saberlo, se estaba haciendo fanática de su pupila. Es cierto que había conseguido un par de alumnas más en el pueblo, pero ninguna le llegaba a las tonalidades exquisitas ni al lirismo que la voz, aún por labrar de la chica, podía alcanzar.

Pasaron los años y Olivia cumplió 21. Hace tiempo ya, que no había vuelto a ver a Márcia, ni siquiera había sabido de ella. Su otrora amada profesora. Aquella que, junto con su madre, sus hermanas, los chicos del colegio y todo su pueblo habían forjado su vanidad, su carácter indomable, que tanto contrastaba con su origen humilde y con sus evocaciones sobre el escenario. Pero ahora estaba Lisboa. Nunca más volvería a ese pueblo de mierda, lleno de campesinos olorosos, locos por el alcohol. Ahora, tenía al Fado y el Fado la tenía a ella. Estaba abriéndose camino a fuerza de su belleza, su embelesamiento al cantar y su carácter.

Olivia, sólo había conseguido entrar a cantar en pequeñas tabernas, tascas y Casas de Fados, acompañada en cada sitio por músicos diferentes, que con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa. Pero los elogios al final de cada pequeña presentación eran sublimes y siempre exacerbaban el talento de la chica del Alentejo. Su talento fue in crescendo, así como su soberbia y amor propio.

Sin haber jamás entrado a un estudio profesional, ni haberse presentado en ninguna sala realmente importante de la capital, Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues. Cualquier pequeña desavenencia en el día a día le hacía perder la compostura y su escultural figura perdía parte de su esplendor. Su furia a la hora de un contratiempo, por nimio que resultara, la hacía alejarse maldiciendo y no encarar como una auténtica cantante folklórica los detalles que pudieran estar estorbando su perfección. Pero siempre le quedaba el Fado, ese cantar longevo que había aprendido con tanto cariño y que le había enseñado tantas cosas. Pero, ni él podía con su vanidad.

Sus peticiones a la hora de firmar contrato con los dueños y administradores de los locales nocturnos donde se presentaba, así cómo a la hora de sus largos ensayos con sus músicos, se iban volviendo cada vez más excéntricas y alejadas de la niña de cuna proletaria, educada con firmeza por su madre. Pero su voz y su juventud la avalaban. Siempre todos, terminaban firmando y cediendo a su vanidad.

Al fin la carta que estaba esperando le había llegado. La audición que había hecho en el lujoso Teatro da Trindade lisboeta, había dado sus frutos. ¡En su fina acústica resonaría por fin el Fado lírico de Olivia Almeida! La nueva Amália Rodrígues había llegado. Al menos, eso era lo que la vanidosa chica había hecho inscribir en el cartel promocional de su gran estreno.

Llegó el día. Su madre, sus hermanas, sus antiguos compañeros del colegio de Abrantes estaban ahí. El clérigo del pueblo, el ganadero, el panadero, el viticultor, incluso amigas de la más tierna infancia que tenía más de un lustro que no veía ni contactaba. El sonido era perfecto, ya lo había comprobado en la prueba de sonido. La iluminación era majestuosa. Esta vez tendría más músicos, todo un conjunto de piano y cuerdas que se sumaría a sus incondicionales João en la viola y Custódio en la guitarra portuguesa. El traje que se había hecho confeccionar especialmente, realzaba sus 23 años de una manera que ni el más excelso de los pintores realistas habría logrado esbozar.

Olivia salió al escenario, soberbia, micrófono en mano, con su clásica mirada engreída y jactanciosa. Aún así recibió una ovación al salir. Abrió la boca y nada. Ni una nota, ni una frase, ni un Fado, ni siquiera una saudade. Nada. La voz tan preparada en otras ocasiones, ésta vez no se atrevió a asomarse. Decepción y dolor. Ahora la saudade se había transformado en lágrimas espesas. Pataleó y se fue corriendo tras bastidores. Hubo que suplirla con una cantante residente del Teatro da Trindade, que siempre está preparada por si estos casos. Al final de cuentas, Olivia también es humana.

