Collage de tiranos, autócratas y totalitaristas de los siglos XX y XXI

Éste es un pequeño collage de algunos de los tiranos, autócratas, totalitaristas más férreos de los siglos XX y XXI que ha tenido nuestro planeta. Algunos han llegado al poder por la vía democrática, otros mediante golpes de estado, invasiones, asesinatos y otros métodos cruentos e incruentos para arribar al poder. Algunos están enmarcados en el espectro político como extrema izquierda, otros como extrema derecha, otros simplemente como dictadura, otros pertenecen a extrañas teocracias y dinastías religiosas o familiares, pero lo que TODOS tienen en común es una larga lista de crímenes de lesa humanidad, robos, saqueos, corrupción, propaganda masiva, extorsión, represión, utilización del pánico, intento por apoderarse como pulpos de todos los órganos gubernamentales, expropiaciones de la propiedad privada, censura, cierre de fronteras, tortura, presos políticos y exiliados, y un sinfín de técnicas denigrantes de la Humanidad personal y colectiva de sus ciudadanos. Si me falta alguno, puedes comentar y agregaré un tirano a mi collage.

LéopoldIIdeBélgica

Léopold II de Bélgica, masacró una parte importante de la población del Congo belga.

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El Ayatollah Khomeini de Irán.

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El dictador asesino camboyano Pol Pot.

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Adolf Hitler.

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El carnicero sirio Bashar Al-Assad.

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Ceaucescu de Rumania.

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Charles Taylor de Liberia.

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El Emperador Hirohito del Japón.

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Fidel Castro de Cuba.

franco

Francisco Franco de España.

Fujimori

“El Chino” peruano, Alberto Fujimori.

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El padre fundador de Corea del Norte.

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Idi Amin, el desquiciado dictador ugandés.

KimJongUn

Kim Jong Un, el más joven de los tiranos norcoreanos.

KimJungIl

Kim Jung Il, el espantoso dictador del Juche norcoreano.

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George Bush padre y George W. Bush, terroristas y saqueadores norteamericanos.

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Aleksander Lukashenko, de Bielorrusia, “el último dictador de Europa”.

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El siempre belicoso iraní Mahmud Ahmadineyad.

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Manuel Noriega de Panamá.

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Uno de los mayores asesinos de la historia Mao Tse-Tung.

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“La Dama de Hierro” británica, Margaret Thatcher.

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El demente rey de Suazilandia Mswati.

Muammar-Gaddafi

El fanático y filoterrorista libio Muammar Gaddafi.

mussolini

El creador italiano del fascismo, Il Duce Benito Mussolini.

Netanyahu

Benjamin Netanyahu de Israel.

pinochet

Augusto Pinochet, el torturador chileno.

Rafael-Leónidas-Trujillo

“Chapita” Trujillo, de la Rep. Dominicana.

reagan

Ronald Reagan, USA.

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El extremista teocráta rey saudita Abdullah.

robert_mugabe

Robert Mugabe, asesino de Zimbabwe.

salazar

António Salazar de Portugal.

somoza

El nicaragüense Anastasio Somoza.

stalin

Uno de los mayores asesinos de la historia: Iosef Stalin.

stroessner

Alfredo Stroessner, Paraguay.

Taliban-Mullah-Omar

El más radical y oscurantista talibán afgano, el Mullah Omar.

TeodoroObiang

Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial.

videla

Jorge Videla, férreo dictador argentino.

Saddam Hussein

Gran asesino de Irak, Saddam Hussein.

chavez

Mi favorito de corazón: Hugo Rafael Chávez Frías de Venezuela.

Esas pequitas rojizas por Javier Montes de Oca

Buenas amig@s, hoy les subiré el relato que me fue publicado gracias a la gente de la Fundación Imprimátur de Madrid, (http://www.facebook.com/certamen.imprimatur?fref=ts) en el florilegio denominado Relatos Breves 2.0 este año pasado 2012, donde seleccionaron 30 Relatos de Ficción Breve a través de Facebook y 30 más a través de su propio jurado cualificado. Agradezco nuevamente tanto a la Fundación Imprimátur por ese excelso trabajo que hacen con los nóveles autores en lengua castellana como a todas las personas que me dieron una mano, votando por mí en la selección. Bueno aquí les va, este pequeño homenaje a la hermosa tierra bretona que me acogió a finales del 2008 y hasta principios del 2009:

