Cabezones por Javier Montes de Oca

Los cabezones de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento.

Los moáis han profundizado en movimientos migratorios de delfines, orcas, ballenas y marsopas.

Los moáis de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento. Y si hay alguno que sepa algo de movimiento en este mundo, son precisamente los moáis. Ellos llevan varias centurias, percatándose de la oscilación de las nubes del cielo, de las olas, de las corrientes marinas. Ellos han analizado con detenimiento los ciclos lunares, solares y hasta estelares. En fin, de cualquier astro interplanetario que brille en la bóveda. Han visto transcurrir a millones de pájaros que surcan los aires. Han observado con indiferencia y prepotencia kilos y kilos de algas marinas que han llegado a las costas pascuenses, así como a cientos de navíos que se han asomado intempestivamente a los bancos de arena que se forman en la isla, para acto seguido, desaparecer con la misma.

Han profundizado en los movimientos migratorios de los delfines, las orcas, ballenas y marsopas. Incluso, más modernamente se han asombrado, eso sí, sin cambiar las facciones de su inerte rostro, de hordas de hombrecitos insignificantes, con grandes sombreros, gafas, binoculares y hasta sandalias. ¡Ah, las sandalias! Eso les recordaba con magnánimo dolor que existían los pies. Que existía el movimiento. Y como hemos dicho,  ellos son los maestres del movimiento, porque todo  lo saben acerca de él.

Pero, ¡con qué monótona resignación deben de permanecer allí! Ellos lloran cuando nadie, salvo las gaviotas y los alcatraces los ven. Salvo, cuando algún altivo cangrejillo pasa por enfrente de ellos. Entonces es cuando lloran a borbotones, a raudales. Ese es el único movimiento propio que pueden realizar: el precipitarse de aquellas lágrimas grisáceas por sus inmensas mejillas hasta la arena. Un llanto que luego ahogan, al despuntar del día y con el acercarse del primer molesto turista.

¡Ay, los moáis! Pero qué resignación el ser testigos eternos del vaivén del planeta y ellos permanecer clavados en la tierra sin ninguna esperanza de algún día desenterrar sus pesados pies del suelo y echar a caminar.

“De Javier Montes de Oca”

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