Unos cuantos sapos para lamer por Javier Montes de Oca

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo.

Tare’ Boh recogió su arpón tradicional, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Había llovido providencialmente y como los dioses mandan aquella madrugada. Tare’ Boh se asomó fuera de la gran choza comunal donde cada mañana la familia polinesia podía observar detenidamente al gran disco de fuego despuntar. Con su complexión delgada y sus pasos ágiles y firmes se acercó cautelosamente al borde del mar, disfrutando con cada bocanada, del aire más puro del planeta. Por supuesto, el único que conocía aquel hombre de una treintena de años, con la piel curtida por el fuerte sol del Pacífico y unos bucles dorados característicos de su bravía raza.

El botuto, ese gran molusco que tiene la responsabilidad de llevar sobre sus inexistentes hombros el arduo peso de ser el sostén de toda esta humilde comunidad polinesia, se encontraba estoicamente bajo la arena, con tan sólo saber dónde buscar, a la espera de ser recogido por unas fuertes manos y aprisionado en una pequeña cesta confeccionada desde hacía siglos de la misma manera por los antepasados de Tare’ Boh.

La arena húmeda aún, por el torrencial diluvio al alba hacía sonreír a este joven polinesio cuyo horizonte terminaba al acabarse este pequeño atolón polinesio. Tare’ Boh recogió su arpón tradicional que había dejado escondido la tarde anterior, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo dos veces se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Lo siguiente que recuerda Tare’ Boh es hallarse en un sombrío espectro, tan oscuro como la Madre Noche que ha sido puntual a su cita desde los orígenes del tiempo. Podía contar con los dedos de una sola mano, las veces que había tenido miedo en su vida. La primera vez que vio al hombre blanco, un neozelandés de aspecto abrumador que ostentaba una raída barba rojiza. La segunda vez, cuando debió enfrentarse a Squa-Lloh, el más grande de los tiburones de vientre blancuzco que había visto en su vida y la noche de bodas, cuando temió verdaderamente fallarle a aquella angelical criatura que le habían asignado por esposa.

Pero ésta vez, era realmente diferente. Esa bruma, pestilente y pegajosa, lo había dejado atontado y mareado. No era capaz de recordar cómo había podido llegarse hasta allí. ¿Sería un malvado hechizo? Tare’ Boh no podía descartar esta explicación. Así que a tientas, en una oscuridad tan terrible como la de su vida anterior no-nata, empezó a tocar esas paredes que se le antojaron corrosivas y babosas. Luego de una hora de andar en círculos, puesto que el espacio era obstinadamente reducido, pateó algo accidentalmente que le provocó un alarido. Su pie se había topado en su pesaroso andar con algo muy sólido y distinto a la materia pastosa que había palpado durante todo aquel tiempo.

Se acercó a aquello y aguzando la vista lo más que pudo durante unos minutos que parecieron centurias, logró entender su forma.  Esto sí que lo conocía. Los hombres blancos lo traían consigo eventualmente para guardar objetos pesados y para pagarles con su contenido al pueblo polinesio. Tare’ Boh no podía recordar bien cómo llamaban a este gran cesto los blancos. Sin embargo, logró configurarse con sus manos y su escasa vista, la forma que tenía y logró abrirlo.

–       ¡Ahhh! – exclamó triunfante. Baúl, ya recordé, baúl.

Así llamaban los blancos a ese cesto pesado de metal que contenía cualquier cosa que se quisiera. Si bien no resultaba tan útil a la hora de transportar botutos. Al abrir el baúl e introducir sus manos, proyectando su alma en aquel acto, encontró otro artilugio de la hechicería blanca, que también había visto ocasionalmente cuando el hombre blanco tenía algún problema con sus canoas y debían quedarse a pasar la noche en su isla, entre ellos. Sin embargo, Tare’ Boh no tenía ni un ápice de idea sobre cómo utilizar ese extraño cilindro, que además estaba enteramente recubierto de aquella sustancia asquerosa que ya hasta le resultaba familiar.