Paso a paso los subo. Pequeños escalones infinitos. Serpenteando como una culebra elevada hacia los cielos grises, nubosos, brumosos. Un escalofrío me recorre la espina dorsal desde los pies, perdiéndose en lo más profundo de mi hipófisis. Tengo miedo, pero intuyo que es sólo una tontería. Obligo a mis glándulas a secretar más adrenalina. Al fin y al cabo es la droga más poderosa que existe. Piso fuerte esos escaloncitos. ¡Qué pegados están uno del otro! ¿Por qué carajo los constructores antiguos pensaban que menos era más? No debo emitir ni el menor ruido. Caerme, gritar o tropezarme echará al trasto mis intenciones.
Debo flagelarme por ser tan ofrecido, tan salido, por querer ser el héroe de la comunidad, todo innecesariamente. ¿Pero qué locura estoy pensando? Si en verdad lo hice por Monique. La hija del síndico con su larga cabellera rojiza y sus ojos grisáceos me traía de cabeza desde hace tiempo. Quizás, ofreciéndome a resolver este misterio, podría tener acceso a ella. Dentro de todo, Monsieur Lafayette, su padre, parece ser una persona lógica y justa y hasta creo que a su madre le caigo bien. ¡Al carajo con esta porquería de misterio! Yo lo que quiero es a Monique.
Bueno, sea, por sus pequitas rojizas sigo avanzando. Debemos de estar rozando los cero grados, quizás dos o tres grados a lo mucho. ¡Qué alta es esta torre! Voy armado con una vieja escopeta, que apenas sabría manipular. Al fin de cuentas, yo soy un poeta, un artista, un bohemio. Detesto las armas, pero adoro a Monique. Ya me veo con ella en la campiña en el próximo verano. Este frío húmedo de la costa me cala los huesos.
Algo pasa golpeándome las botas inesperadamente. Contengo la respiración a duras penas. Alumbro con la tenue lámpara de aceite que traje. Era una rata. Merde, alors! Qué cobarde que soy. ¿Por qué ninguno de esos duros marinos bravucones del pueblo se habrá ofrecido para venir?, ¿Por qué le habrán dejado el trabajo duro a un artista? Y encima el día de su cumpleaños. ¡Tremendo regalito!, ¡Es incoherente! Pero y, ¿qué en este pueblo no lo es?
Sigo subiendo la eterna escalera de caracol. Firme, rocosa, con el salitre incrustado en sus pequeñas hendiduras. Afuera, se escuchan las olas golpeando contra las macizas y aserradas rocas. Otra noche más, cómo desde el confín del tiempo. Mis antepasados celtas la vivieron igual que yo, en sus tiendas de cuero de cabra al calor de sus inmensas hogueras sacras. Se dice que en esta zona proliferaban los druidas. Yo no lo pongo en duda. Monique seguro hubiera sido una walkiria bretona.
Es el faro más alto de toda la costa. Aunque lleva una década sin funcionar. Sus últimos fareros, habían emigrado hacia zonas más prósperas de Bretaña, dónde la pesca y la actividad portuaria había despuntado aún más, siendo sus servicios mejor requeridos. Este faro, sin lugar a dudas, pertenecía ahora a la memoria histórica de los mejores años que vivimos. Mi padre, el bueno de Jean-Luc, hubiera estado orgulloso de mí. Al fin y al cabo él siempre detestó esa pintura y esa absenta mía. Él hubiera preferido que me dedicara a actividades más rudas y varoniles como la de mi hermano, Meriadeg, el herrero del pueblo.
Me apoyo en las paredes y descanso un par de minutos. No he tenido tiempo de pensar en cómo reaccionaré cuando llegue a la cámara de servicio. Aprovecho la breve pausa para cargar la escopeta. No sé si lo haya hecho bien. Al menos, así me explicaron los cazadores del pueblo.
Esta gente es muy supersticiosa. La verdad sea dicha, yo también lo soy. Creo que se debe a la flotante influencia druida que aún puede verse suspendida en la bruma nocturna de estas tierras salvajes de sidra y gaitas. Pero al parecer, el faro lleva seis noches continuas encendiéndose, alumbrando con sus potentes lámparas la escarpada costa bretona. Y nadie le ha visto la cara a ninguno de los antiguos fareros del pueblo, ni han advertido la llegada de desconocidos que pudieran activarlo. ¡Nada! Eso ya tiene bastante molesto a Monsieur Lafayette, que sin embargo, es totalmente incapaz de enviar a un policía a investigarlo. Argumenta, que todos están muy ocupados en estos días con un caso de suma importancia. Al parecer, una niña casi adolescente está desaparecida desde hace días. Le doy la razón, mejor enviarme a mí al faro y, ¡qué me parta un rayo!
Es entonces la séptima noche consecutiva, que ese viejo armatoste lleva encendido. Ésta vez sí, lo he visto con mis propios ojos, me he acercado camuflado en este horrible traje policial, le he dado un trago a mi botellita de absenta e implorando a todas las deidades celtas, he abierto la oxidada puerta con las llaves que me ha dado el padre de Monique. Hace unos días, la vi bailando en el Fest-Noz, estaba que rezumaba belleza con su tocado tradicional blanco.
Creo que casi llego. Respiro hondo. ¿Será algún espíritu del más allá que ha regresado para confundir a los navíos que se aventuran en estas gélidas aguas? ¿Algún ánima del tupido bosque de Brocéliande, cuna de todas las leyendas artúricas? ¡Qué respeto le guardo a ese bosque! Creo que ni aunque me ofrecieran una veintena de Moniques me acercara a esa foresta.
¿O será algún desquiciado reclamando atención que se ha apoderado de nuestro antiguo faro? Un proverbio antiguo reza que es mejor tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. Por eso, llevo esta absurda escopeta. La cámara de servicio. Ya vislumbro la luz que proyecta en los escalones. Arrincono la lámpara en el suelo para no alertar a lo que sea que está poniendo nervioso a la comunidad y especialmente a Monsieur Lafayette. Me decido. Irrumpo con fuerza en la cámara. Grito aterrado, con el ojo en la mirilla. Attention, fils de pute, enculé. Levez vos mains!
El faro me enceguece y se me sale un tiro. Oigo el cristal roto y un gemido de mujer. Bajo el arma, horrorizado me acerco a aquello con ese traje blanco. ¿Será un espectro? No puedo creerlo. La bala pasó rozando la tersa y hermosa piel de Monique. Unos milímetros más y esa fea raspadura que le he dejado en un brazo, hubiera destrozado el mejor regalo de cumpleaños que me hubieran dado en la vida: el regalo de Monsieur y Madame Lafayette. Le doy otro trago a mi botellita de absenta y me pierdo locamente en esas pequitas rojizas.

