Una expedición cualquiera.

Los contados encuentros con los Taromenanes se han saldado con sangre.

Como guardaparques con trayectoria en el Yasuní, puedo asegurar que lo único que me asusta en esta vastísima extensión verde, es la leyenda de la existencia de este pueblo originario.

Largas y gruesas gotas de sudor surcan mi frente, resbalan por sobre mis ojos y se precipitan hacia el vacío. Se entremezclan con la humedad de la tierra mojada, con el denso manto de hojas y con quién sabe qué enorme cantidad de materia viva y muerta que puebla los suelos de lo más profundo de la selva amazónica ecuatoriana.

Yo iba a la cabeza de un pequeño grupo de exploradores, científicos y guardaparques armados que intentaban hacerse camino a base de machetazos certeros en las ramas. La verdad nuestra exploración, aunque sabíamos de sobra el peligro que conllevaba, acababa de tomar un cariz aún más oscuro: acabábamos de conseguir sus trazos inconfundibles.

Según nos explica el antropólogo de la expedición, Saturnino González, los dobleces que les efectúan a algunas ramas a la altura de nuestros brazos son muy particulares, puesto que las plegan primero hacia abajo y luego, nuevamente hacia arriba. La única finalidad de este proceder es el de hacerlas servir de guía, el de ayudarse a orientar sus zancadas en sus tierras ancestrales, el Parque Nacional Yasuní.

El fin de esta expedición es el de documentar cualquier tipo de rastro dejado por los Taromenanes, un pueblo en aislamiento voluntario, que no ha deseado ser contactado por ningún occidental. Ni siquiera por ningún otro pueblo indígena. Se calcula que a duras penas alcanzan los 300 individuos, aunque los datos son escasos e inexactos.

Como guardaparques con amplia trayectoria en el Yasuní, puedo asegurar que lo único que realmente me asusta en esta vastísima extensión verde, es la leyenda genuina de la existencia de este pueblo originario. Los contados encuentros con los Taromenanes se han saldado con sangre, ya que éstos, a fin de dejarle claro al mundo que no desean ningún tipo de intromisión en sus peculiares vidas, no dudan en arrojar con fuerza hercúlea sus lanzas de casi 3 metros de extensión y con puntas serradas para evitar que salgan del cuerpo de la víctima sin desgarrar irreparablemente los órganos. Además son confeccionadas con ligerísimas plumas para otorgarles una dirección y una aerodinámica que el propio Robin Hood hubiera envidiado.

Luego de acorralar a los indeseados visitantes como jaguares sigilosos, una lluvia de lanzas arrojadas mediante unos certeros artefactos elaborados en madera, caen sobre sus desapercibidas víctimas y cuando éstos se encuentran ya agonizantes, son rematados con veloces saetas. Esta escena, sólo ha logrado recrearse tras el posterior análisis de la escena de estos crímenes tribales y gracias a los relatos de algunos niños agonizantes en el hospital de la población cercana de Coca. Nadie ha sobrevivido a estas precisas emboscadas en la selva.

Tras una larga semana durmiendo en nuestras tiendas de campaña y sufriendo las constantes picaduras de cualquier tipo de insectos inimaginables, a los cuales yo ya estaba suficientemente acostumbrado; sin embargo, mis compañeros venidos de las cómodas ciudades de Quito y Guayaquil, bastante mal que lo estaban llevando; tenemos algún tipo de indicio para alegrar el semblante.

Según Alberto Quishpe, el joven y fornido zoólogo de barba que nos acompañaba, no existía en la selva amazónica ninguna especie de animal que acostumbrara realizar este tipo de dobleces en la vegetación. Hasta ahora, sólo se le ha documentado este comportamiento a los tagaeris, la otra etnia de ‘no-contactados’ de la región y a los feroces taromenanes.

El pequeño grupo compuesto por seis especialistas de las principales ciudades del país y por mí persona, a cargo de intentar llevarlos a buen resguardo e indicarles el camino por estas peligrosas trochas del Yasuní, decidió pernoctar una noche más y proseguir mañana al alba. No obstante, esta noche sería la más tensa después de nuestro reciente hallazgo: tendríamos que hacer turnos de vigilia con las escopetas preparadas. Y esta noche, no se debería exclusivamente a las fieras.

  • ¡Hey Tomás, despierta hombre que te toca! ¡Vamos coño, que muero de sueño! –escuché que me dijeron y acto seguido, me zarandearon por un brazo.

Abrí los ojos y observé el rostro de Saturnino, a quien realmente se le notaba el cansancio en el semblante. Me despertaba para relevarlo.

  • Todo está súper tranquilo allá afuera. Ni rastro ni de animales ni de indios – me dijo lacónicamente, puso la cabeza en la incómoda almohada de camping y pegó los ojos.

Tomando fuerzas, me levanté de un salto, cogí el impermeable ya que llovía suavemente y levanté la escopeta de la piedra donde me la había dejado el antropólogo.

Haciéndome un café muy cargado, ya que el sueño no quería abandonarme, y la lluvia ayudaba a arrullarme, me senté en una terrible silla plegable a la entrada del par de carpas donde dormían plácidamente mis compañeros de expedición, oteé el horizonte y traté de aguzar mis sentidos de guardaparques experimentado. Nada parecía perturbar la paz, salvo el sonido lejano de algún ave nocturna y de los numerosísimos anfibios que pueblan la selva ecuatoriana.

Y se hizo la noche. Mi noche particular. El silencio. El sueño. La nada. Lo siguiente que recuerdo me acompañará el resto de mi vida. Abro los ojos y era ya ese momento de la mañana que precede al alba. ¡Me había quedado dormido! Me miro y sentí como me mareaba del susto.

¡Tenía marcas rojas frescas en todo el cuerpo! Las huelo. Eran de sangre, pero no eran mías. Me incorporo corriendo, tumbo la silla, trastabillo y me caigo al suelo. Me levanto, corro a las carpas. De nuevo, el silencio, la nada. El horror. Los tres cuerpos en la primera carpa yacían inertes, atravesados por poderosas lanzas negras serradas. Palidecí. Entendí que probablemente las pintarrajeadas en mi cuerpo, serían sangre de mis propios compañeros.

Corrí a la segunda carpa. Aquella donde horas antes dormía tan cándidamente. ¡Visión apocalíptica! Se repetía la escena. Sus tres ocupantes lanceados con saña en sus torsos. Ninguno de los seis respiraba.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no había escuchado ni un ruido? Y aún más, ¿cómo es que me habían perdonado la vida los taromenanes? Quizás mis rasgos indígenas, les habían valido como un salvoconducto clemente.

Sea como sea, mi conocimiento de la selva me ayudó a tomar un camino más transitado en mi rápida huida (escopeta en mano) por la selva, de regreso al puesto más cercano de guardaparques del Yasuní.

Dejé la selva para siempre. Y pedí cambio para las oficinas del Ministerio del Ambiente en Quito. Hoy en día aún no logro entender porqué me quedé dormido de esa manera.

Hoy en día, no logro entender porqué no escuché ningún ruido en ningún momento. Sólo unos expertos antropólogos en lenguas amerindias, opinan que las marcas en mi piel efectivamente realizadas con sangre de los asesinados, representaron un aviso por parte de los ‘no-contactados’ de “no vuelvas más nunca por nuestras tierras”. Hoy en día, le estoy contando esto al psiquiatra que me trata desde hace años.

“De Javier Montes de Oca”

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Relato Breve Javier Montes de Oca

La isla que los criollos llaman Ayiti

Relato Breve Javier Montes de Oca

Irremediablemente en un par de minutos, comenzó a sentirse profundamente mal y antes de que ya no pudiera valerse por sí mismo, se dejó guiar por el bokó montaña arriba.

Toussaint se adentra en lo oscuro de la selva caribeña. Lleva colgando un saco de paja para recolectar las hierbas necesarias para su encargo. Hasta ahora ha recogido algo de Datura Metel y otro poco de Datura Stromonium. La Mucuna Pruriens, sin embargo, le ha costado mucho más. Este árbol no se encontraba en época de floración en la isla. La escopolamina y la atropina, ingredientes imprescindibles para lograr su cometido, las había adquirido esa mañana a un colega Bokó que había conocido hacía poco en el Zobop que frecuentaba.

Cuando decimos bokós nos referimos a poderosos hechiceros haitianos practicantes del Vudú más oscuro imaginable. Se dice de estos bokós, que “trabajan con ambas manos”, es decir, que perfectamente pueden prestarse para los hechizos más perjudiciales, siempre que les paguen por sus “trabajos”. Los Zobop por su parte, son agrupaciones de estos brujos, casi delictivas, reunidas para sumar poderes y cubrir sus fechorías mutuamente.

De esta manera, el enjuto brujo haitiano, bajito y esquelético, ya había recopilado todo lo que requería para el cometido que le había designado un forastero venido de una aldea lejana del otro extremo de la isla, que respondía al apodo de Narum Elié. Por cierto, que el pago por sus servicios había sido entregado por este forastero de manera sorprendentemente veloz y además, por un monto superior a su tarifa standard. De regreso ya en su oscuro y sucio rancho apestoso a alcohol, hierbas y a carne descompuesta a las afueras de la aldea de Mombin-Crochu, Toussaint colocó sobre la corroída mesa de madera, y por separado, cada manojo de hierbas recogidas durante ese anochecer. Luego, se dirigió a la humilde despensa y recogió los frasquitos de vidrio que contenían los temibles venenos naturales que había adquirido esa mañana.

Sin embargo, todo ese esfuerzo se vería reducido a un trabajo chapucero si Toussaint no hubiera comprado en el mercado de la aldea, un hermoso pero letal Pez Globo caribeño, el cual es capaz de producir la toxina natural más mortífera jamás conocida por el ser humano: la tetradotoxina. Acercándose con sus pasos cansados a su vieja y herrumbrosa nevera, sacó el animal de la misma, lo colocó en una tablita de madera, y con maestría, aprendida de su maestro bokó durante largas veladas despierto, cortó sus órganos sexuales, bilis y vísceras, lugares donde se almacena todo el poder asesino de esta toxina. Una vez que hubo extraído la dosis necesaria, Toussaint machacó con una piedra todas las yerbas y agregó rociada la tetradotoxina.

Colocando el fino polvillo blanco en un cuenco, ya tenía la primera parte del trabajo listo. A continuación, se dirigió a un cobertizo anexo a su rancho y comenzó a cavar en la tierra un profundo hoyo. Mientras le infligía estas heridas al suelo de la montaña donde moraba, bebía unos tragos de su anís isleño, a la par que lo escupía sobre el hueco. Tras finalizar mediante suaves pero constantes golpes de pala, se cambió la ropa y se vistió con sus galas de bokó: su sombrero de paja que lo identificaba como un Houngan, o brujo de la magia blanca haitiana y su chaleco típico que venía a complementar el atuendo de su fe. Acto seguido, tomando el cuenco con la poderosa mezcla y escondiéndolo en su saco de paja, se encaminó montaña abajo, hacia el centro de Mombin-Crochu, sólo iluminado por la luz de luna. Al cruzar una lúgubre esquina, lo percibió. No recordaba haber llegado nunca tan rápido. Era el bar de Maman Mergena lo que buscaba. Se había citado días atrás con Selvandieu, con la excusa de realizar un negocio con sus cabras. El campesino, oscuro como la noche, ya estaba allí bebiéndose un ron barato.

  • ¡Selvandieu, si ya estás aquí! Discúlpame la demora. He debido sacrificar a una cabra que se me puso enferma – mintió el bokó en su lengua créole.
  • No pasa nada, Toussaint. Me estoy bebiendo un ron delicioso en tu honor – le dijo socarronamente el campesino.