Al día siguiente alguien llamó a su móvil. Era una voz harto conocida, perdida en la lejanía de aquellos trigales y aquellas vides de su infancia y adolescencia. Suave como una madre cariñosa, pero firme como una profesora de corazón, de esas que probablemente se tenga una sola en la vida, le dijo cantando:

–       Olivia, te lo dije. Y no me quisiste hacer caso. Minha menina, eu te perdoo.

Márcia del otro lado del teléfono alcanzó a oír el triste lloriqueo de la humilde aprendiz de fadista alentejana.

“De Javier Montes de Oca”

Cabezones por Javier Montes de Oca

Los cabezones de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento.

Los moáis han profundizado en movimientos migratorios de delfines, orcas, ballenas y marsopas.

Los moáis de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento. Y si hay alguno que sepa algo de movimiento en este mundo, son precisamente los moáis. Ellos llevan varias centurias, percatándose de la oscilación de las nubes del cielo, de las olas, de las corrientes marinas. Ellos han analizado con detenimiento los ciclos lunares, solares y hasta estelares. En fin, de cualquier astro interplanetario que brille en la bóveda. Han visto transcurrir a millones de pájaros que surcan los aires. Han observado con indiferencia y prepotencia kilos y kilos de algas marinas que han llegado a las costas pascuenses, así como a cientos de navíos que se han asomado intempestivamente a los bancos de arena que se forman en la isla, para acto seguido, desaparecer con la misma.

Han profundizado en los movimientos migratorios de los delfines, las orcas, ballenas y marsopas. Incluso, más modernamente se han asombrado, eso sí, sin cambiar las facciones de su inerte rostro, de hordas de hombrecitos insignificantes, con grandes sombreros, gafas, binoculares y hasta sandalias. ¡Ah, las sandalias! Eso les recordaba con magnánimo dolor que existían los pies. Que existía el movimiento. Y como hemos dicho,  ellos son los maestres del movimiento, porque todo  lo saben acerca de él.

Pero, ¡con qué monótona resignación deben de permanecer allí! Ellos lloran cuando nadie, salvo las gaviotas y los alcatraces los ven. Salvo, cuando algún altivo cangrejillo pasa por enfrente de ellos. Entonces es cuando lloran a borbotones, a raudales. Ese es el único movimiento propio que pueden realizar: el precipitarse de aquellas lágrimas grisáceas por sus inmensas mejillas hasta la arena. Un llanto que luego ahogan, al despuntar del día y con el acercarse del primer molesto turista.

¡Ay, los moáis! Pero qué resignación el ser testigos eternos del vaivén del planeta y ellos permanecer clavados en la tierra sin ninguna esperanza de algún día desenterrar sus pesados pies del suelo y echar a caminar.

“De Javier Montes de Oca”

Lo más impresionante que se puede hacer con una tabla a cuatro ruedas

¿Pensaste alguna vez que lo que verás a continuación era realizable sobre una patineta? Pues, yo no. Luego, necesitarás ayuda para cerrar la boca cuando Kilian Martin termine su impresionante performance sobre esta tabla en una Estación abandonada de la RENFE en Madrid. Te lo he prevenido:

El fenómeno del skate madrileño, el artista Kilian Martin.

El skater madrileño hace de las suyas en una estación de tren abandonada.

Maestro Chung, ¡veo a los Yaks cuando vuelo! por J. Montes de Oca

Hace varias noches ya que apenas logro conciliar el sueño. Lo peor de todo, es la constante angustia que me persigue, que no me deja en paz ni un instante. Voy a contarle, Maestro Chung el origen de mis extensas penas.

–       Adelante, hijo mío – me dijo acariciándose el largo pero fino bigote blanco.

–       Me apena un poco Maestro, pero es la primera vez que recurro a alguien de su milenaria sabiduría para resolver un dilema que me aqueja. Siempre me he caracterizado por resolverlo todo yo sólo – le dije al Maestro, lo más humildemente que pude.

–       Tengo todo el tiempo del mundo, joven Li Xi, puede contármelo todo sin ahorrarse detalles – me espetó.

De esa manera comenzó mi larga y productiva sesión con el gran Maestro de la Orden del Dragón Amarillo, heredero de una sabiduría ancestral, que le provenía directamente de haber cursado altos estudios de adivinación con uno de los reverenciados lamas del Tíbet.