“De Javier Montes de Oca”

Esta gente es muy supersticiosa. La verdad sea dicha, yo también lo soy. Creo que se debe a la flotante influencia druida que aún puede verse suspendida en la bruma nocturna de estas tierras salvajes de sidra y gaitas.

Por sus pequitas rojizas sigo avanzando. Debemos de estar rozando los cero grados, quizás 2 ó 3 a lo mucho. ¡Qué alta es esta torre! Voy armado con una vieja escopeta, que apenas sé manipular. Al fin de cuentas, yo soy un poeta, un artista, un bohemio.

Gran video concienciador de la Fundación One Billion Rising

Recientemente, este magnífico video concienciador de 3 minutos de duración, llegó a mis manos y me propuse que aunque la campaña haya finalizado recientemente (el 14 de febrero pasado), igualmente lo difundiría por mis humildes vías, ya que el mensaje sigue tan vigente hoy, en pleno 2013, como lo habría sido en la época faraónica o mesopotámica. Me refiero al maltrato hacia la mujer, por lo que, y en conmemoración del reciente Día de la Mujer, el pasado 8 de marzo, quiero rendirle este pequeño homenaje en Cascando Nueces a todas las mujeres del mundo. Ayuda a difundir este mensaje, muchas gracias.

El video es de la Fundación “One Billion Rising” y buscaba llegar al billón de vistas en el portal de podcasting número 1 del mundo: Youtube.com; sin embargo, podemos constatar a fechas de hoy que sólo han llegado al millón cien mil vistas. Está dirigido por Eve Ensler y por Tony Stroebel. ¡A difundirlo!

Un billón de vistas contra la violencia hacia la mujer.

Video concienciador contra la violencia hacia la mujer dirigido por Eve Ensler y Toni Stroebel.

Unos cuantos sapos para lamer por Javier Montes de Oca

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo.

Tare’ Boh recogió su arpón tradicional, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Había llovido providencialmente y como los dioses mandan aquella madrugada. Tare’ Boh se asomó fuera de la gran choza comunal donde cada mañana la familia polinesia podía observar detenidamente al gran disco de fuego despuntar. Con su complexión delgada y sus pasos ágiles y firmes se acercó cautelosamente al borde del mar, disfrutando con cada bocanada, del aire más puro del planeta. Por supuesto, el único que conocía aquel hombre de una treintena de años, con la piel curtida por el fuerte sol del Pacífico y unos bucles dorados característicos de su bravía raza.

El botuto, ese gran molusco que tiene la responsabilidad de llevar sobre sus inexistentes hombros el arduo peso de ser el sostén de toda esta humilde comunidad polinesia, se encontraba estoicamente bajo la arena, con tan sólo saber dónde buscar, a la espera de ser recogido por unas fuertes manos y aprisionado en una pequeña cesta confeccionada desde hacía siglos de la misma manera por los antepasados de Tare’ Boh.

