Un vagón entre Sant Jordi y la Virgen de Coromoto por Javier Montes de Oca

Tengo una conexión con el transporte público. Hace años que no conduzco, porque detesto los coches sincrónicos. Si todos fueran automáticos, otro gallo cantaría. Sin embargo, no existe nada como el Metro. Además es una puerta a lo desconocido. Cuando llego a una ciudad y lo tomo, es ese subterráneo que como una lombriz, excava tierra a su paso y me arroja hacia una zona de la ciudad que no conozco. Puerta a lo desconocido, precisamente.

Además en el Metro de Barcelona, suceden cosas. No sé bien aún qué sortilegio de conexión tiene con el Metro de mi ciudad natal. Pero, desde que vivo en Barcelona hace tres años, he salido de pronto, misteriosamente, por alguna estación del Metro de Caracas. ¡Sí, en Venezuela! Recuerdo, la primera vez, entré por la Línea 1 en Clot como de costumbre. Había un puesto vacío, a las seis de la tarde un viernes. Nada extraño, se escuchó el pitido que marca las estaciones. Glòries, primero. Marina, después y para rematar Arc de Triomf. Bajaba en Urquinaona, justamente tenía que gerenciar algo en el consulado de Venezuela, ubicado en Plaça Urquinaona.

Voy con mi bufanda, mi gorro y mis chaquetas por la escalera mecánica cuando empiezo a no creer nada de lo que se me atraviesa. Comienzo a sentir un olor que me es conocido, aunque lejano, a sentir en la piel un efecto que hacía años que no sentía. ¿Qué ocurre?

Camino lentamente y en el vestíbulo de la estación comienzo a ver personas más morenas de piel, ni una sola chaqueta, bufandas mucho menos. De repente, todo el mundo se ha metamorfoseado. Me pasa al lado una chica bellísima hablando por móvil: ¿Mi amor, me oíste lo que te dije ahorita? Todo, en un excelso acento caribeño que me era tan conocido, que me pertenecía tanto. Pensé: ¡Cómo hay venezolanos en Barcelona! Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo! Tenía que soñar. Salí y no supe cómo, porque habían cambiado los torniquetes y ni siquiera lo habían anunciado. ¡Qué descuido y eso que acaban de aumentar las tarifas!

Me dirijo al operario de turno y qué sorpresa al verlo algo bajo, con un mostacho a lo Pancho Villa y bastante moreno de tez. Le explico la situación y sin entenderme nada, dice:

─ Pasa por ahí mijito, y no vuelvas a perder el ticket, ¿ok? –con aquel dejo característico del Mar Caribe.

Atónito le agradecí en su mismo acento y pasé por la puerta que había entreabierta. Y ¿cuál no sería mi sorpresa al leer que en la estación no ponía Urquinaona sino La Hoyada?

Subí la escalera y de repente me sumergí en la caótica urbanidad de Caracas, la otrora “Sucursal del Cielo”. No podía ser verdad, pero el olor a comida venezolana y el sonido típico de las bocinas de los coches y el acento de los transeúntes, no podía dejar pie a dudas. ¿Sería la estación de Urquinaona un portal a la céntrica estación La Hoyada de Caracas? Podía averiguarlo. Corrí de nuevo a la estación y compré un billete en moneda local que me apañé para conseguir con trucos de baqueano.

Entré apresurado a los vagones del Metro de Caracas y sin hacer caso de en qué dirección iba tomé el primero, me bajé en Bellas Artes y esperé al siguiente en el sentido contrario. Al llegar, descendí en La Hoyada, subí las escaleras trotando y de repente una fuerte corriente de aire frío me daba en el pecho. ¡Hostia! Había dejado la bufanda en Caracas. Me constiparía con el aire de la Barcelona primaveral.

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Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo!

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Infancia por Javier Montes de Oca

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Se turnaban el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas y le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso.

Recuerdo cuando era un niño la casa de mi abuela. Aquella enorme mansión en un prado alejada de la ciudad era mi mundo infantil por excelencia. Soñaba todos los meses nuestra habitual visita a este recodo de la región plagada por pinares, olmos, hayas y demás árboles que desde mi óptica infantil era el receptáculo de seres maravillosos que sólo salían por las noches y a la vuelta del sol se refugiaban corriendo cada uno, en su venerable árbol.

Al descender del vehículo, corría a abrazar al perro y a los gatos de mi abuela, y luego darle el respectivo beso, yéndome con ansias a sentar en el sillón para esperar sus galletas y su té, únicos en la región. Al terminar mi suculenta bebida aromática, dejaba a los adultos inmersos en sus divagaciones que luego con el tiempo entendí que transcurrían a veces entre filosofía y política, pero la mayoría del tiempo, esoterismo. Mi abuela, casada desde hace años con un viejito canadiense que había peleado no sé cuántas guerras por su nórdico país, tenía este caserón que realmente se le quedaba grande a ellos dos y a sus animales. Por lo tanto, con mi curiosidad infantil de explorador, que pienso que aún hoy conservo, salía a registrar todos los pasillos, cuartos oscuros, gabinetes, alacenas y demás compartimientos extraños de la fría casa. Además, siempre había algún tipo de esencia flotando en el ambiente. Ora era sándalo, ora era vainilla, ora era musgo, pero siempre algo penetraba embriagadoramente por mis fosas nasales.