Yo, tal como le había asegurado al Maestro Chung, me preciaba por ser autosuficiente en todos mis asuntos, siendo un reputado profesor titular de la cátedra de Estudios Asiáticos de la Universidad de Sichuan, después de haberme doctorado con honores en esta misma longeva casa de estudios.

Todo comenzó, cuando un día en mi estudio, después de corregir unos trabajos de unos alumnos tibetanos y nepaleses, sentí unas desorbitadas ganas de meditar, cómo no las había sentido, desde que mi difunta abuela me incitaba cuando era un niño a acompañarla en sus conexiones ancestrales con la Madre Tierra.

Sucumbí. Me dirigí de inmediato a una habitación cerrada y aislada en mi casa. Coloqué todos los muebles de acuerdo a las teorías taoístas del Feng-Shui, que serviría para armonizar la meditación, allí entre mis libros de historia, filosofía y arte chino de todas las eras. Coloqué varias barritas del mejor incienso que tenía guardado para alguna extraña ocasión como ésta, y me senté.

–       Maestro, le juro que no entiendo nada de lo que me está pasando – interrumpí alarmado mi propio relato.

–       Hijo, tranquilo, aquí me tiene ahora, pero necesito que no se interrumpa más y prosiga su relato – me dijo serenamente.

Retomé el relato sin pestañear… Entonces, Maestro Chung, me perdí en profundas reflexiones, que en lugar de tranquilizarme, me perturbaban aún más. Pero no podía parar. Aquella misma corriente vital que me tomó por sorpresa para que comenzara la meditación, me mantenía atornillado al cojín, no lograba detenerlo. ¡Y se me hacía tarde! Mañana tenía que dar clases, pero la meditación me seguía llevando por parajes extraños, veía señales luminosas de colores dorados que saltaban sobre un frío arroyo bajando de unas montañas nevadas. A continuación, sentía que todo debajo mío se movía, aunque sin llegar a molestarme verdaderamente. Sentía que volaba en mi meditación, pero sin embargo podía palparlo todo. La fría brisa de las montañas quemándome las mejillas y balanceando mis ropajes como un péndulo preciso y abajo unos enormes yaks adornados con borlas tibetanas en sus orejas que me miraban impávidos al pasar sobre ellos.

En ese momento, cuando los colores más sulfurosos me arropaban, sentí el murmullo de mi colección de palillos chinos, coreanos y japoneses que caían al suelo, empujados grávidamente por una mano incorpórea. Esto, Maestro Chung, rompió mi trance de golpe, como una bofetada a una delicada dama. Mis ojos, aún rebeldes a la luz del farol de gasóleo, se posaron entonces en el humo que desprendía mi incienso. Sin embargo, no pude dar crédito a la forma que tomaba este humo macizo.

Una vieja señora fue formándose a partir del humo emanado por mi incienso, al principio rácano y mezquino, pero luego no me cupieron más dudas: era una mujer bien entrada en años, ataviada con un traje de seda de finales del siglo XIX y que me miraba fijamente.

Me incorporé de un salto, casi trastabillo con el cojín, pero logré ponerme en pie. Sentí en ese momento, que una voz me hablaba en un tipo de mandarín ya casi caído en desuso y me decía justamente esto.

Hice una pausa en el relato que debió ser lo suficientemente larga para que el Maestro Chung me dijera:

– Adelante Sr. Li, ¿qué le dijo esa voz?

– Me dijo esto: Li Xi, esté tranquilo y sosegado, yo soy la entelequia de Yuang Xang Li, su bisabuela materna y vengo a regalarle un don de los maestros antiguos.

El Maestro Chung se acarició nuevamente el bigote y abrió aún más sus rasgados ojos tibetanos. Creo que al fin, había logrado captar su atención.

Proseguí mi inverosímil relato. A continuación, el alma de mi supuesta bisabuela, a quien yo apenas recordaba, pues había muerto en mi más tierna infancia se me acercó, dejándome paralizado de miedo, aunque en el fondo no le temía a nada en aquel momento de sintonía astral. El grueso humo gris que componía su silueta me abrazó y me besó en la frente y luego sin dejar de mirarme, se fue reduciendo su figura a la par que la barra de incienso se recortaba, caía y moría en mi suelo entablado.