La arena húmeda aún, por el torrencial diluvio al alba hacía sonreír a este joven polinesio cuyo horizonte terminaba al acabarse este pequeño atolón polinesio. Tare’ Boh recogió su arpón tradicional que había dejado escondido la tarde anterior, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo dos veces se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Lo siguiente que recuerda Tare’ Boh es hallarse en un sombrío espectro, tan oscuro como la Madre Noche que ha sido puntual a su cita desde los orígenes del tiempo. Podía contar con los dedos de una sola mano, las veces que había tenido miedo en su vida. La primera vez que vio al hombre blanco, un neozelandés de aspecto abrumador que ostentaba una raída barba rojiza. La segunda vez, cuando debió enfrentarse a Squa-Lloh, el más grande de los tiburones de vientre blancuzco que había visto en su vida y la noche de bodas, cuando temió verdaderamente fallarle a aquella angelical criatura que le habían asignado por esposa.

Pero ésta vez, era realmente diferente. Esa bruma, pestilente y pegajosa, lo había dejado atontado y mareado. No era capaz de recordar cómo había podido llegarse hasta allí. ¿Sería un malvado hechizo? Tare’ Boh no podía descartar esta explicación. Así que a tientas, en una oscuridad tan terrible como la de su vida anterior no-nata, empezó a tocar esas paredes que se le antojaron corrosivas y babosas. Luego de una hora de andar en círculos, puesto que el espacio era obstinadamente reducido, pateó algo accidentalmente que le provocó un alarido. Su pie se había topado en su pesaroso andar con algo muy sólido y distinto a la materia pastosa que había palpado durante todo aquel tiempo.

Se acercó a aquello y aguzando la vista lo más que pudo durante unos minutos que parecieron centurias, logró entender su forma.  Esto sí que lo conocía. Los hombres blancos lo traían consigo eventualmente para guardar objetos pesados y para pagarles con su contenido al pueblo polinesio. Tare’ Boh no podía recordar bien cómo llamaban a este gran cesto los blancos. Sin embargo, logró configurarse con sus manos y su escasa vista, la forma que tenía y logró abrirlo.

–       ¡Ahhh! – exclamó triunfante. Baúl, ya recordé, baúl.

Así llamaban los blancos a ese cesto pesado de metal que contenía cualquier cosa que se quisiera. Si bien no resultaba tan útil a la hora de transportar botutos. Al abrir el baúl e introducir sus manos, proyectando su alma en aquel acto, encontró otro artilugio de la hechicería blanca, que también había visto ocasionalmente cuando el hombre blanco tenía algún problema con sus canoas y debían quedarse a pasar la noche en su isla, entre ellos. Sin embargo, Tare’ Boh no tenía ni un ápice de idea sobre cómo utilizar ese extraño cilindro, que además estaba enteramente recubierto de aquella sustancia asquerosa que ya hasta le resultaba familiar.

Con sus nudosos dedos comenzó a inspeccionarla de una manera parecida a cuando labraba un arpón para la pesca. Nada, no ocurría nada. De pronto y con un golpe de su dedo pulgar, logró deslizar un saliente del cilindro y se encendió precipitadamente una luz. Tare’ Boh temblando de miedo, recordó que justamente esto era lo que hacía el hombre blanco. Reproducir durante la noche una estela del disco sol a través de este pequeño cilindro. Le volvió el color al cuerpo, si es que esto podía llamarse color y utilizando a su antojo, aquel rayo de sol encerrado, inspeccionó el llamado baúl. Lo que emanó de él sería algo que cambiaría su vida, pensaría posteriormente.

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo. No más que aquella primera noche con su mujer en el lecho.

Del arco iris se desprendieron aromas parecidos a los de las flores silvestres y una voz endiosada, pero de dulce tono le dijo en perfecta lengua Sulawesi:

– Tare’ Boh no tengas miedo. Estás en el interior del gran estómago de Balloj, el pez más grande y más sabio que se haya paseado por este océano turquesa. El pez te ha tragado cuando fuiste a pescar esta mañana, mas no te hará ningún daño, puesto que su misión en la tierra es la paz. Este era el único lugar donde se le podía revelar a alguien de espíritu puro, el método más eficaz de salvar a la Humanidad del desastre que se le avecina en unos años. Todavía estás a tiempo. Aguza tus sentidos que te voy a indicar la forma como los dioses desean que se haga. Memoriza cada vocablo que saldrá de mí y luego pídele al primer hombre blanco que visite el atolón que te lleve en su canoa y te ayude a difundir el mensaje.

Tare’ Boh obedeció al fulgor multicolor que se enrollaba como gusanos y echando una furtiva mirada a las paredes del estómago del pez se sentó plácidamente con las piernas cruzadas.