A veces, en mis correrías por la casa, abría de sopetón una habitación y me encontraba acurrucado en su sillón al bonachón de Irwing, el viejito esposo de mi abuela, que sonreía mientras fumaba su pipa y hundía la cabeza en un pesado tomo de no sé cuál libro. Me miraba y en su nunca perfecto castellano, me preguntaba:

─ Amiguito, ¿cómo estás? ¿Vienes a por más historias en la “Casa Fantástica de tu abuela”?

Yo asentía sin más y cuando Irwing se sumergía de nuevo plácidamente en sus amarillentas páginas, yo salía de nuevo al trote armado con una linterna y un casco de explorador. Previamente, en el camino a la casa, mi papá me había dado una hoja de papel y un color con el que yo, de memoria, diseñaba el plano de la vieja casa, cuarto por cuarto y pasillo por pasillo. A continuación, con otro color, dibujaba los seres y monstruos que solían habitar en cada uno de ellos. Si bien es cierto que a veces se turnaban, y el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso. Después de aventurarme valientemente en cada uno de los receptáculos de esa casa y afrontar todos los peligros que se me ponían enfrente, si bien generalmente no había problemas, porque ya todos allí me conocían de sobra, bajaba al patio. Se trataba de un enorme jardín en pronunciada pendiente con un sendero de piedras cavado y enmarcado a manera de camino Inka que descendía hasta los confines del Hades.

Ya con mis ocho años me devoraba todos los libros que mis padres me compraban sin más. Tenía los de mitología, los de terror, los de fábulas, los de aventura. Justamente por aquella época estaba muy aficionado a Jules Verne y a Emilio Salgari. Así que con mi máquina detectora de monstruos me adentraba en las profundidades olorosas de aquel jardín tan bien cuidado por Irwing y por mi abuela. Me ocultaba atrás de las columnas de la casa, para evitar la malicia del duende trágico, luego avanzaba de puntillas hasta el limonero con sus enormes citrones que colgaban amarillentos y que yo asociaba con provisiones que recoger para el resto del tortuoso camino. A menudo, mi abuela me reprendía por arrancarle los limones antes de tiempo. Pero a mí no me importaba. Sólo quería poder seguir enfrentando a los monstruos del camino, que cada vez iban perdiendo su fuerza y su corpulencia.

Al cumplir los nueve años, cada vez bajaba menos al Hades ya que una pequeña esférica de cuero me mantenía más tiempo ocupado y eso sí, más alejado de mi abuela, que no de sus estupendas galletas y de sus magníficas infusiones.

Sin embargo, en los ratos que mis sueños de Alessandro del Piero, Dennis Bergkamp o Zinédine Zidane me dejaban, seguía poniéndome el casco de explorador y sujetando la sofisticada linterna para descender a visitar a aquellas míticas criaturas que aguardaban mi visita, aburridas porque ya casi no iba. Al abrir la primera puerta con sigilo, volvía a encontrarme a Irwing, que me guiñaba un ojo, decía algo incoherente y le daba un pequeño sorbo a su whiskey, para luego cerrarla tras de mí e irme a visitar al elfo que me estaba enseñando a tirar con el arco infalible. Así pasaron cada vez más deprisa las estaciones y al transcurrir aquel otoño y aquel invierno particularmente fríos, ya todo había cambiado. Cuando cumplí mi primera década de vida, ya no creía más en mitología. La televisión, los deberes escolares y sobretodo los deportes, habían atrapado mi vida y cada vez fui menos a aquella épica casa.

Hasta que me enteré que el bueno de Irwing había amanecido un día sin vida en su cama, por lo que mi familia se mudó junto a la abuela por unos días para reconfortarla. A la noche siguiente de estar durmiendo en la casa, bajé nuevamente al inframundo, pero ya todo había cambiado. Ahora sólo eran habitaciones vacías, cada una eran cuatro paredes sin vida, con muchos muebles viejos, escaparates y estanterías. Era apenas el cascarón curtido de lo que solía ser. Eventualmente alguno de los animalitos de la abuela se me atravesaba dándome un pequeño susto inesperado, pero eso era todo. No había nada más. Ya no vivía allí ni el dragón, ni el grifo ni el cancerbero, ni siquiera el arquero elfo.

En otra ocasión, lo intenté con el jardín, pero no había nada, el Camino Inka se había esfumado, y sólo quedaba un sutil recuerdo en mi memoria de aquellas veces que recolectaba provisiones para hacerle frente a las bestias más salvajes y vencerlas gallardamente.

Inesperadamente, así sin más, ya sólo quedaba de esa enorme casa, el cariño de mi ahora triste abuela y de sus perros y gatos, además del gusto en mis papilas de sus exquisitas galletas e infusiones.