Entonces, como guiado por unos hilos invisibles me dirigí a mi dormitorio y dormí como un lactante durante 48 horas. De más, está decir, que el director de mi departamento en la universidad me llamó alarmado, tras mis inasistencias de 2 días.

El problema entonces, Maestro Chung, empezó allí: ahora no dejo de ver cosas raras, indicios, señales, soy capaz de preveer cosas, de leerle la mente a las personas, de hablar con los animales, de desdoblar mi cuerpo por las noches, de levitar en el vacío, incluso ya no padezco ni siquiera de resfríos.

–       ¡Es una locura, estos dones que me dejó este espíritu me están volviendo loco y temo que pararé en un asilo prontamente! – le levanté la voz al Maestro.

–       No Li Xi, claro que no – dijo entre risas inquietantes el Maestro-. Tú bisabuela ha venido del pasado a dejarte los poderes mágicos de la Orden del Dragón Amarillo del Tíbet, a la cual yo mismo pertenezco. Tú bisabuela fue una poderosa iniciada y curandera, con poderes místicos inigualables. Una dama tan conectada con la energía vital de la Tierra, que podía sanar cualquier persona, planta o animal que se le atravesara. Era una hábil maestra en el arte de la curación de espacios a través del Feng-Shui y hay evidencias de que podía desdoblar su cuerpo y levitar. Ahora ella, te los ha cedido, al llegar a tu edad adecuada para aprovechar estos poderes.

–       Lo que debes de hacer – prosiguió el Maestro Chung – es retirarte de tus obligaciones con la universidad y unirte a mí desde ahora mismo. Juntos colaboraremos en curar a nuestra vieja China de los males que la aquejan.

El Maestro pudo observar mi cara de desconcierto ante aquella proposición, puesto que entraba dolido de un mal y no sólo saldría sin ser curado sino que además, tendría una extraña propuesta laboral.

–       Piénsatelo bien Li Xi, en el mundo sólo habemos un puñado de seres dotados con estos maravillosos dones. Si no los aprovechas ahora, ya luego irán desapareciendo y perderás esa magia especial que hay en tu sangre – me aconsejó el Maestro Chung al salir de su consulta.

Han pasado apenas dos meses desde aquella consulta y aún no dejo mis clases en la universidad. Opino que enseñar es el don más grande que se me haya dado, lo mejor, es que ha sido forjado por mí mismo.

Sin embargo, cuando medito, levitando unos centímetros del suelo y desdoblo mi cuerpo, estando a la vez en mi casa y en Beijing, o en Mongolia, o en Camboya, vuelvo una y otra vez más a la sugerencia de dador universal de benevolencia que me hiciera el distinguido Maestro Chung y me pregunto constantemente si mi misión en este mundo, ¿no sería precisamente asociarme con él para emanar energía curativa a todo aquel que nos visite?

Aún, sigo sin tener la respuesta. Espero que otra noche entre libros, inciensos y palillos chinos, pueda regresar mi bisabuela de ultratumbas a darme la solución.

“De Javier Montes de Oca”

¡Maestro Chung, veo a los Yaks cuando vuelo!

Li Xi observaba yaks cuando volaba en sus meditaciones.

El Principito en Guantánamo por Javier Montes de Oca

El Principito de Guantánamo

Faisal añoraba sus campos de cultivo de amapola, retenido en Guantánamo.