Al terminar aquella melodía y transformar la conciencia del joven polinesio, Balloj el gran pez lo expulsó con fuerza por una de sus agallas, dejando el baúl en sus pegajosas entrañas y deslizándose se nuevo como una gran penumbra que se desvanece hacia las profundidades del Océano Pacífico.

Tare’ Boh durmió esa oscura noche en la orilla del mar, inconsciente, bajo el manto protector de las estrellas, que en estas latitudes australes se manifiestan brillantes como óculos celestes. Cuando despertó nuevamente, tenía a toda su comunidad y familia en su entorno, rodeándolo con sus cabellos amarillos crispados y bendiciéndolo por haber regresado.

Tare’ Boh se repuso de un salto y visiblemente emocionado con lágrimas en los ojos, exclamó que tenía algo que contarles, algo que les haría cambiar su vida y la de los hombres blancos para siempre…

–       Éste…éste…ehmm, no me sale, lo que me dijo aquella voz celestial. Ehmm…arco iris, pez, baúl, botuto, arpón…no, no era eso. ¡Mierda, no puede ser! Creo…creo, creo… que ¡se me olvidó! La luz, saliendo del baúl, dentro del estómago de un gigante pez, me dijo que cambiaría a la Humanidad, que no olvidara ni una palabra, me lo dijo, lo juro, no estoy loco, también juro que no bebí alcohol de palma ni lamí a los sapos de la charca, lo juro. ¡Tengo que recordarme!

Absortos, los hombres con la mano en la frente, los niños con los dedos en la boca y las mujeres con sus ojos fuera de sí unidos en una plegaria por Tare’ Boh, lo contemplaban con lástima, con un sentimiento de amor fraterno, que exasperó aún más al joven pescador.

–       Lo siento, mi gente, lo siento mucho. Pero el método para salvar a la Humanidad se quedó dentro del estómago del gran pez en el baúl con la voz celestial que emanó cuando logré encender el cilindro del hombre blanco. Lo olvidé para siempre. Ahora sí, necesito el licor de palma y unos cuantos sapos para lamer.

“De Javier Montes de Oca”

El Circo Grotesque de los Horrores bolivarianos

Ningún venezolano se beneficiará de elegir presidente a Maduro, quien ha ido surgiendo exclusivamente por su fidelidad canina al ausente.

El pueblo podrá caerle a goles al señor del bigotón poblado el próximo 14 de abril, callándole su homofóbica, xenófoba, resentida y populista boca de mal imitador.

No paro de asombrarme. Día tras día. Desde el pasado 5 de marzo, no ha pasado ni un solo día que no me haya dejado boquiabierto la gente. Y no sólo venezolanos de a pie, sino gente que he conocido, que puedo (o al menos podía) llamar mis amigos. Colegas de la universidad, periodistas, otros, personas con las que he trabajado, o simples conocidos. Son personas que a cualquier anarquista, agnóstico o ateo (no es mi caso, porque no me enmarco en ninguna de esas tres tendencias) le daría verdadero asco debido al comportamiento que han adquirido de cara a la muerte del presidente Chávez.

Han tomado la postura del fallecimiento de Chávez como una especie de burla, de parodia de las muertes en combate de la Antigua Grecia, cuando el héroe caía gloriosamente en batalla y luego lo llevaban a ser llorado por las plañideras en su tierra. Han intentado por todos los medios de elevarlo a la categoría mítica, de encumbrarlo al Olimpo de los grandes y auténticos luchadores sociales de la categoría de Nelson Mandela, Mahatma Gandhi o Martin Luther King. Le han traspasado como mágicamente el título del auténtico, único e irrepetible Libertador Simón Bolívar (1783-1830) que libertó seis naciones latinoamericanas del yugo de la corona española e inspiró junto a otros grandes como San Martín, O’Higgins, Santander, Solano López o Artigas la gesta de la idiosincrasia latinoamericana, al insultador y vejador de oficio Teniente Coronel Chávez, antiguo golpista fallido contra la democracia en 1992.

Me ha dejado anonadado el efecto del entramado urgido por los hermanos Castro, para hacerse con las reservas probadas de crudo más grandes del mundo y así, de la mano de otros gobiernos serviles como el de Evo Morales, Rafael Correa, Cristina Fernández o Daniel Ortega poder saquear a mano armada las riquezas minerales y en hidrocarburos que tiene mi país. Toda esta dantesca puesta en escena orquestada por las marionetas Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Elías Jaua, ha contribuido a tocar en lo más profundo el pathos, la fibra sensible y catártica del más pobre y humilde venezolano, que (en sólo en algunos casos afortunados) ha recibido pequeñas migajas en forma de dádivas clientelares, que no contribuyen en lo más mínimo al progreso real de esas personas, marginadas desde siempre por las  malas prácticas de los cuarenta años anteriores, pero flagrantemente empeoradas por las actuales prácticas de ese parapeto ideológico bastante cutre, llamado Chavismo en honor al occiso.