Tragos iban y venían, mientras discutían de animales, cosechas y mujeres. En un determinado momento que Selvandieu debió dirigirse al baño, Toussaint rápido como el rayo, sacó su cuenco y lo vertió íntegro en la bebida del pobre incauto.

  • Pufff, ¡vaya meada que necesitaba! – dijo ya ebrio, mientras apuraba su trago hasta el final.

Irremediablemente en un par de minutos, Selvandieu comenzó a sentirse profundamente mal y antes de que ya no pudiera valerse por sí mismo, como un títere con dificultad, se dejó guiar por el bokó montaña arriba. En pocos instantes, y con el tiempo justo hasta llegar al cobertizo del brujo, el pobre negro perdió el conocimiento y se desvaneció por completo en los brazos de Toussaint. La siguiente etapa del embrujo había culminado con éxito.

Toda la maquinaria del Hechizo Zombie Vudú de Toussaint se había puesto a trabajar a favor de sus oscuros propósitos. Resulta que Narum Elié y Selvandieu tenían unas cuentas pendientes desde hacía aproximadamente una década, cuando este último sedujo a la prometida de Narum. Nunca se produjo la reconciliación y ahora éste venía a cobrarle sobradamente lo que Selvandieu le había arrancado. Conocida entre los afectos al Vuduismo la fama como bokó de Toussaint, Narum había recorrido media isla para ir en su búsqueda. Le había encargado realizarle a su enemigo el peor de los castigos vivientes: el hechizo de zombificación.

Toussaint, colocó sus dedos en las fosas nasales del embrujado y sintiendo su debilísima respiración con maestría, invocó a sus Loas, entidades sobrenaturales del Vudú, principalmente al Baron Samedi, espíritu burlesco de la muerte y los cementerios. Cuando estuvo seguro de la respuesta del espectro, agarró con fuerza el cuerpo del agricultor y con solemnidad lo colocó en la fosa que había cavado. Luego, con bruscos golpes de pala, cánticos al Baron y escupitajos de ron, el trabajo quedó sellado.

Cuarenta y ocho horas después, tras los numerosos cantos de los gallos silvestres que poblaban estas zonas rurales de Haití, el hechicero se despertó como de costumbre. Se colocó su sombrero de paja típico y otras ropas limpias de bokó. No quería levantar sospechas en la autoridad, si bien, su fama era de sobra conocida y no sería ni la primera ni la última vez que practicaría este rito de “ambas manos”. Un instante después llegaría Narum Elié, quien tenía que certificar, como es lógico, que el encargo hubiera dado los frutos deseados. El sabor de la venganza le estaba carcomiendo las vísceras. Luego de intercambiar saludos y de encomendarse a sus loas, Toussaint lo guió hasta el cobertizo. En la tierra pelada, encima del montículo que señalaba el brujo, podía distinguirse una cruz blanca clavada, junto a un sombrero, un habano y una botella de ron, pistas indiscutibles de la presencia nocturna del Baron Samedi.

El conjuro sería llevado a cabo esa mañana. Ambos hombres cogieron sendas palas y tratando de no golpear al cadáver, lo desenterraron por completo y lo sacaron del foso. El bokó comprobó la débil respiración de la víctima y midió su pulso ¡Selvandieu aún se encontraba completamente vivo!

Demandándole su correspondiente autorización al Baron Samedi, señor de los muertos, para “resucitar” al campesino, Toussaint logró reavivarlo en poco tiempo. Abriendo los ojos, éste mostraba una expresión completamente perdida, uno ojos sin vida. Con rapidez, saltó a los anaqueles y buscó los frasquitos con escopolamina y atropina y mezclándolos como una pasta amorfa blanquecina, se la dio con total facilidad al revivido.

Estos potentes alcaloides afectan de gran manera al cerebro y al sistema nervioso, y aunado al terrible coctel que Toussaint le había suministrado tan sólo unas 48 horas antes, Selvandieu había sufrido un daño irreparable de por vida. El Baron Samedi, a través de la magia negra del bokó había engendrado un nuevo zombie para la nación caribeña. Narum saltaba de alegría. Profirió terribles insultos y vejaciones al pobre campesino, que sólo atinaba a emitir unas voces nasales de ultratumba, la mirada blancuzca errante.

  • Haga lo que haga, jamás debe de probar la sal. Un alimento salado para tu Zombie y puedes despedirte del mundo – le advirtió el brujo.
  • Comprendido maestro, este infeliz ahora sabrá lo que es bueno – respondió el iracundo hombre.

El destino de Selvandieu acababa de ser sellado por el resto de su miserable vida. El causante del horrible flagelo que padecería, había decidido ya su suerte: poseía una extensa plantación de caña de azúcar y utilizaría a su enemigo como esclavo hasta el fin de su vida. Y sin jamás poder rebelarse.

El bokó le había fabricado un esclavo perfecto: un enemigo que trabajaría sin cansancio, sin quejas, con la mirada perdida, sin apenas poder articular palabra y sin pedirle nada a cambio. Agarrándolo por un brazo lo metió en su jeep y se lo llevó montaña abajo, a su pueblo, a trabajar durante años completamente narcotizado y con el sistema nervioso permanentemente hecho añicos.

Toussaint, bebiéndose un trago puro de ron, realizó sus oraciones a los loas y agradeciéndoles por haber acabado con éxito un nuevo embrujo zombie vudú, se dirigió a la selva a por más semillas tóxicas. Esta noche tenía reunión de Zobop y no quería llegar tarde. Un nuevo día tenían por delante todos los habitantes de esa hermosa isla caribeña que los criollos llaman Ayiti.

“De Javier Montes de Oca”

Barbas Ortodoxas por Javier Montes de Oca

Monjes ortodoxos de Esfigmenu lanzan molotovs a los agentes de la policía griega

Teodoreto había servido en el ejército griego antes de ordenarse y contaba con suficientes conocimientos para regir la defensa a un asedio policial.

Teodoreto se despertó temprano aquel día. Como siempre, se puso de rodillas y oró un buen rato, esta vez meditando sobre la dura lucha que le estaba asignada.  Se acicaló la larga barba, se colocó sus hábitos y se encasquetó las gafas lo más hondo que su aguileña nariz le permitía. Luego, cerrando su Biblia con sumo cuidado se dirigió al comedor comunal donde algunos de sus hermanos monjes le esperaban ya, a la par que otros apenas se estaban levantando.

El anacoreta griego, conocido por sus ideas radicales, pertenecía junto con el resto de la comunidad a una secta vetada por la Iglesia Ortodoxa, precisamente por su fundamentalismo: Esfigmenu. Teodoreto y los casi cien sacerdotes ortodoxos habitan este monasterio enclavado en una pequeña península al norte de Grecia, llamada Ayion Oros y que cuenta con ciertos privilegios y cierta autonomía del gobierno heleno. Más bien como una especie de Ciudad Vaticana ortodoxa. El problema radica aquí: en que son considerados herejes por Bartolomeo I, el Patriarca de Constantinopla y máxima figura en el mundo ortodoxo griego, entre otras cosas por no seguir fomentando la enemistad que viene desde el siglo XI con la Iglesia Católica romana.

Pero a Teodoreto le da exactamente igual lo que piense Bartomoleo I de sus dogmas y de sus métodos, ellos no están dispuestos a recular ni un ápice. Ni siquiera, lo han hecho desde que el gran Patriarca dictara hace once años una orden de desalojo del Monasterio de Esfigmenu, para ser reemplazados por alguna otra orden sumisa al viejo turco entreguista. No, eso no lo permitiría. Primero, tendrían que sacarlos muertos de allí, antes que entregarse ni a las órdenes del viejo, ni a las del gobierno griego. Ni a las de nadie. ¡Y que no se le ocurriera a ninguna mujer horadar el suelo sacro de Esfigmenu o sería linchada a palazos y pedradas!

Sí, desayunaron como habitualmente. Al finalizar, Teodoreto les pidió a todos los miembros de la arcaica comunidad que no se levantaran porque tenía que comunicarles las acciones del día. Con una arenga más subida de tono de lo habitual, de pie, casi rojo de la furia, el monje cincuentón, soltando escupitajos de rabia, juró ante su helénico Dios que la amenaza que le habían comunicado sobre el desalojo policial, sería repelida aguerridamente, hasta lanzándole los pesados iconos sagrados a los infieles, si fuera necesario.

Después de mandar a preparar la defensa con la mayor cantidad de objetos contundentes, barricadas y luego de explicarles a sus monjes cómo se preparaba un cocktail molotov, Teodoreto quien había servido en el ejército griego antes de ordenarse y contaba con suficientes conocimientos para regir una pequeña defensa a un asedio policial, se retiró a sus aposentos.

A media mañana y con el sol mediterráneo calentando los huesos, se oyeron sirenas de policía en stereo y un golpeteo nervioso en la rústica puerta de madera. Era Melecio, el monje de más alta confianza del fundamentalista Teodoreto, quién lo solicitaba alzando la voz lo más que le era posible sin llegar a gritar. Al regidor de Esfigmenu, le bastaron pocas palabras, para coger una larga vara metálica y salir corriendo dispuesto a partirle el cráneo a cualquier policía que se le atravesara.

Sacando medio cuerpo por el balcón del alto acantilado donde se encontraba el monasterio, vio cómo se estacionaban unas cuantas furgonetas policiales y de él bajaban decenas de policías. Los agentes del orden, confiados en que desalojar a unos pobres y viejos religiosos, no sería excesivamente problemático, apenas contaban con su uniforme y armamento reglamentario.

Los quince minutos que siguieron hasta que la policía logró subir fatigosamente los cientos de pequeños escalones desde la playa hasta la cima del monte donde queda el emplazamiento de Esfigmenu, fue más que suficiente para que la totalidad de los anacoretas se prepararan de tal manera que desalojarlos se convertiría en una cuestión de sudor y sangre.

Se escucharon las presentaciones y formalidades legales del jefe de la operación que anunciaba la consabida desagradable decisión del juez de instrucción griego, a lo cual sólo se escucharon improperios, insultos y amenazas. Tanto mejor que no se les ocurriera a estos perros de la ley hacer ingresar a una mujer en el recinto sagrado o se verían obligados a apedrearla hasta morir.

Dicho lo cual, unos atónitos policías vieron como caía cerca de ellos una bomba molotov, que los hizo cagarse en la madre de todos aquellos fanáticos ortodoxos. Recularon un poco. No conforme con eso, otras tantas llamaradas surcaron la distancia entre el balcón de la abadía y su entrada. Ante esta creciente hostilidad, los cuerpos policiales entendieron que no sería precisamente fácil dialogar con esta gente, que sólo obedecía a sus propios preceptos. Trajeron la tijera hidráulica y rompieron la vieja cadena que sujetaba la puerta, sin embargo al intentar entrar se encontraron con una barricada de obstáculos de madera y muebles que los monjes habían terminado de colocar.

Mientras los agentes intentaban deshacerse de aquella basura, una lluvia de palos y piedras cayó sobre ellos. Acto seguido Teodoreto alzó la voz y utilizando el eco de las paredes longevas del monasterio les anunció a los policías que ya podían irse por donde vinieron porque no habría ninguna fuerza del orden público que lograra sacarlos vivos de allí.

El jefe de la operación se lo planteó de nuevo. Miró a sus hombres desprotegidos y para colmo, poco moralizados debido a los fuertes recortes de austeridad por los que atraviesa el país heleno. Dio un profundo suspiro y oteó la estrecha bahía que abrazaba al Mar Egeo y mientras lo comunicaba por radio a sus superiores, otra andanada de madera, piedra, tablas y viejos objetos contundentes almacenados por años en alguna vieja alacena monacal, cayó sobre él y sus hombres. Sólo alcanzaban a ver anchas mangas negras, manos nudosas con grandes anillos y una que otra barba entre blancas y grisáceas.