Con sus nudosos dedos comenzó a inspeccionarla de una manera parecida a cuando labraba un arpón para la pesca. Nada, no ocurría nada. De pronto y con un golpe de su dedo pulgar, logró deslizar un saliente del cilindro y se encendió precipitadamente una luz. Tare’ Boh temblando de miedo, recordó que justamente esto era lo que hacía el hombre blanco. Reproducir durante la noche una estela del disco sol a través de este pequeño cilindro. Le volvió el color al cuerpo, si es que esto podía llamarse color y utilizando a su antojo, aquel rayo de sol encerrado, inspeccionó el llamado baúl. Lo que emanó de él sería algo que cambiaría su vida, pensaría posteriormente.

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo. No más que aquella primera noche con su mujer en el lecho.

Del arco iris se desprendieron aromas parecidos a los de las flores silvestres y una voz endiosada, pero de dulce tono le dijo en perfecta lengua Sulawesi:

– Tare’ Boh no tengas miedo. Estás en el interior del gran estómago de Balloj, el pez más grande y más sabio que se haya paseado por este océano turquesa. El pez te ha tragado cuando fuiste a pescar esta mañana, mas no te hará ningún daño, puesto que su misión en la tierra es la paz. Este era el único lugar donde se le podía revelar a alguien de espíritu puro, el método más eficaz de salvar a la Humanidad del desastre que se le avecina en unos años. Todavía estás a tiempo. Aguza tus sentidos que te voy a indicar la forma como los dioses desean que se haga. Memoriza cada vocablo que saldrá de mí y luego pídele al primer hombre blanco que visite el atolón que te lleve en su canoa y te ayude a difundir el mensaje.

Tare’ Boh obedeció al fulgor multicolor que se enrollaba como gusanos y echando una furtiva mirada a las paredes del estómago del pez se sentó plácidamente con las piernas cruzadas.

Al terminar aquella melodía y transformar la conciencia del joven polinesio, Balloj el gran pez lo expulsó con fuerza por una de sus agallas, dejando el baúl en sus pegajosas entrañas y deslizándose se nuevo como una gran penumbra que se desvanece hacia las profundidades del Océano Pacífico.

Tare’ Boh durmió esa oscura noche en la orilla del mar, inconsciente, bajo el manto protector de las estrellas, que en estas latitudes australes se manifiestan brillantes como óculos celestes. Cuando despertó nuevamente, tenía a toda su comunidad y familia en su entorno, rodeándolo con sus cabellos amarillos crispados y bendiciéndolo por haber regresado.

Tare’ Boh se repuso de un salto y visiblemente emocionado con lágrimas en los ojos, exclamó que tenía algo que contarles, algo que les haría cambiar su vida y la de los hombres blancos para siempre…

–       Éste…éste…ehmm, no me sale, lo que me dijo aquella voz celestial. Ehmm…arco iris, pez, baúl, botuto, arpón…no, no era eso. ¡Mierda, no puede ser! Creo…creo, creo… que ¡se me olvidó! La luz, saliendo del baúl, dentro del estómago de un gigante pez, me dijo que cambiaría a la Humanidad, que no olvidara ni una palabra, me lo dijo, lo juro, no estoy loco, también juro que no bebí alcohol de palma ni lamí a los sapos de la charca, lo juro. ¡Tengo que recordarme!

Absortos, los hombres con la mano en la frente, los niños con los dedos en la boca y las mujeres con sus ojos fuera de sí unidos en una plegaria por Tare’ Boh, lo contemplaban con lástima, con un sentimiento de amor fraterno, que exasperó aún más al joven pescador.

–       Lo siento, mi gente, lo siento mucho. Pero el método para salvar a la Humanidad se quedó dentro del estómago del gran pez en el baúl con la voz celestial que emanó cuando logré encender el cilindro del hombre blanco. Lo olvidé para siempre. Ahora sí, necesito el licor de palma y unos cuantos sapos para lamer.

“De Javier Montes de Oca”

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