Ningún venezolano de los de a pie se beneficiará de elegir presidente al señor Nicolás Maduro, quien ha ido surgiendo exclusivamente por su fidelidad canina al ausente. Sin embargo, este señor, de dudosa moral y ética, ahora ha comenzado con mal pie vejando las propias últimas voluntades del ahora occiso. Ni ha respetado su deseo porque fuera el teniente Cabello quien se encargara de la presidencia durante un mes y llamara a elecciones, ni tampoco ha querido darle sepultura a su pérfido cadáver en su tierra barinesa, sino que ahora lo expone como un muñeco pútrido embalsamado, al más puro estilo Grotesque o Gore en una urna de cristal, para ser observado por llorosos y curiosos ojos.

Es inmoral elevar a los altares sociales a una persona perfectamente mortal y con cientos de crímenes en su haber, pero claro, en una sociedad descompuesta por la violencia, la ignorancia y la pobreza, donde lo malo está bien visto, se veneran pidiéndole milagros inclusive a antiguos criminales y asesinos apodándolos “Los Santos Malandros”, a quienes se les prenden velas y se le rezan como si de un santón chiíta se tratara. De esa manera, ¿cómo no esperar que en el imaginario colectivo del pobre, no se eleve a Chávez a la categoría de santo o de mártir inclusive?

Ahora, el maquiavélico señor Maduro, dijo el mismo día de su fallecimiento que a Chávez le había sido “inoculado el cáncer por el cual murió por el mismo Imperio yankee” y el iletrado pueblo venezolano que busca con esperanza seguir las mentiras del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), asesorado estrechamente por el régimen cubano, por supuesto, se creerá lo que el delfín de su ídolo diga.

La forma como se ha manejado al pueblo, al pobre, al humilde, es una grosería, una calamidad social. El inescrupuloso triunvirato chavista, ha gestado una división prácticamente irreconciliable en el pueblo venezolano, lo ha degradado, lo ha degenerado y ha manejado la muerte del teniente coronel, militarista a ultranza, en simple campaña y mítin electoral. A la par, bien es sabido por todos, que en Venezuela el órgano electoral, el que debería de arbitrar los resultados, está completamente parcializado y recibe todas las prebendas y beneficios económicos de disfrutar del Socialismo del siglo XXI, idénticamente que el Tribunal Supremo de Justicia, cuyos jueces son despedidos en público y encarcelados con ensañamiento cuando contrarían las órdenes del alto mando chavista. Es por esta razón, y utilizando el luto reciente manejado de la forma más teatral y circense que pudiera existir, que el señor Maduro ganaría con muchas probabilidades la presidencia de la República de Venezuela. Sin embargo, la pelea será peleando, el balón es redondo y siempre el pueblo podrá caerle a goles al señor del bigotón poblado el próximo 14 de abril, callándole su homofóbica, xenófoba, resentida y populista boca de mal imitador de su teniente coronel occiso.

Eso esperamos. Y si la contra-involución llegara a perder por los votos contra la Involución bolivariana, bajo las consabidas marramucias que nunca faltan para conseguir votantes, tales como darles cédulas de identidad nacional a inmigrantes chinos, cubanos e iraníes, así como de ir a buscar a los votantes a sus casas y llevarlos con regalos como una lavadora o electrodomésticos al centro de votación, así y todo, seguiremos en pie de lucha, porque como dijo recientemente el gran novelista peruano Mario Vargas Llosa, “el régimen chavista caerá muy prontamente por sus corruptelas y por la delincuencia que en él habitan”. Eso espero encarecidamente, ¡vamos Venezuela!

“De Javier Montes de Oca”

¡Una Aspirina, por favor! por Javier Montes de Oca

Aquella tarde estival, Farruco debió moverse a la capital, lo cual era ya mucho decir para él. Nunca había estado inmerso en ese caos andante. Todo se movía a gran velocidad. No recordaba que Camila, su borrica, lo hiciera a tamaña velocidad. Una vez le había mezclado un poco de café recién colado con su agua y había estado más activa que de costumbre. Pero hasta ahí.

Cornetas por aquí, estruendos por allá. ¡No! Todo era tan diferente de su apacible llanura, de su verdor eterno que se difumina en la lejanía.