Por fin dio la orden. Retrocedieron agradecidos. Y es que no se puede intentar desalojar de su hogar centenario a un ejército de viejos fanáticos fundamentalistas sólo con una orden y un franco poder de negociación. Por esta vez, Teodoreto y su ortodoxo Dios lo habían logrado. Pero los monjes sabían que no podrían resistir hasta la Eternidad, sin embargo, de Esfigmenu no saldrían vivos. De eso, ya habían realizado los votos.

“De Javier Montes de Oca”

Paseos por Javier Montes de Oca

Paseos-relato-ficcion-Raval

Sólo me restaba el olfato para guiarme por aquellos pútridos lugares, evitando el tufo a sudor y a alcohol que reinaba en aquellos festivos agujeros.

Se desliza mi sombra por un recoveco ansioso de la bulliciosa ciudad. Es sábado por la noche y los grupos que van como noctámbulos están de farra. Tantos seres que se mueven como por inercia, perdidos, el alcohol y quien sabe que otras sustancias circulando con desmesura por sus torrentes.

Los observo, tan ausente, tan ido. Se divierten, o al menos, eso aparentan. El clima benévolo lo favorece y los grados de alcohol también. Yo entretanto ya me he escurrido por callejuelas, y las suelas de mis zapatos viejos han pisado, sin querer, el orine. Laberíntico barrio que debo de atravesar, sin saber ni por qué. Alguien me lo ordena y yo no le quiero obedecer, pero igual continúo. Vecinos que entran a sus humildes casas. Parejitas que van queriéndose, quizás sólo por esa noche. Europeas del norte desatadas, aprovechando las que quizás sean sus únicas vacaciones del año, perdiendo cualquier tapujo que ocasionalmente pudieran tener en sus nórdicas latitudes. Es más lo que reflexiono y analizo que lo que observo. Me limito a otear a los transeúntes con el rabillo de un ojo aprensivo y luego, sólo luego, comienzo a armar conjeturas en mi interior.

Pese a ello, mi paso firme no se amilana, bordea los umbrales de los edificios, plazas y callejuelas rumbo al lugar intangible que siempre quise. El alma no se lo plantea dos veces antes de desbordarse, de verter su cálido contenido hacia el frío exterior. Eructa como un cúmulo de energía repleta y llena esas calles centenarias del centro con sus colores, sus matices, sus irradiaciones. Creo que estoy a punto, poco a poco se me nubla la vista y ya no reconozco más los rostros multiétnicos que se me cruzan.

A pesar de que sé que estoy desfalleciendo, un gozo me va brotando de los poros, formando una película invisible a los demás, pero que corroboro con toda seguridad que allí está, pegajosa a mi vieja piel. ¿Será que soy ahora como una serpiente que muta su pellejo en pleno arrabal por una magnífica nueva piel iridiscente? Esto es surreal, recuerdo haber pensado.

Ya no me quedaba más por hacer, pero por un instinto animal, saqué una pequeña botellita de agua de mi bolsillo y me la llevé a mis labios febriles, agrietados. Bebí de ella, esperando quizás recomponerme hasta llegar a un sitio más digno. Nada. Ya estaba casi ciego y sordo. Sólo me restaba el olfato para guiarme por aquellos pútridos lugares, evitando el tufo a sudor y a alcohol que reinaba en aquellos festivos agujeros. Justo cuando pensé que me recuperaba de alguna manera, el alivio llegó efectivamente, pero en forma de vahído fulminante, definitivo. Sentí como mi cuerpo pesado golpeaba sin dolor el pavimento y cientos de colores emanaban de mi cuerpo entremezclándose en el éter reconstruyendo mi silueta justo encima de lo que segundos atrás, había sido yo.

Ya con tantos colores y a la vez tan invisibles, elevándome unos cuantos metros, observé a aquellos transeúntes fiesteros deteniendo su juerga para ensayar una perfectamente inútil reanimación de mi ahora cascarón inerte en aquel barrio infecto. Yo, aliviado, reí hasta el cansancio, a sabiendas de que nada de lo que hicieran podría devolverme a ese injusto e incomprensible mundo de mierda.

“De Javier Montes de Oca”

Dos rastafaris entre toneladas de poliuretano por Javier Montes de Oca

Relato-Rastas-Fallas-Valencia

Ambos músicos africanos rastafaris, se encontraban por primera vez en la ciudad de Valencia para un concierto de reggae en el marco de las espectaculares fiestas levantinas, que se celebran año tras año, en el tercer mes.

La artista plástica francesa especializada en videos y en todo lo audiovisual, Pauline Bastard se dedica a recoger con una bolsa todos los objetos particulares que consigue por la calle. Suele pillar entre 6 y 10 objetos que le den mucha rabia. Luego, como la redacción no es su fuerte, confiesa, coloca un anuncio buscando un redactor que le arme un relato de ficción, utilizando sí o sí, los objetos que Pauline ha recogido en su camino. De esta manera, fue como la conocí y cómo enviándome una foto con todos los objetos juntos que ella había decidido sacar de las calles, me pidió que le armara un relato interesante. Me ha dicho, que a continuación efectuará algún tipo de performance con él, en alguna de sus dos galerías, ubicadas en Zurich y Paris. Primero que nada, quiero dejarles la URL de su página web: http://www.paulinebastard.com/ …luego, miren qué fue lo que me salió con sus objetos:

– ¡Hey rasta, mira que grande está esa! – dijo Gebre, meneando sus gruesos dreadlocks al viento. ¡Debe de medir por lo menos siete metros de alto! – mientras señalaba con sus nudosos dedos la enorme Falla valenciana que mostraba unos ninots más eróticos que de costumbre.

– Yes I, rasta, ésta sí que es la más alta que hayamos visto – respondió Gerum, más delgado que su coterráneo etíope.

Ambos músicos africanos rastafaris, se encontraban por primera vez en la ciudad de Valencia para un concierto de reggae en el marco de las espectaculares fiestas levantinas, que se celebran año tras año, en el tercer mes.

Gebre iba vestido con un traje de algodón de manga larga y pantalón de pana ancho, con los colores de la bandera de su país y una cinta tejida que enmarcaba las trenzas gruesas como raíces de un árbol tropical. Era fornido y había aprendido a tocar todo tipo de percusión desde muy pequeño en su rudimentario pueblo. Reuniendo todo el dinero que tenía y con ayuda de su familia, había logrado embarcarse para Londres, donde consiguió que un viejo jamaiquino le diera clases formales de percusión caribeña. Unos años después, había conocido en un restaurant keniata a Gerum, más joven que él y que tocaba el bajo como un salvaje. Habían empezado a ensayar y el dueto rítmico se les daba muy bien. Finalmente, acudieron en el barrio de Brixton al concierto de “The Mystics” y enamorándose del sonido típicamente roots de la agrupación, decidieron probar suerte acudiendo a sus ensayos. “The Mystics” no tardarían mucho en enrolar nuevo bajista y nuevo percusionista.

Como la presentación sería esa misma noche, tenían todo el día para recorrer la mayor cantidad de esas enormes esculturas de poliestireno expandido, poliuretano y cartón piedra que los Casals Fallers “plantan” en cada calle de la ciudad durante unos 5 días aproximadamente y que son verdaderas representaciones artísticas y satíricas del quehacer diario y político del valenciano y del español en general.

Con la primavera recién entrando, el clima festivo de la ciudad desbordaba pletórico y radiante, por lo que el bajista y el percusionista de “The Mystics” estaban alegres mientras fumaban su hierba sagrada. Mientras Gebre intentaba ligar con las chicas valencianas y con las turistas utilizando su típica pose de conquista, Gerum, en pantalones cortos y sandalias de cuero, creyente rastafariano, divisó a los pies de una de las Fallas en el carrer de Na Jordana, un papelito con la imagen de una gota de agua cayendo en un charquillo, la cual recogió del suelo y mirándola fijamente se dio cuenta que no era más que un ticket para una sangría en el bar de “La Claca”, que aprovechaba el “boom fallero” para promocionar sus estupendos y refrescantes cócteles. Cómo ya estaba empezando a hacer una pizca de calor, lo guardó en una mochila tricolor que llevaba a la espalda para pasar por allí más tarde.

Después de tanto caminar, les atacó el hambre vorazmente y decidieron entrar a un pequeño restaurant, que sin embargo, estaba repleto de viajeros y de falleros con sus trajes típicos. Gerum y Gebre, se pidieron unos arroces a la marinera que les parecieron tan estupendos que hasta dudaron de si no sería mejor quedarse a vivir en Valencia. De hecho, de lo delicioso que estaba, a Gebre que nunca ha sabido medir sus fuerzas (por algo es el percusionista del grupo) se le desprendió el mango de la olla en la que le habían servido el arroz.

–       ¡Oye rasta, mira lo que has hecho! – le espetó Gerum en su lengua amárica tradicional – ¡Te has cargado la olla!¡Espero que no quieran venir a cobrárnosla!

Con una risa nerviosa mostrando un diente de platino, el africano se avergonzó y la escondió tras la pata de la mesa. Después de pagar la cuenta y de dar gracias a Jah porque la camarera no se percató del estado en el que quedó la olla, los chicos salieron y mientras liaban un cigarro con su cogollo favorito, Gerum tropezó con una planta artificial, arrancándole sin querer una de sus hojas que cayó como un plátano maduro al suelo. Para disimular el incidente, el chico la pateó suavemente detrás de la maceta, escondiéndola de las miradas indiscretas.

Apurando el paso, porque ya eran más de las 3 de la tarde y les faltaban muchas Fallas por ver, llegaron a la de Convento de Jerusalén y mientras se ajustaban sus oscuras gafas de sol, Gebre recibió un extraño impacto en su cabeza. Dándose media vuelta y masajeándose el adolorido cuero cabelludo se percató de que el proyectil había sido nada más y nada menos que un pincel de maquillaje que probablemente alguna niña malcriada le había arrojado con picaresca voluntad. Analizándolo bien, se percató de que el pincel era bastante antiguo, una reliquia sacada de un cofre de la abuela. Era de nácar (por eso el golpe seco) y las cerdas eran bastante rústicas. Además, ponía en pequeñísimas letras doradas “Hecho a mano en la Comunidad Valenciana), por lo que decidió guardarlo para su amada novia, Abeba.   – Qué bueno, ya tengo el regalo solucionado – pensó en voz alta Gebre. Por ende, procedió a guardarlo en su mochila con el parche de Haile Selassie I.

Sin darle mayor importancia de buscar a la presunta responsable del atentado, ya que al fin y al cabo, durante Las Fallas siempre se corre el riesgo de ser alcanzado por algún resto de Masclet que haya caído del cielo después de haber sido detonado, ambos chicos admiraron la delicadeza y la sutileza con la cual estos verdaderos artistas habían construido esta Falla en justificada crítica al gobierno del Partido Popular que preside Mariano Rajoy y a sus numerosos escándalos de corrupción en la Comunitat Valenciana.

Al cabo de un rato de relax, en el que los chicos se sentaron en un banquillo para estudiar el mapa de València y así observar, dónde se encontraban plantadas las Fallas que les faltaban por ver, les pasó por enfrente una adolescente de unos 14 años aproximadamente, completamente desconsolada y llorando. La chica tenía el traje típico de fallera con sus grandes moños circulares a los lados y a pesar de que se veía muy bien, estaba haciendo un espectáculo deplorable. Cuando una señora mayor se acercó a preguntarle qué le había pasado, resultó que no había podido maquillarse y por lo tanto la habían dejado por fuera del desfile para ofrendarle las flores a la Virgen de los Desamparados.