Faisal lo sabe de sobra, nunca ha estado tan seguro de algo en su no muy extensa vida. Antes, en la suya anterior, solía usar un pakol, el gorro tradicional de su etnia pastún, una larga barba raída de tanto fumar y su vestimenta que no tenía absolutamente nada de parecido con lo que llevaba ahora. Bueno, ese largo ahora que ya llevaba tres años que él aguantaba con el más profundo estoicismo, seguro de sí mismo.
Sin embargo, por las noches brotaban sus lágrimas, que iban a humedecer la sucia y áspera almohada que los infieles le habían proporcionado con desdén en una lengua que de tan extraña se había tornado en familiar a sus oídos acostumbrados al canto de los pájaros y a los balidos de los carneros. Era tan disímil lo que estaba viviendo ahora.
Por una razón ajena a su voluntad, sus montañas habían empezado a ser horadadas por cañones y misiles mar-tierra y por el estruendoso sonido de las desesperantes hélices infatigables. Cuando cultivaba la amapola, esa rojiblanca flor que multiplicada por miles y miles de unidades impregnan el aire del olor más sublime que recordaba, solía abstraerse y hacer juegos con su sombra proyectada en los campos. Luego, al volver a la faena cotidiana, la recogía con una avidez claramente insuperable por los buenos de sus vecinos. Los conocía a todos. Y los extrañaba en su lejanía, en su aislamiento.
Antes tenía para sí campos de miles de hectáreas, tenía sus fértiles y frías montañas, donde cada grano de amapola que caía rozando de sus manos campesinas, iba a terminar seguro y sin la ayuda de esos raros productos modernos que los infieles llamaban fertilizantes, en una hermosa y rozagante flor. Recordaba una historia que una vez un extranjero llegado a su aldea en busca de sus flores, les había contado a él y a sus compañeros: se trataba de un niño pequeño que vivía solo en un pequeño planeta y cuyo tesoro más preciado era justamente una flor. En este caso, era una amapola y no una rosa, pero a Faisal le daba igual. En ese momento, hace ya unos cuantos años, se había identificado tanto con el relato del occidental, que incluso por las noches intentaba buscar cuál de esas brillantes estrellas sería la de este niño chiflado por una flor.
Ahora, vivía hacinado, sin razón, con otros de los suyos. Aunque también había gente que provenía no sólo de sus hermosas montañas sino también de Kabul, Kandahar, Jalalabad, Herat o Gazni, así como otros fieles provenientes de Pakistán, Sudán, Siria, Libia e incluso Francia e Inglaterra. Los platos de comida en un cuenco asqueroso sin lavar, muchas veces contenían trozos de cerdo: el animal prohibido. “Pero no comeréis el puerco, que tiene la pezuña hendida, pero no rumia, es inmundo para vosotros. No comeréis sus carnes ni tocaréis sus cadáveres”, eso decía el profeta. Pero ya van tres largos años, donde los ignorantes e infieles americanos se los colocaban indistintamente en sus platos de comida.
Los ladridos de los perros a medianoche, cuando Faisal podía ver como salivaban mientras aullaban azoradamente, los focos lumínicos que encendían y apagaban indistintamente sin distingo ni respeto de horarios. El calor insufrible de los meses cálidos que contrastaba con la brisa helada que lo obligaba a correr a buscar sus guantes de lana y a beberse el caldo del excelso té que cultivaban. Todo esto era intolerable.
