A pesar del Fado por Javier Montes de Oca

Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues.

Con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa.

Una voz de ángeles. Una belleza sin parangón por esas tierras rurales, por esos coloridos campos, surcados del dorado fulgor del trigo y por los suaves movimientos de las vides con el mecer del viento otoñal. Unos ojos almendrados y verdosos como las de una princesa mozárabe. Y el Fado, estaba el Fado. La saudade que pellizca de melancolía todo el entorno pero que no lo deja ser alguien más. Es esa saudade que le otorga el zumbido empalagoso a esa mujer crecida en esas tierras lusitanas.

A Olivia nunca nada la detuvo en su pequeño Abrantes natal. Desde que era sólo uma menina, su madre le atizó que era la criatura más hermosa de todo el pueblo y fue madurando de esta manera, haciéndole sombra a sus dos hermanas menores, Graça y Natividade que sin embargo, en nada tenían que envidiar a la brillante Olivia ni en belleza ni en inteligencia. No obstante, estaba el Fado, siempre el Fado.

Con el pasar del tiempo, que en aquellos terrenos de Dios, es igual a decir mucho, la madre de Olivia, Assumçao, conoció en una pequeña botica del pueblo a Márcia, una delgada mujer de cabellos ocres, cuya afabilidad en el trato encantó de buenas a primeras a la gran matrona alentejana. Esta chica seductora, obstinada del ruido y de la polución de los barrios bajos de Lisboa, acababa de asentarse en Abrantes por una temporada, a fin de poder reencontrarse con su fuero interno que ya la tenía consumiendo pastillas ansiolíticas. Y muy a pesar del Fado.

Pues sí, Márcia, ahora en sus lejanos treintas, era profesora y cantante de Fado en el barrio capitalino de A Moureria, y ya reventada de la ciudad, decidió establecerse en la ruralidad bucólica de aquel pueblo del centro de Portugal, a la par que, estaba segurísima de eso, esta mudanza incrementaría su saudade por los barrios céntricos y en ocasiones, pérfidos, que solía frecuentar.

De esta manera, la ilusión pintoresca de la señora Assumção, porque su hija aprendiese a cantar el Fado de sus amores, ya podía materializarse. Fado, saudade, Fado. Nada era suficiente para satisfacer a Márcia en sus ansias por hacer de Olivia, ya casi una adolescente de ojos profundos, en una grácil cantante de Fado.

Pasaron los meses y la relación profesora-alumna se fue estrechando cada vez más, hasta que Olivia ya casi pasaba más tiempo con su instructora que con su madre. Sin embargo, realmente había algo en esta chica que a todos hechizaba. Márcia no recordaba haber querido nunca tanto a una alumna, como a esta pequeña chicuela de la clase obrera. Además, su voz, había algo tan teatral en su voz, que Márcia sin saberlo, se estaba haciendo fanática de su pupila. Es cierto que había conseguido un par de alumnas más en el pueblo, pero ninguna le llegaba a las tonalidades exquisitas ni al lirismo que la voz, aún por labrar de la chica, podía alcanzar.

Pasaron los años y Olivia cumplió 21. Hace tiempo ya, que no había vuelto a ver a Márcia, ni siquiera había sabido de ella. Su otrora amada profesora. Aquella que, junto con su madre, sus hermanas, los chicos del colegio y todo su pueblo habían forjado su vanidad, su carácter indomable, que tanto contrastaba con su origen humilde y con sus evocaciones sobre el escenario. Pero ahora estaba Lisboa. Nunca más volvería a ese pueblo de mierda, lleno de campesinos olorosos, locos por el alcohol. Ahora, tenía al Fado y el Fado la tenía a ella. Estaba abriéndose camino a fuerza de su belleza, su embelesamiento al cantar y su carácter.

Olivia, sólo había conseguido entrar a cantar en pequeñas tabernas, tascas y Casas de Fados, acompañada en cada sitio por músicos diferentes, que con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa. Pero los elogios al final de cada pequeña presentación eran sublimes y siempre exacerbaban el talento de la chica del Alentejo. Su talento fue in crescendo, así como su soberbia y amor propio.

Sin haber jamás entrado a un estudio profesional, ni haberse presentado en ninguna sala realmente importante de la capital, Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues. Cualquier pequeña desavenencia en el día a día le hacía perder la compostura y su escultural figura perdía parte de su esplendor. Su furia a la hora de un contratiempo, por nimio que resultara, la hacía alejarse maldiciendo y no encarar como una auténtica cantante folklórica los detalles que pudieran estar estorbando su perfección. Pero siempre le quedaba el Fado, ese cantar longevo que había aprendido con tanto cariño y que le había enseñado tantas cosas. Pero, ni él podía con su vanidad.

Sus peticiones a la hora de firmar contrato con los dueños y administradores de los locales nocturnos donde se presentaba, así cómo a la hora de sus largos ensayos con sus músicos, se iban volviendo cada vez más excéntricas y alejadas de la niña de cuna proletaria, educada con firmeza por su madre. Pero su voz y su juventud la avalaban. Siempre todos, terminaban firmando y cediendo a su vanidad.

Al fin la carta que estaba esperando le había llegado. La audición que había hecho en el lujoso Teatro da Trindade lisboeta, había dado sus frutos. ¡En su fina acústica resonaría por fin el Fado lírico de Olivia Almeida! La nueva Amália Rodrígues había llegado. Al menos, eso era lo que la vanidosa chica había hecho inscribir en el cartel promocional de su gran estreno.

Llegó el día. Su madre, sus hermanas, sus antiguos compañeros del colegio de Abrantes estaban ahí. El clérigo del pueblo, el ganadero, el panadero, el viticultor, incluso amigas de la más tierna infancia que tenía más de un lustro que no veía ni contactaba. El sonido era perfecto, ya lo había comprobado en la prueba de sonido. La iluminación era majestuosa. Esta vez tendría más músicos, todo un conjunto de piano y cuerdas que se sumaría a sus incondicionales João en la viola y Custódio en la guitarra portuguesa. El traje que se había hecho confeccionar especialmente, realzaba sus 23 años de una manera que ni el más excelso de los pintores realistas habría logrado esbozar.

Olivia salió al escenario, soberbia, micrófono en mano, con su clásica mirada engreída y jactanciosa. Aún así recibió una ovación al salir. Abrió la boca y nada. Ni una nota, ni una frase, ni un Fado, ni siquiera una saudade. Nada. La voz tan preparada en otras ocasiones, ésta vez no se atrevió a asomarse. Decepción y dolor. Ahora la saudade se había transformado en lágrimas espesas. Pataleó y se fue corriendo tras bastidores. Hubo que suplirla con una cantante residente del Teatro da Trindade, que siempre está preparada por si estos casos. Al final de cuentas, Olivia también es humana.

Al día siguiente alguien llamó a su móvil. Era una voz harto conocida, perdida en la lejanía de aquellos trigales y aquellas vides de su infancia y adolescencia. Suave como una madre cariñosa, pero firme como una profesora de corazón, de esas que probablemente se tenga una sola en la vida, le dijo cantando:

–       Olivia, te lo dije. Y no me quisiste hacer caso. Minha menina, eu te perdoo.

Márcia del otro lado del teléfono alcanzó a oír el triste lloriqueo de la humilde aprendiz de fadista alentejana.

“De Javier Montes de Oca”

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