La señora que no tenía consigo un pincel de maquillaje, fue a preguntarle a todos los que estaban presentes en el lugar y al traducirle al francés a los rastas que era lo que acontecía, Gebre recordó que en su mochila había guardado el proyectil que había impactado su cabeza minutos antes. La señora, impresionada, le dio las gracias al chico de los dreadlocks y fue a arreglar a la adolescente valenciana que ya había recuperado un poco su semblante. Al rato, los músicos se levantaron y siguieron su camino, olvidando aquel fortuito pincel en las expertas manos de la anciana. Abeba tendría que conformarse con algún otro regalo.

Al deleitarse bebiendo una horchata de chufa, mientras intentaban dilucidar como incluir el maravilloso sonido de la dolçaina, esa pequeña flauta folklórica que acompaña a muchas de las tradiciones en el Mediterráneo español a su banda de reggae, un chiquillo rubio y muy blanco de unos 6 años de edad se le acercó voluntariosamente a Gerum. Admirando su cabellera enrevesada y quizás deleitado por su tricromía al vestir, le obsequió con un pequeño tornillo que quizás hubiera extraído de uno de sus juguetes. El fornido chico africano, oscuro como el ébano, le dio las gracias en francés al chicuelo y le acarició el cabello, todo bajo la hermosa sonrisa de su madre y depositó el regalo en su mochila.

Sin embargo, mientras ejecutaba esta acción, la pierna de uno de los ninots que representaba a la nunca bien ponderada Belén Esteban, se desprendió y cayó al suelo. Uno de los técnicos responsables de esta Falla, corrió con toda su fuerza, para que no pasara a mayores este incidente con la estructura del monumento. Gebre y Gerum que estaban allí mismo, corrieron igualmente a socorrer al pobre y delgaducho técnico.

–       ¡Es que me he dado cuenta que le falta un tornillo!¡Se le acaba de caer! – dijo en castellano lo más lento que pudo el chico a los africanos.

Por suerte, estaba en el sitio un turista belga que hablaba castellano y les pudo traducir lo que el técnico les decía a la lengua de Voltaire. De esta manera, fue como Gerum comprendió como un flash todo lo que había sucedido y logró dibujarle al pequeño niño en su mente unos cuernitos de diablo. A continuación, y sosteniendo entre los tres la Falla, el etíope abrió su mochila y le devolvió al técnico el tornillo faltante, jurándole que no había sido el culpable.

Solventado el incidente, pasaron a la siguiente Falla, aunque ya más pendientes de la hora, puesto que debían de regresar pronto al hotel para prepararse para el concierto, en los alrededores del céntrico Carrer de Sueca, y justo cuando quedaba extasiado con la belleza de una de las chicas presentes, Gebre reparó en un disfraz que tenía una chica, que estaba compuesto todo por una especie de ovillos negros de cuero envueltos como si fueran un croissant. Pensó que no estaban ni en carnavales ni en Halloween, que no había motivo alguno por el cual disfrazarse.

Sin embargo, había algo en ese disfraz que lo atraía y no lograba recordar qué sería. Enfocando aún más su mirada en la chica que no dejaba de contornearse con su extraño atuendo, Gebre logró asociarlo con un traje típico de algunas celebraciones de su etnia materna, los Nyangatom de Etiopía, el cual originariamente está fabricado con lana de carnero negro de la región. Al acercársele decididamente a la chica, resultó que era una irlandesa aún trasnochada por el día de Saint Patrick celebrado la víspera y que ese traje lo había realizado para su examen final de Diseño de Moda.

Gebre con un tanto de nostalgia de su tierra, eso que los portugueses llaman saudade, le explicó a la chica de Dublin, porqué su traje le resultaba tan querido, y ella, que aún seguía un poco embriagada, con lágrimas en los ojos se lo cedió, a lo que el africano dándole un gran abrazo y un caluroso beso, se lo colocó, quedándole eso sí, un tanto ceñido a su macizo cuerpo. Cuando Gerum, más europeizado por haber llegado a Londres desde chico, observó que su compañero de grupo se había convertido en un carnero negro rasta, no pudo menos que desternillarse de risa y hasta derramó la cerveza que había recién comprado. La dublinesa, por su parte, bajó a pasar la resaca bajo un naranjal en el Parque del Túria.

La Falla de Sueca, este año, representaba un gigantesco avión, que estaba abordado precisamente por todos los políticos envueltos en escándalos de corrupción, así como por otros artistas de televisión y de la farándula rosa.

– Mira Gebre, a esta gente corrupta de Babylon, los valencianos le dieron Fyah Burnin’- recalcó riendo el esbelto Gerum. A lo que su compatriota asintió, encendiendo un joint de su hierba tradicional. Casual o intencionadamente, había un chico en un piso justo encima de la Falla, arrojando innumerables aviones de papel al público. Algunos, rebotaban sobre el monumento de poliuretano y luego iban a caer a los pies de los asistentes dibujando una espiral imposible. A Gebre le cayó uno sobre sus llamativos calzados y lo recogió, casi sin mirarlo, metiéndolo a la mochila. – Otro recuerdo más, rasta – expresó con languidez.

Hacia las seis de la tarde, extenuados ya, decidieron ir al hotel para prepararse para su presentación. Pero en el camino al hotel vieron a unos artistas plásticos en la calle que estaban realizando una especie de imitación popular de una Falla, con material reciclable. Los chicos tenían puesto un reproductor con música reggae por lo que evidentemente los africanos se acercaron a invitarlos a la presentación de la noche. Su sorpresa fue grande al percatarse de que justamente este monumento era alusivo a una banda de reggae, por lo que los chicos no vieron impedimento en quedarse un rato dándoles una mano a los artistas. Pero entre que Gerum intentaba ligar con varias de las mujeres del colectivo de artistas y que cervezas iban y porros venían, se les pasó la hora y por poco pierden el concierto. De hecho, perdieron la prueba de sonido y tan sólo llegaron un par de minutos antes del comienzo del toque. Por supuesto, el resto de la banda los sermoneó con vehemencia. Gebre y Gerum, no tuvieron más que escuchar con humildad y estoicismo el regaño y pedir perdón numerosamente, mientras saboreaban una bebida a base de taurina y cafeína, para recuperar el aliento.

Ya por la noche y en el repleto club de reggae y música caribeña de la ciudad levantina llamado “Juanita”, amenizado por el vaivén de la cerveza y del kalimotxo, los chicos del “The Mystics” se subieron a la tarima para tocar su easy skanking, sin embargo, debido a todas las sustancias que había consumido en el día, Gebre trastabilló con el cordón de su zapato negro, y fue a dar al suelo tumbando varios instrumentos y micrófonos. Siendo ayudado por los técnicos de sonido del escenario, fue levantado del suelo y verificando que no se hubiera hecho ningún daño, corrió directo a sus djembés y a sus bongos, para ir calentando al público. El resto de la banda, conformada por brillantes músicos senegaleses, marfileños y cameruneses se incorporaron y desataron la furia con sus relajantes vibraciones místicas y pronto llenaron el local hasta abarrotar.

A partir de esa particular jornada, “The Mystics” jamás dejó de asistir año tras año a Las Fallas valencianas y se convirtió en parada obligatoria de esta joven agrupación africana de reggae. Gebre y Gerum, por su parte, debido al éxito y al recuerdo conservaron en una cajita verde, amarilla y roja, varios de los raros objetos que habían recopilado en ese extraño viaje, para posteriormente regalárselos a una agraciada chica francesa que conocerían en un concierto en Rennes, años más tarde.

Javier Montes de Oca Rodríguez

Un vagón entre Sant Jordi y la Virgen de Coromoto por Javier Montes de Oca

Tengo una conexión con el transporte público. Hace años que no conduzco, porque detesto los coches sincrónicos. Si todos fueran automáticos, otro gallo cantaría. Sin embargo, no existe nada como el Metro. Además es una puerta a lo desconocido. Cuando llego a una ciudad y lo tomo, es ese subterráneo que como una lombriz, excava tierra a su paso y me arroja hacia una zona de la ciudad que no conozco. Puerta a lo desconocido, precisamente.

Además en el Metro de Barcelona, suceden cosas. No sé bien aún qué sortilegio de conexión tiene con el Metro de mi ciudad natal. Pero, desde que vivo en Barcelona hace tres años, he salido de pronto, misteriosamente, por alguna estación del Metro de Caracas. ¡Sí, en Venezuela! Recuerdo, la primera vez, entré por la Línea 1 en Clot como de costumbre. Había un puesto vacío, a las seis de la tarde un viernes. Nada extraño, se escuchó el pitido que marca las estaciones. Glòries, primero. Marina, después y para rematar Arc de Triomf. Bajaba en Urquinaona, justamente tenía que gerenciar algo en el consulado de Venezuela, ubicado en Plaça Urquinaona.

Voy con mi bufanda, mi gorro y mis chaquetas por la escalera mecánica cuando empiezo a no creer nada de lo que se me atraviesa. Comienzo a sentir un olor que me es conocido, aunque lejano, a sentir en la piel un efecto que hacía años que no sentía. ¿Qué ocurre?

Camino lentamente y en el vestíbulo de la estación comienzo a ver personas más morenas de piel, ni una sola chaqueta, bufandas mucho menos. De repente, todo el mundo se ha metamorfoseado. Me pasa al lado una chica bellísima hablando por móvil: ¿Mi amor, me oíste lo que te dije ahorita? Todo, en un excelso acento caribeño que me era tan conocido, que me pertenecía tanto. Pensé: ¡Cómo hay venezolanos en Barcelona! Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo! Tenía que soñar. Salí y no supe cómo, porque habían cambiado los torniquetes y ni siquiera lo habían anunciado. ¡Qué descuido y eso que acaban de aumentar las tarifas!

Me dirijo al operario de turno y qué sorpresa al verlo algo bajo, con un mostacho a lo Pancho Villa y bastante moreno de tez. Le explico la situación y sin entenderme nada, dice:

─ Pasa por ahí mijito, y no vuelvas a perder el ticket, ¿ok? –con aquel dejo característico del Mar Caribe.

Atónito le agradecí en su mismo acento y pasé por la puerta que había entreabierta. Y ¿cuál no sería mi sorpresa al leer que en la estación no ponía Urquinaona sino La Hoyada?

Subí la escalera y de repente me sumergí en la caótica urbanidad de Caracas, la otrora “Sucursal del Cielo”. No podía ser verdad, pero el olor a comida venezolana y el sonido típico de las bocinas de los coches y el acento de los transeúntes, no podía dejar pie a dudas. ¿Sería la estación de Urquinaona un portal a la céntrica estación La Hoyada de Caracas? Podía averiguarlo. Corrí de nuevo a la estación y compré un billete en moneda local que me apañé para conseguir con trucos de baqueano.

Entré apresurado a los vagones del Metro de Caracas y sin hacer caso de en qué dirección iba tomé el primero, me bajé en Bellas Artes y esperé al siguiente en el sentido contrario. Al llegar, descendí en La Hoyada, subí las escaleras trotando y de repente una fuerte corriente de aire frío me daba en el pecho. ¡Hostia! Había dejado la bufanda en Caracas. Me constiparía con el aire de la Barcelona primaveral.

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Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo!

Infancia por Javier Montes de Oca

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Se turnaban el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas y le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso.