Cuando estaba acostado en su catre mugriento viendo el extraño comportamiento de las cucarachas y de las ratas de este sitio, y se preguntaba innumerables veces porqué Allah había querido este destino para sí y sus compañeros, y qué mal había podido haber hecho en la vida para tener que padecer tres años entre barrotes de metal reforzado y con americanos tan musculosos y armados, no ya con el viejo tradicional AK-47 Kalashnikov, sino con una tecnología del diablo que jamás alcanzaría a entender, buscaba evadir sus pensamientos y pensar en su madre, en su padre y en los ojos de Mezghaan, su amada, grandes y verdes como una avellana.
Sin embargo, en este fatídico lugar todo siempre podía ponerse peor. Faisal, con las rodillas planas por el peso inverso del asqueroso suelo, con la frente sudada y rozando la humillación, a la par que sus manos permanecían atadas a la espalda tan fuerte, que tardaba días en dejar de sentir el roce de las esposas en sus muñecas. Solía en esos momentos llevar una mugrienta capucha polvorosa, que al menos lograba evitar percibir a los insectos que pululaban a su alrededor y que se multiplicaban a ritmo frenético por el incandescente calor del lugar. Era un ligero alivio esta capucha, sí, pero su endeble tela no impedía que llegaran hasta sus oídos los ensordecedores decibelios de un estruendo que los infieles llamaban música. Así como tampoco el chillón color anaranjado de su uniforme podía impedir que los pequeños granos de piedra del piso se incrustaran lentamente en sus poros.
Así pasaban las horas y su posición física permanecía invariable, insondable, la música o lo que fuera que hubiera compuesto el diablo americano, no le dejaba escuchar sus pensamientos de libertad y aunque cada tanto venía un soldado y pateaba con sus botas rematadas en punta de acero su delicado hígado, Faisal lograba conservar la serenidad ante la idea de mirar una vez más y para siempre a su gente, a sus montañas sagradas, a sus pastunes queridos.
Pero ahora Afganistán ardía en llamas. Los marines y las tropas de élite de todos los países infieles habían entrado en tromba en su suelo sagrado buscando a Usama bin Ladin y habían asesinado a diestra y siniestra a niños, jóvenes y ancianos. A las mujeres las habían raptado y violado, habían escupido sobre sus libros sagrados, comían carne de cerdo, orinaban sobre los cadáveres descompuestos y habían destruido sus escuelas, mezquitas, madrazas, mercados y casas de familias. Usama no estaba por ningún lado. Él no sabía nada. A él no le importaba nada.
Sólo quería que los marines desalojaran cuanto antes su territorio sagrado y que lo devolvieran al aire puro de sus montañas, al aroma de flores de amapolas que entraba por sus fosas nasales, a las noches frías y estrelladas junto a Mezghaan buscando al niño de la flor entre todos esos planetas, en fin, a la vida que un soleado día al cruce de un recodo en el camino, unos tres americanos y dos ingleses le habían arrebatado.
Ellos no entendían nada de lo que estaban haciendo. Ellos debían estar unos en Kentucky y Alabama y otros en Brighton y en Leeds, con sus familias, intentando buscar al Más Misericordioso, en lugar de estar cegándoles la vida a los fieles pastunes en sus montañas.
Pero lo habían capturado, había forcejeado, había sido vencido y lo habían puesto en un camión junto a decenas más de fieles. Luego, había sido transportado con violencia al fondo de un enorme barco y después de un viaje de semanas, había aterrizado en esta inmunda celda junto a cientos de sus hermanos fieles. Nunca lo entenderá. Faisal ya perdió la esperanza en la justicia humana, pero nunca la perderá en la justicia celestial. Pronto verá a su familia, aunque el propio perro azufroso de George W. Bush no lo quiera. ¡Allah akbar!