Sin embargo allí estaba. Había tenido que venir por un asunto mundano, un mero trámite burocrático. A Farruco que nunca sufría de ningún mal, le estaba doliendo la cabeza. Una vez, hacía años, se había tenido que tomar una aspirina, porque la practicante del caserío, que iba a visitarlos una vez al mes, así se lo había ordenado. Pues esta vez y bien lejos de su plantío de caña de azúcar, estaba sintiéndose igual de mareado que en aquella rara ocasión.

Pensó que probablemente si entraba y se pedía un café negro, bien cargado, podía pasársele esa desagradable y agobiante sensación. El joven de la barra lo atendió.

–       ¡Ay mi Don, está usted cómo pálido! ¿Se me siente bien? – le espetó a la par que le servía el negrito bien cargado como este sereno señor, presumiblemente llegado de las llanuras se lo había pedido.

–       Sí, claro, mi hijo. ¿Pues y porqué no? – le había dicho con el típico acento de la gente venida de por allá.

Mientras Farruco se despachaba su cafecito, empezó a sentir como lo rodeaban tantos sonidos molestos que empezaba a acrecentarse su malestar. Un chillido cómo el de un pajarito en agonía y una chica que dice socarronamente:

–       ¡Aló Juan Fernando! Séme sincero…¿te gustaron las bragas que me puse ayer para ti?

Y luego, un no sé qué de sonido infernal como de gata en celo y el gordo de la esquina, que se le ve que no ha trabajado un día en su vida por la barriga que ostenta, que dice con su voz gutural:

– Pero bueno mamita, tú sabes que eso no se hace así. Haz las vainas bien.

Luego otro ring ring y otro teléfono más y más. Farruco no se lo puede creer. Él, que apenas utiliza el teléfono público del caserío una vez a la cuaresma, y aquí en la capital al parecer nadie puede vivir sin sus alóes, ni sus ring-rings.

Pensó rápidamente sobre lo que opinaría Clementina, su mujer, de esas muchachitas que hablan de tangas por teléfono móvil.

Apuró su café y salió del lugar. La concurrida plaza llena de gente, de colores, de vendedores ambulantes, de predicadores del evangelio, de pregoneros con sus periodicuchos y de partisanos políticos exigiendo una revolución ya, le pintaban un panorama demasiado confuso en su cabeza habituada a muchos metros cuadrados de caña que cortar y de caña que recoger. Pero claro, su pueblo era tan pequeño que una vez, un antiguo patrón que había tenido, le había dicho que a menudo ni siquiera salía en los mapas de carretera. ¿Cómo carajo entonces iba a tener una delegación gubernamental para efectuar el laborioso papeleo que había venido a hacer?

Gente camina por aquí y por allá, por las aceras y en plena avenida, porque hay tantos vendedores ambulantes que se han adueñado del camino, que la gente debe de saltar y caminar peligrosamente de la mano de los carros. El semáforo, ¡qué fastidio!, ¿se cruzaba era con el rojo o con el fulano verde? Mejor esperaba a ver qué hacía la gente a su alrededor. Tenían que estar habituados a esa amarga tricromía. Digo “tri”, porque también hay un amarillo en el medio de ambos. ¡Verde! Okey, era el verde, cruza en medio de sus pensamientos e intenta entrelazar los suyos con sus vecinos del rayado que con el paso del tiempo y del fuerte sol reclama ya una nueva mano de pintura. No lo consigue, cada quién anda en lo suyo, aunque sí observa la furtiva mirada que el chico moreno le echa al abombado trasero de la chica que cruza enfrente de él. De nuevo, ¿qué pensaría Clementina de esto?

Llegó a la plaza y se sentó en el banquito verde, de esos que les deja a los incautos viandantes pequeños trozos de pintura descorchada en la camisa. Pensó Farruco, que al menos la diligencia de aquella mañana le había salido bien. A él no le importaban los madrugonazos. Más bien era raro el día que no lo hiciera. Y a las 4.30 de la mañana ya había tenido que estar en la larga cola que se hacía afuera de la delegación. Hacía un poco de frío, más del que estaba acostumbrado el buen viejo llanero, para quien una noche y una madrugada es sinónimo de intenso calor, tanto como lo puede ser el mediodía de aquella vasta soledad infinita de sus sabanas. Eso no le había importado. Pero el ver que los chicos de la cola, se entretenían a esas horas y sin siquiera un cafecito, con sus teléfonos móviles dale que dale a las teclas. Con sus soniditos fastidiosos en un vaivén intenso de rápidas movidas dactilares, eso sí lo tenía perturbado. ¿Qué tanto podían hacer esos chicos con esos pedazo de teléfonos del carajo?