Recuerdo cuando era un niño la casa de mi abuela. Aquella enorme mansión en un prado alejada de la ciudad era mi mundo infantil por excelencia. Soñaba todos los meses nuestra habitual visita a este recodo de la región plagada por pinares, olmos, hayas y demás árboles que desde mi óptica infantil era el receptáculo de seres maravillosos que sólo salían por las noches y a la vuelta del sol se refugiaban corriendo cada uno, en su venerable árbol.

Al descender del vehículo, corría a abrazar al perro y a los gatos de mi abuela, y luego darle el respectivo beso, yéndome con ansias a sentar en el sillón para esperar sus galletas y su té, únicos en la región. Al terminar mi suculenta bebida aromática, dejaba a los adultos inmersos en sus divagaciones que luego con el tiempo entendí que transcurrían a veces entre filosofía y política, pero la mayoría del tiempo, esoterismo. Mi abuela, casada desde hace años con un viejito canadiense que había peleado no sé cuántas guerras por su nórdico país, tenía este caserón que realmente se le quedaba grande a ellos dos y a sus animales. Por lo tanto, con mi curiosidad infantil de explorador, que pienso que aún hoy conservo, salía a registrar todos los pasillos, cuartos oscuros, gabinetes, alacenas y demás compartimientos extraños de la fría casa. Además, siempre había algún tipo de esencia flotando en el ambiente. Ora era sándalo, ora era vainilla, ora era musgo, pero siempre algo penetraba embriagadoramente por mis fosas nasales.

A veces, en mis correrías por la casa, abría de sopetón una habitación y me encontraba acurrucado en su sillón al bonachón de Irwing, el viejito esposo de mi abuela, que sonreía mientras fumaba su pipa y hundía la cabeza en un pesado tomo de no sé cuál libro. Me miraba y en su nunca perfecto castellano, me preguntaba:

─ Amiguito, ¿cómo estás? ¿Vienes a por más historias en la “Casa Fantástica de tu abuela”?

Yo asentía sin más y cuando Irwing se sumergía de nuevo plácidamente en sus amarillentas páginas, yo salía de nuevo al trote armado con una linterna y un casco de explorador. Previamente, en el camino a la casa, mi papá me había dado una hoja de papel y un color con el que yo, de memoria, diseñaba el plano de la vieja casa, cuarto por cuarto y pasillo por pasillo. A continuación, con otro color, dibujaba los seres y monstruos que solían habitar en cada uno de ellos. Si bien es cierto que a veces se turnaban, y el dragón con su mal humor y sus escamas pegajosas le cedía el dormitorio al grifo alado o al cancerbero baboso. Después de aventurarme valientemente en cada uno de los receptáculos de esa casa y afrontar todos los peligros que se me ponían enfrente, si bien generalmente no había problemas, porque ya todos allí me conocían de sobra, bajaba al patio. Se trataba de un enorme jardín en pronunciada pendiente con un sendero de piedras cavado y enmarcado a manera de camino Inka que descendía hasta los confines del Hades.

Ya con mis ocho años me devoraba todos los libros que mis padres me compraban sin más. Tenía los de mitología, los de terror, los de fábulas, los de aventura. Justamente por aquella época estaba muy aficionado a Jules Verne y a Emilio Salgari. Así que con mi máquina detectora de monstruos me adentraba en las profundidades olorosas de aquel jardín tan bien cuidado por Irwing y por mi abuela. Me ocultaba atrás de las columnas de la casa, para evitar la malicia del duende trágico, luego avanzaba de puntillas hasta el limonero con sus enormes citrones que colgaban amarillentos y que yo asociaba con provisiones que recoger para el resto del tortuoso camino. A menudo, mi abuela me reprendía por arrancarle los limones antes de tiempo. Pero a mí no me importaba. Sólo quería poder seguir enfrentando a los monstruos del camino, que cada vez iban perdiendo su fuerza y su corpulencia.

Al cumplir los nueve años, cada vez bajaba menos al Hades ya que una pequeña esférica de cuero me mantenía más tiempo ocupado y eso sí, más alejado de mi abuela, que no de sus estupendas galletas y de sus magníficas infusiones.

Sin embargo, en los ratos que mis sueños de Alessandro del Piero, Dennis Bergkamp o Zinédine Zidane me dejaban, seguía poniéndome el casco de explorador y sujetando la sofisticada linterna para descender a visitar a aquellas míticas criaturas que aguardaban mi visita, aburridas porque ya casi no iba. Al abrir la primera puerta con sigilo, volvía a encontrarme a Irwing, que me guiñaba un ojo, decía algo incoherente y le daba un pequeño sorbo a su whiskey, para luego cerrarla tras de mí e irme a visitar al elfo que me estaba enseñando a tirar con el arco infalible. Así pasaron cada vez más deprisa las estaciones y al transcurrir aquel otoño y aquel invierno particularmente fríos, ya todo había cambiado. Cuando cumplí mi primera década de vida, ya no creía más en mitología. La televisión, los deberes escolares y sobretodo los deportes, habían atrapado mi vida y cada vez fui menos a aquella épica casa.

Hasta que me enteré que el bueno de Irwing había amanecido un día sin vida en su cama, por lo que mi familia se mudó junto a la abuela por unos días para reconfortarla. A la noche siguiente de estar durmiendo en la casa, bajé nuevamente al inframundo, pero ya todo había cambiado. Ahora sólo eran habitaciones vacías, cada una eran cuatro paredes sin vida, con muchos muebles viejos, escaparates y estanterías. Era apenas el cascarón curtido de lo que solía ser. Eventualmente alguno de los animalitos de la abuela se me atravesaba dándome un pequeño susto inesperado, pero eso era todo. No había nada más. Ya no vivía allí ni el dragón, ni el grifo ni el cancerbero, ni siquiera el arquero elfo.

En otra ocasión, lo intenté con el jardín, pero no había nada, el Camino Inka se había esfumado, y sólo quedaba un sutil recuerdo en mi memoria de aquellas veces que recolectaba provisiones para hacerle frente a las bestias más salvajes y vencerlas gallardamente.

Inesperadamente, así sin más, ya sólo quedaba de esa enorme casa, el cariño de mi ahora triste abuela y de sus perros y gatos, además del gusto en mis papilas de sus exquisitas galletas e infusiones.

Esas pequitas rojizas por Javier Montes de Oca

Buenas amig@s, hoy les subiré el relato que me fue publicado gracias a la gente de la Fundación Imprimátur de Madrid, (http://www.facebook.com/certamen.imprimatur?fref=ts) en el florilegio denominado Relatos Breves 2.0 este año pasado 2012, donde seleccionaron 30 Relatos de Ficción Breve a través de Facebook y 30 más a través de su propio jurado cualificado. Agradezco nuevamente tanto a la Fundación Imprimátur por ese excelso trabajo que hacen con los nóveles autores en lengua castellana como a todas las personas que me dieron una mano, votando por mí en la selección. Bueno aquí les va, este pequeño homenaje a la hermosa tierra bretona que me acogió a finales del 2008 y hasta principios del 2009:

Paso a paso los subo. Pequeños escalones infinitos. Serpenteando como una culebra elevada hacia los cielos grises, nubosos, brumosos. Un escalofrío me recorre la espina dorsal desde los pies, perdiéndose en lo más profundo de mi hipófisis. Tengo miedo, pero intuyo que es sólo una tontería. Obligo a mis glándulas a secretar más adrenalina. Al fin y al cabo es la droga más poderosa que existe. Piso fuerte esos escaloncitos. ¡Qué pegados están uno del otro! ¿Por qué carajo los constructores antiguos pensaban que menos era más? No debo emitir ni el menor ruido. Caerme, gritar o tropezarme echará al trasto mis intenciones.
Debo flagelarme por ser tan ofrecido, tan salido, por querer ser el héroe de la comunidad, todo innecesariamente. ¿Pero qué locura estoy pensando? Si en verdad lo hice por Monique. La hija del síndico con su larga cabellera rojiza y sus ojos grisáceos me traía de cabeza desde hace tiempo. Quizás, ofreciéndome a resolver este misterio, podría tener acceso a ella. Dentro de todo, Monsieur Lafayette, su padre, parece ser una persona lógica y justa y hasta creo que a su madre le caigo bien. ¡Al carajo con esta porquería de misterio! Yo lo que quiero es a Monique.
Bueno, sea, por sus pequitas rojizas sigo avanzando. Debemos de estar rozando los cero grados, quizás dos o tres grados a lo mucho. ¡Qué alta es esta torre! Voy armado con una vieja escopeta, que apenas sabría manipular. Al fin de cuentas, yo soy un poeta, un artista, un bohemio. Detesto las armas, pero adoro a Monique. Ya me veo con ella en la campiña en el próximo verano. Este frío húmedo de la costa me cala los huesos.
Algo pasa golpeándome las botas inesperadamente. Contengo la respiración a duras penas. Alumbro con la tenue lámpara de aceite que traje. Era una rata. Merde, alors! Qué cobarde que soy. ¿Por qué ninguno de esos duros marinos bravucones del pueblo se habrá ofrecido para venir?, ¿Por qué le habrán dejado el trabajo duro a un artista? Y encima el día de su cumpleaños. ¡Tremendo regalito!, ¡Es incoherente! Pero y, ¿qué en este pueblo no lo es?
Sigo subiendo la eterna escalera de caracol. Firme, rocosa, con el salitre incrustado en sus pequeñas hendiduras. Afuera, se escuchan las olas golpeando contra las macizas y aserradas rocas. Otra noche más, cómo desde el confín del tiempo. Mis antepasados celtas la vivieron igual que yo, en sus tiendas de cuero de cabra al calor de sus inmensas hogueras sacras. Se dice que en esta zona proliferaban los druidas. Yo no lo pongo en duda. Monique seguro hubiera sido una walkiria bretona.
Es el faro más alto de toda la costa. Aunque lleva una década sin funcionar. Sus últimos fareros, habían emigrado hacia zonas más prósperas de Bretaña, dónde la pesca y la actividad portuaria había despuntado aún más, siendo sus servicios mejor requeridos. Este faro, sin lugar a dudas, pertenecía ahora a la memoria histórica de los mejores años que vivimos. Mi padre, el bueno de Jean-Luc, hubiera estado orgulloso de mí. Al fin y al cabo él siempre detestó esa pintura y esa absenta mía. Él hubiera preferido que me dedicara a actividades más rudas y varoniles como la de mi hermano, Meriadeg, el herrero del pueblo.
Me apoyo en las paredes y descanso un par de minutos. No he tenido tiempo de pensar en cómo reaccionaré cuando llegue a la cámara de servicio. Aprovecho la breve pausa para cargar la escopeta. No sé si lo haya hecho bien. Al menos, así me explicaron los cazadores del pueblo.
Esta gente es muy supersticiosa. La verdad sea dicha, yo también lo soy. Creo que se debe a la flotante influencia druida que aún puede verse suspendida en la bruma nocturna de estas tierras salvajes de sidra y gaitas. Pero al parecer, el faro lleva seis noches continuas encendiéndose, alumbrando con sus potentes lámparas la escarpada costa bretona. Y nadie le ha visto la cara a ninguno de los antiguos fareros del pueblo, ni han advertido la llegada de desconocidos que pudieran activarlo. ¡Nada! Eso ya tiene bastante molesto a Monsieur Lafayette, que sin embargo, es totalmente incapaz de enviar a un policía a investigarlo. Argumenta, que todos están muy ocupados en estos días con un caso de suma importancia. Al parecer, una niña casi adolescente está desaparecida desde hace días. Le doy la razón, mejor enviarme a mí al faro y, ¡qué me parta un rayo!
Es entonces la séptima noche consecutiva, que ese viejo armatoste lleva encendido. Ésta vez sí, lo he visto con mis propios ojos, me he acercado camuflado en este horrible traje policial, le he dado un trago a mi botellita de absenta e implorando a todas las deidades celtas, he abierto la oxidada puerta con las llaves que me ha dado el padre de Monique. Hace unos días, la vi bailando en el Fest-Noz, estaba que rezumaba belleza con su tocado tradicional blanco.
Creo que casi llego. Respiro hondo. ¿Será algún espíritu del más allá que ha regresado para confundir a los navíos que se aventuran en estas gélidas aguas? ¿Algún ánima del tupido bosque de Brocéliande, cuna de todas las leyendas artúricas? ¡Qué respeto le guardo a ese bosque! Creo que ni aunque me ofrecieran una veintena de Moniques me acercara a esa foresta.
¿O será algún desquiciado reclamando atención que se ha apoderado de nuestro antiguo faro? Un proverbio antiguo reza que es mejor tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. Por eso, llevo esta absurda escopeta. La cámara de servicio. Ya vislumbro la luz que proyecta en los escalones. Arrincono la lámpara en el suelo para no alertar a lo que sea que está poniendo nervioso a la comunidad y especialmente a Monsieur Lafayette. Me decido. Irrumpo con fuerza en la cámara. Grito aterrado, con el ojo en la mirilla. Attention, fils de pute, enculé. Levez vos mains!
El faro me enceguece y se me sale un tiro. Oigo el cristal roto y un gemido de mujer. Bajo el arma, horrorizado me acerco a aquello con ese traje blanco. ¿Será un espectro? No puedo creerlo. La bala pasó rozando la tersa y hermosa piel de Monique. Unos milímetros más y esa fea raspadura que le he dejado en un brazo, hubiera destrozado el mejor regalo de cumpleaños que me hubieran dado en la vida: el regalo de Monsieur y Madame Lafayette. Le doy otro trago a mi botellita de absenta y me pierdo locamente en esas pequitas rojizas.