“De Javier Montes de Oca”

Y sí…seguiré opinando.

No entiendo por qué me dicen que me debo callar. Que me debo de controlar. Que no debo quejarme tanto. Que si al fin y al cabo tú no vives en el país desde hace 4 años, ¿en qué te afecta a ti? Y es que Venezuela, al parecer, se ha convertido, en los últimos años, en un país en donde los emigrantes inmediatamente se nos quita la cédula de identidad, el DNI venezolano. Es decir, según algunas personas que aún viven en Venezuela, aunque debo de decir que esta tendencia creciente de intolerancia empieza a hacerse un pelín incómoda ya, los que debimos emigrar en búsqueda de otras latitudes donde establecernos, debemos in so facto colocarnos una mordaza en la boca y una venda en los ojos, para no ver ni para comentar lo que en el país pasa. En NUESTRO país pasa. Ahh, también debemos de ponernos unos protectores de esos antifracturantes en las manos, para evitar que podamos escribir…o unos guantes de cocina, de esos de la abuela, también podrían servir…

Nunca un español por salir de España, fue considerado un extranjero. Ni un francés, ni un escocés, ¿y que me dicen de un chino? Adonde sea que el pobre vaya con sus ojos rasgados, será inmediatamente tildado de chino, aunque fuera camboyano, vietnamita o coreano, da igual. Es chino. Ahh, entonces yo sí, el venezolano, por salir de mi país debo de “bajarle dos” como se dice ahora en la jerga coloquial caraqueña, a la intensidad de la denuncia social, a compartir contenidos para que la gente lea y se instruya. Para que se quite el velo negruzco que le impide observar la realidad de la pudrición social en el país. De como te pueden matar por un reloj, por un par de zapatos o ¡hasta por un pedazo de móvil! Ah no, pero como, abro comillas, “tú ya no vives en el país, quedaste excluido del derecho a la opinión, tú de qué te quejas si ya no te afecta nada”, cierro comillas, entonces ellos suponen que yo debo omitir la deuda de gratitud que yo tengo con mi nación, en la que viví un cuarto de siglo orgullosamente, y de la que cada vez que me preguntan en el exterior que de donde soy, con la frente en alto cito al país de las 7 estrellas, (sí, siete). Vale ok, pues se quedarán con las ganas. Porque si bien la cúpula aprovechada del Chavismo nos robó a nuestra patria, contando con el ingenuo apoyo popular de las clases bajas y media que buscaban una alternativa a los años de incertidumbre verdiblanca de la “Guanábana”, aún no ha podido robarle la conciencia a millones de venezolanos y millones de extranjeros, ¡sí, ellos también cuentan! Vengan de donde vengan, me importa mucho su opinión y su visión foránea es oro puro. Seguiremos denunciando las cientos de miles de irregularidades y corruptelas que entretejen tanto por debajo de la mesa, como por arriba a vista de todo el mundo, la cúpula carcomida de la V República, los dirigentes nauseabundos del PSUV que se dan baños en oro a diario, aplicando técnicas de propaganda nazi, de la Italia fascista, del Bolchevismo ruso, del Juche norcoreano, del Franquismo español, de las dictaduras del Cono Sur y sobretodo, de la dictadura comunista cubana, mientras el pueblo se come un cable, se mata en las cárceles, se desangra en la ignorancia, se veja debajo de un puente e intenta creer en pajaritos preñados volando en retroceso….

¿Que el capitalismo es la solución? Por supuesto que no lo es, por culpa del capitalismo, de Caldera, de CAP, de Lusinchi, de Luis Herrera, estamos viviendo esta pesadilla, inclusive los que estamos afuera, la sentimos, entérense de una vez…por culpa de sus políticas desacertadas neoliberales, se engendró un monstruo, una especie de Godzilla del Llano, que salió de lo más profundo del ejército nacional, para dar un Golpe de Estado y con ideas marxistas viciadas por el petróleo y por el ánimo de mamar justamente de esa teta, captó al pueblo raso, a los habitantes de esas barriadas y chabolas venezolanas, con muchas necesidades, mucha ignorancia y muchísimo cortoplacismo, además de captar también a una panda de oportunistas, ladrones, asesinos y demás escoria social de la talla de Juan Barreto, Jesse Chacón, Diosado Cabello, Iris Varela o Lina Ron…ah sí, nuestra querida Lina con su megáfono…

Entonces no, como se dice en mi ciudad, ¡de bolas que no! No queremos optar por un capitalismo salvaje, tipo George W. Bush, Tony Blair o Mariano Rajoy, pero tampoco queremos saber nada del populismo borracho que adormece a la población con muy poca cultura, con tergiversaciones ideologizadas de la realidad socio-política del Continente americano y del mundo, con un electrodoméstico gratis sin merecerlo, a cambio de un voto, con un techo de zinc como en la IV, con insultos y con esa soltadera tan procaz y frecuente de sapos y culebras por la boca de “ilustres” mandatarios de la calaña del homofóbico y clasista de Nicolás Maduro o del drogadicto de Mario Silva

Yo no sé que será de Venezuela a corto ni a mediano plazo, pero si se que este país está destinado a salir adelante, a abandonar la delincuencia, las armas de fuego, los maletinazos, el matraqueo policial y aduanero, el abuso al turista y esa mentalidad fascista de decirle a uno que sólo porque vives afuera de nuestras fronteras, ya “no entiendes lo que es ser venezolano”…pero todo eso a largo plazo, por desgracia. La revolución, que debe de estar en nuestras cabezas y ser lo suficientemente fuerte como para retirarle la “R” inicial de la palabra, será cuando todas las clases sociales se unan por el beneficio del país, se deje de una vez por todas el egoísmo y la “jaladera de bolas” con el político de turno (dícese del Lamebotas en Venezuela) y se vaya con la cara bien en alto a protestar a Miraflores y exigirle a Chávez, Maduro y Cabello que dejen de ser títeres flácidos de los hermanos Castro y nos devuelva nuestro país, que se lo dimos prestado por 5 años y ya van 14…y ni atisbos de concluir. Y sí, seguiré opinando porque mi país me duele.