Farruco no necesitaba comunicarse con nadie para realizar su labor cotidiana. Él se montaba en su burrita y dale que te pego, llegaba prontamente a su cañaveral, cortaba durante horas las mejores, las organizaba, las montaba en una carretilla, y luego venía a fin de tarde el capataz en su Jeep y se las llevaba. Al final de la semana, Farruco tenía su sueldito que le alcanzaba perfectamente para tener su pequeño terruño junto a Clementina en su llanura. No hacía falta nada más.

Esos condenados teléfonos que tanto sonaban en la capital y esos alóes sinceros e insinceros que podían escucharse a cada instante lo superaban. No deseaba consumir más aspirinas, ni mucho menos saber qué diablos le pareció al tal Juan Fernando las bragas que la chica de la cafetería se había comprado para quién sabe cuáles menesteres o artes antiguas.

Descansó un rato en el banquito verde, henchiendo sus pulmones del más puro y tóxico smog capitalino y Farruco emprendió con paso cansado su regreso al terminal de bus que lo llevaría de nuevo a su llano. Bien lejos de los teléfonos móviles y de los predicadores del evangelio.

“De Javier Montes de Oca”

El caserío del llanero era tan pequeño que ni salía en los mapas de carretera.

Farruco que apenas utiliza el teléfono público del caserío una vez a la cuaresma, y en la capital nadie puede vivir sin sus alóes, ni sus rings.

Me declaro el ogro del Harlem Shake

Me declaro en contra de la cultura del Reguetón y del Harlem Shake.

Grupos de chicos haciendo el gamberro, desaprovechando la viralidad del Youtube.

Desde el punto de vista sociológico y psicológico, ¿qué necesidades tienen los jóvenes de realizar videos caseros en sus hogares, espacios públicos, parques o lugares abandonados, generalmente grupales, haciendo “el tonto”, o haciendo “gamberradas”? El más claro ejemplo es el inenteligible e improductivo Harlem Shake’ donde se ve a un chico agitándose frenéticamente al ritmo de una espantosa y decadente tonada, farfullando algo acerca de “los terroristas“, la cual ya ha tenido varios millones de visitas y lo que es peor aún: mucho eco. Otros grupos de jóvenes a lo largo y ancho del mundo, han aprovechado la plataforma gratuita de podcasting Youtube.com, para ejecutar sus propias versiones del excéntrico e improductivo video, a cual más nula e insabora que la otra…

¿Por qué se desaprovecha la viralidad con la que ha contado este siglo XXI completamente desconocida en los siglos pasados para realizar algo un poco más profundo? Algo que requiera utilizar un poco más las neuronas, que tenga algún guión, o que sea original, o por lo menos, (se agradece) pies y cabeza. Por supuesto, que hasta lo del gordito cantante pop coreano de Psy, tenía mayor sentido, puesto que logró colar su ranciedad musical a través de la plataforma del Tubo, en algo multimillonario. ¡Pero es que Psy busca vender como buen cantante Pop que es! Por ende, está justificada su estupidez video-musical. Pero y ¿el Harlem Shake que busca? Un grupeje de chicos en una habitación, disfrazados de manera incoherente, meneándose de manera sórdida, ¿que intenta? Evidentemente si el objetivo era conseguir millones de visitas en pocas semanas lo han logrado, ¿quién puede dudarlo? Pero con ello lo único que aportan es bastante material a sociólogos, psicólogos y hasta a políticos, para confirmarles lo mal que está el mundo, lo jodidamente mal que está, si esa es la juventud que en pocos años deberá asumir el rol de manejar este planeta.

Habría que pillar esa cámara barata y salir de casa con una idea en la mente, para que las neuronas puedan realizar sinapsis y así dejar alguna aportación que pueda ser seguida sino por millones, al menos por miles de internautas y que sea realmente una fuente de inspiración. Es que hasta si lo único que les gusta es el baile, es perfectamete factible realizar interesantes coreografías, con pasos de bailes alucinantes y mostrar así aunque sea una micra de talento. Pero si lo único que se desea es gamberrear, pues el Youtube es lo suficientemente democrático como para darte millones de posibilidades.

Entre ellas se encuentra el ‘Harlem Shake’ que segurísimamente no será más que un trend topic más de la red, video que no nos muestra ni la milésima porción de la inteligencia y de las posibilidades con las que cuenta esta juventud del siglo XXI. ¡Vamos muchachos! Esto no es más que un sentido llamado a dejar de hacer tan fervorosamente el ridículo en el Internet, que no es la idea, ni el objeto de estas redes sociales. Este es un humilde llamado a crear, a edificar, a construir, a plasmar, a deconstruir, a vertir, un poco de arte, técnica y ciencia al asunto. No es más que eso, sin embargo por el momento la cultura del Reguetón y del Harlem Shake, está haciendo estragos en nuestras sociedades modernas. Amanecerá y veremos…¡con los terroristas!

“De Javier Montes de Oca”