“De Javier Montes de Oca”

Esta gente es muy supersticiosa. La verdad sea dicha, yo también lo soy. Creo que se debe a la flotante influencia druida que aún puede verse suspendida en la bruma nocturna de estas tierras salvajes de sidra y gaitas.

Por sus pequitas rojizas sigo avanzando. Debemos de estar rozando los cero grados, quizás 2 ó 3 a lo mucho. ¡Qué alta es esta torre! Voy armado con una vieja escopeta, que apenas sé manipular. Al fin de cuentas, yo soy un poeta, un artista, un bohemio.

Unos cuantos sapos para lamer por Javier Montes de Oca

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo.

Tare’ Boh recogió su arpón tradicional, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Había llovido providencialmente y como los dioses mandan aquella madrugada. Tare’ Boh se asomó fuera de la gran choza comunal donde cada mañana la familia polinesia podía observar detenidamente al gran disco de fuego despuntar. Con su complexión delgada y sus pasos ágiles y firmes se acercó cautelosamente al borde del mar, disfrutando con cada bocanada, del aire más puro del planeta. Por supuesto, el único que conocía aquel hombre de una treintena de años, con la piel curtida por el fuerte sol del Pacífico y unos bucles dorados característicos de su bravía raza.

El botuto, ese gran molusco que tiene la responsabilidad de llevar sobre sus inexistentes hombros el arduo peso de ser el sostén de toda esta humilde comunidad polinesia, se encontraba estoicamente bajo la arena, con tan sólo saber dónde buscar, a la espera de ser recogido por unas fuertes manos y aprisionado en una pequeña cesta confeccionada desde hacía siglos de la misma manera por los antepasados de Tare’ Boh.

La arena húmeda aún, por el torrencial diluvio al alba hacía sonreír a este joven polinesio cuyo horizonte terminaba al acabarse este pequeño atolón polinesio. Tare’ Boh recogió su arpón tradicional que había dejado escondido la tarde anterior, al recodo del saliente de una roca, y sin pensarlo dos veces se sumergió en las templadas y mansas aguas en busca de algún botuto que llevarse a la boca.

Lo siguiente que recuerda Tare’ Boh es hallarse en un sombrío espectro, tan oscuro como la Madre Noche que ha sido puntual a su cita desde los orígenes del tiempo. Podía contar con los dedos de una sola mano, las veces que había tenido miedo en su vida. La primera vez que vio al hombre blanco, un neozelandés de aspecto abrumador que ostentaba una raída barba rojiza. La segunda vez, cuando debió enfrentarse a Squa-Lloh, el más grande de los tiburones de vientre blancuzco que había visto en su vida y la noche de bodas, cuando temió verdaderamente fallarle a aquella angelical criatura que le habían asignado por esposa.

Pero ésta vez, era realmente diferente. Esa bruma, pestilente y pegajosa, lo había dejado atontado y mareado. No era capaz de recordar cómo había podido llegarse hasta allí. ¿Sería un malvado hechizo? Tare’ Boh no podía descartar esta explicación. Así que a tientas, en una oscuridad tan terrible como la de su vida anterior no-nata, empezó a tocar esas paredes que se le antojaron corrosivas y babosas. Luego de una hora de andar en círculos, puesto que el espacio era obstinadamente reducido, pateó algo accidentalmente que le provocó un alarido. Su pie se había topado en su pesaroso andar con algo muy sólido y distinto a la materia pastosa que había palpado durante todo aquel tiempo.

Se acercó a aquello y aguzando la vista lo más que pudo durante unos minutos que parecieron centurias, logró entender su forma.  Esto sí que lo conocía. Los hombres blancos lo traían consigo eventualmente para guardar objetos pesados y para pagarles con su contenido al pueblo polinesio. Tare’ Boh no podía recordar bien cómo llamaban a este gran cesto los blancos. Sin embargo, logró configurarse con sus manos y su escasa vista, la forma que tenía y logró abrirlo.

–       ¡Ahhh! – exclamó triunfante. Baúl, ya recordé, baúl.

Así llamaban los blancos a ese cesto pesado de metal que contenía cualquier cosa que se quisiera. Si bien no resultaba tan útil a la hora de transportar botutos. Al abrir el baúl e introducir sus manos, proyectando su alma en aquel acto, encontró otro artilugio de la hechicería blanca, que también había visto ocasionalmente cuando el hombre blanco tenía algún problema con sus canoas y debían quedarse a pasar la noche en su isla, entre ellos. Sin embargo, Tare’ Boh no tenía ni un ápice de idea sobre cómo utilizar ese extraño cilindro, que además estaba enteramente recubierto de aquella sustancia asquerosa que ya hasta le resultaba familiar.

Con sus nudosos dedos comenzó a inspeccionarla de una manera parecida a cuando labraba un arpón para la pesca. Nada, no ocurría nada. De pronto y con un golpe de su dedo pulgar, logró deslizar un saliente del cilindro y se encendió precipitadamente una luz. Tare’ Boh temblando de miedo, recordó que justamente esto era lo que hacía el hombre blanco. Reproducir durante la noche una estela del disco sol a través de este pequeño cilindro. Le volvió el color al cuerpo, si es que esto podía llamarse color y utilizando a su antojo, aquel rayo de sol encerrado, inspeccionó el llamado baúl. Lo que emanó de él sería algo que cambiaría su vida, pensaría posteriormente.

Un magnífico arco iris en veloces espirales, como un pez en el agua, se enroscaba en forma ascendente sobre un haz mayor de luz blanca e iluminó todo el oscuro recinto. Tare’ Boh, no obstante, esta vez no tuvo miedo. No más que aquella primera noche con su mujer en el lecho.

Del arco iris se desprendieron aromas parecidos a los de las flores silvestres y una voz endiosada, pero de dulce tono le dijo en perfecta lengua Sulawesi:

– Tare’ Boh no tengas miedo. Estás en el interior del gran estómago de Balloj, el pez más grande y más sabio que se haya paseado por este océano turquesa. El pez te ha tragado cuando fuiste a pescar esta mañana, mas no te hará ningún daño, puesto que su misión en la tierra es la paz. Este era el único lugar donde se le podía revelar a alguien de espíritu puro, el método más eficaz de salvar a la Humanidad del desastre que se le avecina en unos años. Todavía estás a tiempo. Aguza tus sentidos que te voy a indicar la forma como los dioses desean que se haga. Memoriza cada vocablo que saldrá de mí y luego pídele al primer hombre blanco que visite el atolón que te lleve en su canoa y te ayude a difundir el mensaje.

Tare’ Boh obedeció al fulgor multicolor que se enrollaba como gusanos y echando una furtiva mirada a las paredes del estómago del pez se sentó plácidamente con las piernas cruzadas.

Al terminar aquella melodía y transformar la conciencia del joven polinesio, Balloj el gran pez lo expulsó con fuerza por una de sus agallas, dejando el baúl en sus pegajosas entrañas y deslizándose se nuevo como una gran penumbra que se desvanece hacia las profundidades del Océano Pacífico.

Tare’ Boh durmió esa oscura noche en la orilla del mar, inconsciente, bajo el manto protector de las estrellas, que en estas latitudes australes se manifiestan brillantes como óculos celestes. Cuando despertó nuevamente, tenía a toda su comunidad y familia en su entorno, rodeándolo con sus cabellos amarillos crispados y bendiciéndolo por haber regresado.

Tare’ Boh se repuso de un salto y visiblemente emocionado con lágrimas en los ojos, exclamó que tenía algo que contarles, algo que les haría cambiar su vida y la de los hombres blancos para siempre…

–       Éste…éste…ehmm, no me sale, lo que me dijo aquella voz celestial. Ehmm…arco iris, pez, baúl, botuto, arpón…no, no era eso. ¡Mierda, no puede ser! Creo…creo, creo… que ¡se me olvidó! La luz, saliendo del baúl, dentro del estómago de un gigante pez, me dijo que cambiaría a la Humanidad, que no olvidara ni una palabra, me lo dijo, lo juro, no estoy loco, también juro que no bebí alcohol de palma ni lamí a los sapos de la charca, lo juro. ¡Tengo que recordarme!

Absortos, los hombres con la mano en la frente, los niños con los dedos en la boca y las mujeres con sus ojos fuera de sí unidos en una plegaria por Tare’ Boh, lo contemplaban con lástima, con un sentimiento de amor fraterno, que exasperó aún más al joven pescador.

–       Lo siento, mi gente, lo siento mucho. Pero el método para salvar a la Humanidad se quedó dentro del estómago del gran pez en el baúl con la voz celestial que emanó cuando logré encender el cilindro del hombre blanco. Lo olvidé para siempre. Ahora sí, necesito el licor de palma y unos cuantos sapos para lamer.

“De Javier Montes de Oca”

¡Una Aspirina, por favor! por Javier Montes de Oca

Aquella tarde estival, Farruco debió moverse a la capital, lo cual era ya mucho decir para él. Nunca había estado inmerso en ese caos andante. Todo se movía a gran velocidad. No recordaba que Camila, su borrica, lo hiciera a tamaña velocidad. Una vez le había mezclado un poco de café recién colado con su agua y había estado más activa que de costumbre. Pero hasta ahí.

Cornetas por aquí, estruendos por allá. ¡No! Todo era tan diferente de su apacible llanura, de su verdor eterno que se difumina en la lejanía.

Sin embargo allí estaba. Había tenido que venir por un asunto mundano, un mero trámite burocrático. A Farruco que nunca sufría de ningún mal, le estaba doliendo la cabeza. Una vez, hacía años, se había tenido que tomar una aspirina, porque la practicante del caserío, que iba a visitarlos una vez al mes, así se lo había ordenado. Pues esta vez y bien lejos de su plantío de caña de azúcar, estaba sintiéndose igual de mareado que en aquella rara ocasión.

