Infancia por Javier Montes de Oca

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Se turnaban el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas y le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso.

Recuerdo cuando era un niño la casa de mi abuela. Aquella enorme mansión en un prado alejada de la ciudad era mi mundo infantil por excelencia. Soñaba todos los meses nuestra habitual visita a este recodo de la región plagada por pinares, olmos, hayas y demás árboles que desde mi óptica infantil era el receptáculo de seres maravillosos que sólo salían por las noches y a la vuelta del sol se refugiaban corriendo cada uno, en su venerable árbol.

Al descender del vehículo, corría a abrazar al perro y a los gatos de mi abuela, y luego darle el respectivo beso, yéndome con ansias a sentar en el sillón para esperar sus galletas y su té, únicos en la región. Al terminar mi suculenta bebida aromática, dejaba a los adultos inmersos en sus divagaciones que luego con el tiempo entendí que transcurrían a veces entre filosofía y política, pero la mayoría del tiempo, esoterismo. Mi abuela, casada desde hace años con un viejito canadiense que había peleado no sé cuántas guerras por su nórdico país, tenía este caserón que realmente se le quedaba grande a ellos dos y a sus animales. Por lo tanto, con mi curiosidad infantil de explorador, que pienso que aún hoy conservo, salía a registrar todos los pasillos, cuartos oscuros, gabinetes, alacenas y demás compartimientos extraños de la fría casa. Además, siempre había algún tipo de esencia flotando en el ambiente. Ora era sándalo, ora era vainilla, ora era musgo, pero siempre algo penetraba embriagadoramente por mis fosas nasales.

A veces, en mis correrías por la casa, abría de sopetón una habitación y me encontraba acurrucado en su sillón al bonachón de Irwing, el viejito esposo de mi abuela, que sonreía mientras fumaba su pipa y hundía la cabeza en un pesado tomo de no sé cuál libro. Me miraba y en su nunca perfecto castellano, me preguntaba:

─ Amiguito, ¿cómo estás? ¿Vienes a por más historias en la “Casa Fantástica de tu abuela”?

Yo asentía sin más y cuando Irwing se sumergía de nuevo plácidamente en sus amarillentas páginas, yo salía de nuevo al trote armado con una linterna y un casco de explorador. Previamente, en el camino a la casa, mi papá me había dado una hoja de papel y un color con el que yo, de memoria, diseñaba el plano de la vieja casa, cuarto por cuarto y pasillo por pasillo. A continuación, con otro color, dibujaba los seres y monstruos que solían habitar en cada uno de ellos. Si bien es cierto que a veces se turnaban, y el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso. Después de aventurarme valientemente en cada uno de los receptáculos de esa casa y afrontar todos los peligros que se me ponían enfrente, si bien generalmente no había problemas, porque ya todos allí me conocían de sobra, bajaba al patio. Se trataba de un enorme jardín en pronunciada pendiente con un sendero de piedras cavado y enmarcado a manera de camino Inka que descendía hasta los confines del Hades.

Ya con mis ocho años me devoraba todos los libros que mis padres me compraban sin más. Tenía los de mitología, los de terror, los de fábulas, los de aventura. Justamente por aquella época estaba muy aficionado a Jules Verne y a Emilio Salgari. Así que con mi máquina detectora de monstruos me adentraba en las profundidades olorosas de aquel jardín tan bien cuidado por Irwing y por mi abuela. Me ocultaba atrás de las columnas de la casa, para evitar la malicia del duende trágico, luego avanzaba de puntillas hasta el limonero con sus enormes citrones que colgaban amarillentos y que yo asociaba con provisiones que recoger para el resto del tortuoso camino. A menudo, mi abuela me reprendía por arrancarle los limones antes de tiempo. Pero a mí no me importaba. Sólo quería poder seguir enfrentando a los monstruos del camino, que cada vez iban perdiendo su fuerza y su corpulencia.

Al cumplir los nueve años, cada vez bajaba menos al Hades ya que una pequeña esférica de cuero me mantenía más tiempo ocupado y eso sí, más alejado de mi abuela, que no de sus estupendas galletas y de sus magníficas infusiones.

Sin embargo, en los ratos que mis sueños de Alessandro del Piero, Dennis Bergkamp o Zinédine Zidane me dejaban, seguía poniéndome el casco de explorador y sujetando la sofisticada linterna para descender a visitar a aquellas míticas criaturas que aguardaban mi visita, aburridas porque ya casi no iba. Al abrir la primera puerta con sigilo, volvía a encontrarme a Irwing, que me guiñaba un ojo, decía algo incoherente y le daba un pequeño sorbo a su whiskey, para luego cerrarla tras de mí e irme a visitar al elfo que me estaba enseñando a tirar con el arco infalible. Así pasaron cada vez más deprisa las estaciones y al transcurrir aquel otoño y aquel invierno particularmente fríos, ya todo había cambiado. Cuando cumplí mi primera década de vida, ya no creía más en mitología. La televisión, los deberes escolares y sobretodo los deportes, habían atrapado mi vida y cada vez fui menos a aquella épica casa.

Hasta que me enteré que el bueno de Irwing había amanecido un día sin vida en su cama, por lo que mi familia se mudó junto a la abuela por unos días para reconfortarla. A la noche siguiente de estar durmiendo en la casa, bajé nuevamente al inframundo, pero ya todo había cambiado. Ahora sólo eran habitaciones vacías, cada una eran cuatro paredes sin vida, con muchos muebles viejos, escaparates y estanterías. Era apenas el cascarón curtido de lo que solía ser. Eventualmente alguno de los animalitos de la abuela se me atravesaba dándome un pequeño susto inesperado, pero eso era todo. No había nada más. Ya no vivía allí ni el dragón, ni el grifo ni el cancerbero, ni siquiera el arquero elfo.

En otra ocasión, lo intenté con el jardín, pero no había nada, el Camino Inka se había esfumado, y sólo quedaba un sutil recuerdo en mi memoria de aquellas veces que recolectaba provisiones para hacerle frente a las bestias más salvajes y vencerlas gallardamente.

Inesperadamente, así sin más, ya sólo quedaba de esa enorme casa, el cariño de mi ahora triste abuela y de sus perros y gatos, además del gusto en mis papilas de sus exquisitas galletas e infusiones.

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