“De Javier Montes de Oca”

 

La evolución funciona, la revolución disfunciona.

La evolución funciona, la revolución disfunciona.

Yo con mi-arte tengo…

Barri Gòtic, Barcelona.

Barri Gòtic, Barcelona.

Mundos, culturas, calles. Cada salida es una experiencia, una percepción sensorial, ruidos, olores, sabores. El cerebro va absorbiendo sin darse cuenta, asimilando todas aquellas sensaciones que percibimos en el aire. Olor a gasolina, el humo grisáceo penetrante de los autobuses, los gritos de los vendedores ambulantes. Los pakistaníes y bengalíes con sus míticas cervezas a un euro, las risas de unas chicas guapas en la acera de enfrente, que se pasean en minifalda y tacones sin importarle el frío invernal que hiela a un caribeño cualquiera como yo.

Asimismo, está la ciudad, derroída, caída en cuadritos y en piezas amorfas que rasgan las paredes, colores chillones de un graffitero urbano carente de talento más que para rayar ilógicos “tags” sobre ella. Prostitutas venidas del herido continente negro, para llevarse el pan a la boca en una sociedad que no gusta de asimilar plenamente otras culturas, más allá que de la simpleza de rociarse un poco de su maquillaje y así poder llenarse la boca de cosmopolitismo

La playa, los rubios y rubios paséandose por ella, sin importar un bledo la temperatura que flota en el ambiente, ni la neblina, ni el invierno. Eso lo percibo. Mis fosas nasales van trenzando esas partículas de salitre que provienen del hermoso Mar y poco a poco van codificando un dulce olor a vida en mi cerebro. Ahhh, el Mar…es que no soy nada sin él…como compadezco a mis hermanos bolivianos o paraguayos, o a los rubiecitos austríacos o checos que carecen de mar…y ¡tener que conformarse con ríos o lagunas! Cómo es triste la ciudad percibida sin Mar…pero, aquí, sí aquí es diferente…esa hermandad cuasi cómplice que le guiña un ojo mutuamente entre Mar y ciudad. Naturaleza y hombre. Y otro graffitti. Éste, mucho mejor logrado. Así me gusta. Rayar por rayar no es arte. Y yo, con mi_arte tengo, definitivo.

Bares, restos, bares, uno tras otro…¿cómo es que hay tantos?¿No se cansan? Tomarse una espumosa en uno, salir, ver una chica morena en otro, pedir un vinito tinto, bar, otro más…¡oye si allá hay un irish! Oye, pelirrojo, ponme una buena pinta, de esas tan grandes que beben en tu maravilloso país de tréboles y duendes…¿en Irlanda hay Mar también? Sí, claro que hay. ¡Sí es una isla!

Camino, camino, que noche tan fría, que cosa tan rara que en esta ciudad no hay casi ni perros ni gatos callejeros…todos los que ves, van amarrados a una cuerda…perros me refiero, claro. Gatos, no. Sólo un par de veces he visto gatos en cuerdas y también hurones. Huelen muy mal, eso dicen los entendidos. A mí, me parecen graciosos.

Noche, noche, un poco más noche, madrugada ya. Paseo concluido, habían estrellas, me fascinó. Mi percepción urbana se ha acrecentado un poco más con esta larga caminata, que claro está, ha incluido un poco de alcohol en mi torrente sanguíneo, como no podía ser de otra manera…creo que aprendí a verificar la Osa Mayor y la Menor. Un curso de astronomía me vendría bien. Así lograría ascender, aunque sea por pocas horas, de esta ciudad roída y subir a pasear por las estrellas, los meteoritos, los asteroides, los hoyos negros, enfin cada cuerpo estelar allá arriba…no vaya a ser que el Cielo caiga sobre nuestras cabezas, citando a los célebres galos Astérix y Obélix.

Astronomía, sí, me haré un cursillo, a ver que sacó de ahí…quizás allá arriba los graffiteros sean mejor aque aquí abajo y hayan canes, gatos y hurones en libertad por las calles. Entretanto yo, con mi_arte tengo.

“De Javier Montes de Oca”