Pensó que probablemente si entraba y se pedía un café negro, bien cargado, podía pasársele esa desagradable y agobiante sensación. El joven de la barra lo atendió.

–       ¡Ay mi Don, está usted cómo pálido! ¿Se me siente bien? – le espetó a la par que le servía el negrito bien cargado como este sereno señor, presumiblemente llegado de las llanuras se lo había pedido.

–       Sí, claro, mi hijo. ¿Pues y porqué no? – le había dicho con el típico acento de la gente venida de por allá.

Mientras Farruco se despachaba su cafecito, empezó a sentir como lo rodeaban tantos sonidos molestos que empezaba a acrecentarse su malestar. Un chillido cómo el de un pajarito en agonía y una chica que dice socarronamente:

–       ¡Aló Juan Fernando! Séme sincero…¿te gustaron las bragas que me puse ayer para ti?

Y luego, un no sé qué de sonido infernal como de gata en celo y el gordo de la esquina, que se le ve que no ha trabajado un día en su vida por la barriga que ostenta, que dice con su voz gutural:

– Pero bueno mamita, tú sabes que eso no se hace así. Haz las vainas bien.

Luego otro ring ring y otro teléfono más y más. Farruco no se lo puede creer. Él, que apenas utiliza el teléfono público del caserío una vez a la cuaresma, y aquí en la capital al parecer nadie puede vivir sin sus alóes, ni sus ring-rings.

Pensó rápidamente sobre lo que opinaría Clementina, su mujer, de esas muchachitas que hablan de tangas por teléfono móvil.

Apuró su café y salió del lugar. La concurrida plaza llena de gente, de colores, de vendedores ambulantes, de predicadores del evangelio, de pregoneros con sus periodicuchos y de partisanos políticos exigiendo una revolución ya, le pintaban un panorama demasiado confuso en su cabeza habituada a muchos metros cuadrados de caña que cortar y de caña que recoger. Pero claro, su pueblo era tan pequeño que una vez, un antiguo patrón que había tenido, le había dicho que a menudo ni siquiera salía en los mapas de carretera. ¿Cómo carajo entonces iba a tener una delegación gubernamental para efectuar el laborioso papeleo que había venido a hacer?

Gente camina por aquí y por allá, por las aceras y en plena avenida, porque hay tantos vendedores ambulantes que se han adueñado del camino, que la gente debe de saltar y caminar peligrosamente de la mano de los carros. El semáforo, ¡qué fastidio!, ¿se cruzaba era con el rojo o con el fulano verde? Mejor esperaba a ver qué hacía la gente a su alrededor. Tenían que estar habituados a esa amarga tricromía. Digo “tri”, porque también hay un amarillo en el medio de ambos. ¡Verde! Okey, era el verde, cruza en medio de sus pensamientos e intenta entrelazar los suyos con sus vecinos del rayado que con el paso del tiempo y del fuerte sol reclama ya una nueva mano de pintura. No lo consigue, cada quién anda en lo suyo, aunque sí observa la furtiva mirada que el chico moreno le echa al abombado trasero de la chica que cruza enfrente de él. De nuevo, ¿qué pensaría Clementina de esto?

Llegó a la plaza y se sentó en el banquito verde, de esos que les deja a los incautos viandantes pequeños trozos de pintura descorchada en la camisa. Pensó Farruco, que al menos la diligencia de aquella mañana le había salido bien. A él no le importaban los madrugonazos. Más bien era raro el día que no lo hiciera. Y a las 4.30 de la mañana ya había tenido que estar en la larga cola que se hacía afuera de la delegación. Hacía un poco de frío, más del que estaba acostumbrado el buen viejo llanero, para quien una noche y una madrugada es sinónimo de intenso calor, tanto como lo puede ser el mediodía de aquella vasta soledad infinita de sus sabanas. Eso no le había importado. Pero el ver que los chicos de la cola, se entretenían a esas horas y sin siquiera un cafecito, con sus teléfonos móviles dale que dale a las teclas. Con sus soniditos fastidiosos en un vaivén intenso de rápidas movidas dactilares, eso sí lo tenía perturbado. ¿Qué tanto podían hacer esos chicos con esos pedazo de teléfonos del carajo?

Farruco no necesitaba comunicarse con nadie para realizar su labor cotidiana. Él se montaba en su burrita y dale que te pego, llegaba prontamente a su cañaveral, cortaba durante horas las mejores, las organizaba, las montaba en una carretilla, y luego venía a fin de tarde el capataz en su Jeep y se las llevaba. Al final de la semana, Farruco tenía su sueldito que le alcanzaba perfectamente para tener su pequeño terruño junto a Clementina en su llanura. No hacía falta nada más.

Esos condenados teléfonos que tanto sonaban en la capital y esos alóes sinceros e insinceros que podían escucharse a cada instante lo superaban. No deseaba consumir más aspirinas, ni mucho menos saber qué diablos le pareció al tal Juan Fernando las bragas que la chica de la cafetería se había comprado para quién sabe cuáles menesteres o artes antiguas.

Descansó un rato en el banquito verde, henchiendo sus pulmones del más puro y tóxico smog capitalino y Farruco emprendió con paso cansado su regreso al terminal de bus que lo llevaría de nuevo a su llano. Bien lejos de los teléfonos móviles y de los predicadores del evangelio.

“De Javier Montes de Oca”

El caserío del llanero era tan pequeño que ni salía en los mapas de carretera.

Farruco que apenas utiliza el teléfono público del caserío una vez a la cuaresma, y en la capital nadie puede vivir sin sus alóes, ni sus rings.

El “Scratch” por Javier Montes de Oca

El Upsetter Lee Perry en su Black Ark Studio antes de incendiarlo.

Lee “Scracth” Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar bendito y nadie lo haría cambiar de opinión.

─ Te digo hermano, que lo siento en el ambiente. Malos espíritus nos acechan, rasta –sentenció con cautela y algo de nerviosismo, los ojos desorbitados, el talentoso músico de cuarenta y siete años, mientras se mecía la barba.

─ No es cierto, rasta, está imaginando cosas. Esto está quedando estupendamente bien –mintió el joven mientras se revolvía en su silla, conociendo el temperamento exacerbado del Maestro. Tragó grueso y se apartó los dreadlocks de la cara.

─ Qué sí, rasta. Esto está muy feo. Hay una presencia de la Babilonia en el ambiente, hermano. Así no puedo seguir grabándote. Además, no me mientas, rasta, mi concentración ha sufrido un declive inesperado. No hago sino cagarla todo el tiempo, ¡estoy jodido! –gritó el gran Upsetter asestándole un puñetazo tal a la consola de grabación de cuatro canales del Black Ark, que se dejó marcada en su negra mano, varias clavijas.

El glorioso estudio de grabación ubicado en las afueras de Kingston en un terreno de la propiedad de Lee “Scratch” Perry, justo aledaño a su residencia, había conocido mejores épocas. ¿Y quién podía dudarlo?

─ ¡Tranquilo, Upsetter! Usted es el más grande productor que esta isla haya conocido. Por eso, me honra magnamente que haya aceptado producir y remasterizar mi trabajo, ¡será sin duda lo más grande que haya hecho yo hasta el momento y no sería nada sin usted, rasta! –intentó en vano tranquilizarlo el joven músico, a sabiendas que el grande Lee Perry ya no es lo que era.

Su fragilidad mental y el nunca probado abuso de drogas y del barato ron caribeño, amén de los duros golpes de la vida, habían minado su percepción de la realidad, si bien su talento musical parecía ir in crescendo con los años.

─ ¡Qué no rasta! No hace falta que me mienta, estoy hecho una mierda. Escucha esto –dijo con la voz quebrada por la frustración el excéntrico productor jamaiquino y acto seguido con su dedo índice y medio de la mano izquierda repletos de grandes anillos de plata y oro, subía las clavijas de la consola dejando escuchar lo que acababa de grabar.

Las ondas sonoras del reggae y del Dub del novato músico irrumpieron y vibraban contra las paredes del Black Ark realizando un ensayo de lucha contra las malas vibraciones que percibía Lee “Scratch” Perry. No estaba nada mal. A pesar de su locura, el Upsetter seguía siendo el más duro de los productores de reggae del Caribe.

─ ¿Lo oyes? Babilonia acecha rasta, ¡Esto es una absoluta mierda! –exclamó Lee Perry, mientras se levantaba de su asiento y observaba con la cabeza gacha los cándidos rayos de sol que entraban por el agujereado techo del estudio.

De repente, le sobrevino un ataque de ira y la emprendió con rabia contra el Black Ark Studio, su Black Ark Studio. Comenzó a propinarle patadas y golpes a las paredes y a arrancar todos los aislantes sonoros de las mismas en un ejercicio de insanidad inconcebible.

─ Pero, ¿qué carajo hace Maestro? ¡Su estudio no tiene nada que ver con esto!¡Si es una obra de arte y patrimonio sonoro de la isla, brotha!¡Deténgase ya mismo! –arengó el chico rastafari lo más enfáticamente que el tetrahidrocannabinol acumulado en sus neuronas le dejaba.

─ ¡Nooo!¡Este estudio es la perdición!¡Aquí yace Satanás escondido entre los cables y atrás de los micrófonos! –saltaba el enjuto productor afrocaribeño-. ¡Escucha las malas vibraciones, rasta!¡Escúchalas!¡Por eso he caído en desgracia!¡Por eso mi música ya no es lo que era tiempo atrás, man!¡Obra de Babilonia, Satanás en Babilonia, rasta! –iba de un lado al otro desconectando de golpe los cables y rompiendo los vidrios con un martillo.

─ ¡Maestro Upsetter, por Jah Rastafari!¡Deje en paz al Black Ark ahora mismo, que luego se arrepentirá por siempre¡ Venga, salga de aquí, man –le espetó ahora con más saña, verdaderamente preocupado y guardando con prisa todos sus instrumentos, temiendo que el arranque de locura de Lee “Scratch” Perry pudiera terminar en sus últimas consecuencias.

En este estudio, el aún treintañero había grabado en la década pasada a un jovenzuelo mestizo hijo de un capitán británico, que estaba lleno de ilusiones pero que hacía falta pulir como al diamante. Se llamaba Robert Marley y un día había acudido en compañía de Peter Tosh y de Bunny Livingstone al Black Ark en busca de las sonoridades que sólo el Upsetter Lee “Scratch” Perry podía darle a la música.

Igualmente en este anexo, caído en desgracia, se había inventado el Dub en conjunto con otro chico jamaiquino, Osbourne Ruddock, que pasaría a ser conocido más tarde como el rey del Dub, King Tubby.

Pero el buen Lee Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar otrora bendito y nadie lo haría cambiar de opinión. Corrió con sus delgadas piernas de garzuela a buscar un bidón de kerosene, tan abundante como combustible en aquella época en el Caribe, y roció todo el estudio, totalmente poseído.

Roció el tablero principal y la mágica consola de cuatro canales, que tantos músicos blancos, incluido el ladrón inglés de Chris Blackwell que le había robado a su querido alumno Robert Marley y su banda The Wailers, habían intentado emular sin éxito.

─ ¡No haga eso Maestro!¡Aquí no hay ningún Satanás!¡Babilonia lo ha envenenado para que crea eso! –gritó desesperado el chico mientras cogía todas sus pertenencias e intentaba salir de aquel lugar, antes de que Lee “Scratch” Perry incendiara su histórico recinto.

─ ¡Muy tarde rasta!¡Sal de aquí ahora mismo, vete, vete! –sentenció casi esquizofrénico el genial productor.- ¡Quémateee Satanás y tus vibraciones de mierda!

Se hurgó en sus pantalones colorines y sacó su mechero de oro, mientras el otro chico salía despavorido sin creer muy bien en la locura que estaba consumiendo a uno de sus grandes ídolos.

Lee “Scratch” Perry lanzó con fuerza el mechero contra su epopéyica consola y una llamarada alumbró el estudio de grabación. El músico, que tampoco deseaba hacerse daño físico, salió del lugar con una sonrisa sarcástica de oreja a oreja y besando una estampilla de Haile Selassie I que tenía en la cartera.

Ambos músicos, el maestro y el alumno, se quedaron pasmados afuera viendo como las llamas quemaban a Satanás y a sus malas vibraciones. El alumno casi lloraba por la pérdida cultural que estaba ocurriendo para su nación. Lee “Scratch” Perry por su parte, sonreía y se imaginaba al mismísimo diablo con cara de británico, eso sí, quemándose en su Black Ark Studio.

Mientras a lo lejos se oían las sirenas de los bomberos y de la policía en aquella noche calurosa de Kingston, Jamaica en 1983 y Robert Nesta Marley hacía un par de años que había sido consumido por un cáncer y enterrado con un funeral de estado en esa paradisíaca isla de las barricas de roble, un joven músico de reggae y Dub con los dreadlocks hasta la cintura le preguntaba al mítico Lee “Scratch” Perry, el Upsetter, como él se hacía llamar, por qué había incinerado ese histórico estudio casero que tanto había colmado de gloria la música jamaiquina.

El señor en cuestión se limitaba a responder, aún quizás bajo el efecto de algún alucinógeno barato y todavía severamente tocado por la separación con su familia ida a vivir a Inglaterra y obstinado con la corrupción de un rico empresario holandés que lo había dejado en la quilla, y con el negocio discográfico de la isla, simplemente esto:

─ Yo seré negro y muy negro. Pero el Black Ark lo era aún más –las llamas se habían llevado ya a Satanás y quizás a la memoria de Chris Blackwell y de Bob Marley-. Era un agujero negro de la locura y de la avaricia de los blancos –dijo Perry sentándose a pelar una banana que recogió del suelo.

“De Javier Montes de Oca”

Conversaciones con un Minotauro por Javier Montes de Oca

El Minotauro recibió al periodista francés Philippe Masson en su laberinto fétido.

Realizarle una entrevista al Minotauro de Creta no es algo que pase todos los días.

─ Hace tanto tiempo que espero al desgraciado ese –pensó y se retorció en su silla. Tantos años y no vuelve. La última vez me pegó una paliza tal que pensé que no sobreviviría.
─ Pero, él también lo pensó y se equivocó- había proseguido. ─ Me dejó con vida y aquí me tienen tomándome una taza de té en la cocina de mi prisión. De mi laberinto, mejor dicho.
El Minotauro levantó su pesado cuerpo. Ya estaba algo viejo, pero su corpulencia y voracidad aún se hacían notar. Su pelaje terracota había blanquecido por el paso del tiempo y su puntiaguda cornamenta había empezado a romarse, a pesar de sus repetidos esfuerzos para afilarla y pulirla.
─ ¡Qué asco de vida! Al principio todo eran maravillas, me arrojaban princesas y doncellas a cada rato, pero la última, una gorda patricia romana me la habrán echado dentro a lo menos hace mil seiscientos años –posó su estremecedora mirada en mí y sentí verdadero miedo.
El Minotauro debió haber olfateado el pánico que me recorrió toda la espina dorsal y me erizó los cabellos. De pronto, preferí estar cubriendo la hambruna en Somalia, el golpe de estado en Mali o la carnicería en Siria. Pero yo, ¡claro, siempre el más bocón! Me ofrecí para venir a las Islas Griegas. Pensé que después de la entrevista tendría tiempo para visitar Mykonos o Santorini. Tragué grueso, me ajusté las gafas y me acicalé el mostacho.
─ Luego, con el paso de los siglos, me echaba al buche una que otra campesina pueblerina que caía en la cueva huyendo del exterior. ¡Ahh, la Edad Media! Esa sí que fue una buena época. Te lo digo…eh, eh…¿cómo me dijiste que te llamabas?
─ Philippe –y se me fue la voz. Volví a recuperarme del susto y le repetí enfáticamente ─ Philippe.
─ Vale Philippos. Te estaba contando que las chicas que llegaban errantes a mi laberinto por aquellos años, eran muy lujuriosas. Primero querían fornicar durante días enteros y luego, cuando el hambre ya me dominaba, me las engullía. Aunque es cierto que no tenían tanta carne como las patricias romanas. ¡Esas sí que estaban gordas! ¿Otra taza de té?
El té del Minotauro estaba francamente apestoso, pero después de haber probado la comida británica ya estaba curado en salud frente a cualquier cosa. Accedí. El Minotauro tardó unos segundos en responder, cogió una cucharilla de la mesa y viéndose en ella se pulió el enorme aro de bronce que le surcaba las fosas nasales. Se levantó nuevamente de la mesa. Su cornamenta, inequívocamente ya no es lo que era hace unos siglos, pero estoy seguro que ni el más osado de los toreros españoles ni latinoamericanos se atrevería ni siquiera a guiñarle un ojo a este portento mitológico que dicen que habita esta caverna en el centro de la isla de Creta desde al menos unos dos mil quinientos años. Mediría, por lo menos dos metros treinta y su corpulencia era como la de dos toros Miura uno al lado del otro. Sus pupilas envejecidas se fijaban en mí con cada pregunta que le hacía y francamente ignoraba como saldría de esta.
─ Entonces Philippos, ¿éste es un reportaje para quién? –y a continuación estornudó con fuerza haciendo vibrar las paredes del intrincado laberinto.
─ Para la RFI francesa.
─ Vale, pero como venga luego una horda de turistas enloquecidos a querer entrar en mi guarida, gracias a este reportajillo tuyo, levanto el teléfono y llamo a mi primo galo para que vaya a hacerte una pequeña visita, ¿entendido?
Esta entrevista con el Minotauro de Creta era lo más fabuloso que saldría este año por la radio francesa, así que la gerencia se había gastado un dineral en convencer y en contratar a un experto académico de La Sorbonne en Lenguas Muertas, P.H.D. en Griego antiguo para que fungiera de traductor con este engendro mitad hombre, mitad toro. Lo cierto es que a veces, el académico dudaba antes de traducir. Me supuse que el Minotauro habría recibido influencia de las lenguas y los acentos foráneos de las mujeres que se fornicaba y luego ingería, durante siglos. Por esa razón, intuyo, el traductor estaría algo perdido.
Tragué grueso y acomodé la grabadora que se había movido con uno de los golpes del Minotauro.
─ Después siguieron pasando los siglos –retomó su relato.- Ya me conocía de cabo a rabo este asqueroso laberinto y empezaba a hartarme de él. Del moho de sus piedras, de la suciedad. Eventualmente, en el Renacimiento, obligaba a una doncella a limpiármelo todo dándole la esperanza de que así la liberaría. Pero nada, después de que todo estuviera limpiecito, la hacía ver las estrellas con mi calibre, ¿usted entiende, Philippos? Y nada, luego me la engullía.
─ Ya veo, ya veo. ¿Y no llegó nunca a enamorarse de ninguna de ellas y pedirle que salieran de esta guarida juntos? –le pregunté viéndolo directamente a sus tenebrosas fosas nasales.
─ ¿Estás completamente loco? Alguna vez una de esas gordas me dijo que se estaba enamorando de mí, pero yo creo que era más bien por el calibre, ¿sabes? Bahh, enseguida me la comí –saboreó su té y se quedó observando impávido a mi traductor.
─ ¿Y no te tienta la idea de salir de aquí? ¿Qué te detiene? –interrumpí la sórdida mirada que el Minotauro le estaba dando al bueno del traductor.
─ ¡Qué iluso eres, Philippos! ¿Crees que un monstruo mitológico como yo sobreviviría más de un día en su caótica civilización moderna de armas de fuego y bombas nucleares? Aquí me cae cada cierto tiempo una chica perdida y tengo para entretenerme algunas décadas antes de comérmela. Eso si no se pone muy insoportable primero, claro. Además, con los siglos he aprendido a mantener la grasa corporal más tiempo, por lo que ya no tengo que comer tanto como en mi juventud – respondió socarronamente el inmenso toro humanizado.
El aire espeso, cargado, embotado, ya empezaba a molestar evidentemente a mi equipo de la RFI, que además, no gana lo suficiente como para esta clase de sustos cretenses. Por lo que decidí jugarme la última carta, y preguntarle lo siguiente al Minotauro:
─ ¿Cuál es tu mayor frustración en la vida, Minotauro?
Se hizo el silencio sepulcral en el laberinto. Creí haber obtenido el efecto deseado, aunque ahora reconozco que se trató de una imprudencia del tamaño de Grecia entera. Luego de unos breves segundos, nos peinó el bramido caliente de la bestia.
─ ¡Teseoooooooo!! ¡Tráiganme el cadáver de ese mal nacido que lo voy a triturar y voy a decorar las paredes de mi baño con el tuétano de sus huesos! Tenían que haberlo visto, al cobarducho ese, engendro ateniense, cómo me engañó y me atacó por la retaguardia. Era tan afeminado, que creí que era una mujerzuela, me engañó y me dio una paliza de la cual tardé varios siglos en recuperarme –masculló furioso y le dio un golpetazo tal a la mesa, que volcó todas las tacitas de té, mientras agitaba sin control su cola y los ojos se le iban llenando de furia.
Acto seguido se cargó la mesa y arremetió contra parte del mobiliario de su rocosa casa como si el torero le hubiera clavado en ese preciso instante todas las banderillas. Me puse de pie súbitamente y de un brinco recuperé la grabadora. El resto de mi equipo se escudó tras una columna marmórea al estilo jónico.
─ ¡Philippos, hazme ahora mismo una promesa! –y se acercó a mí goteando saliva y pisando fuerte con sus fornidas pezuñas.
─ Lo que quieras Minotauro –me sentí como cuando debí interceder frente a un general bosnio en la Guerra de Los Balcanes para que no se cargara a una indefensa viejecilla serbia.
─ Así te tardes una vida, búscame los huesos de Teseo y tráemelos. ¡Es lo que necesito para poder descansar de una vez en paz! Acabar mi longeva venganza contra el estiércol ateniense ese, que me propinó la más voraz de las palizas. Philippos, tráemelo, no importa cuando –suavizando su estentórea voz, hasta casi suplicar.

Y le hice la promesa a un toro gigante. Le dije que sí se lo llevaría. Y hoy por la primera de Radio France International quiero comprometerme, al igual que como lo hice con el Minotauro, con todos mis escuchas a lo largo y ancho del territorio francés, en Bélgica, Suiza, África y a todo aquel que me sigue por nuestro site de Internet, que haré todas las diligencias posibles con el gobierno heleno para hallar la tumba de Teseo en la Acrópolis y hacer realidad el sueño del Minotauro de Creta. Como que me llamo Philippe Masson. Mesdames et messieurs, han escuchado “Conversaciones con el Minotauro” en “Al otro rincón del mundo” en vivo cada lunes a las ocho de la noche por la primera de Radio France International. Mi nombre es Philippe Masson, nos escuchamos la semana que viene. Se les quiere, au revoir.

“De Javier Montes de Oca”

A pesar del Fado por Javier Montes de Oca

Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues.

Con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa.

Una voz de ángeles. Una belleza sin parangón por esas tierras rurales, por esos coloridos campos, surcados del dorado fulgor del trigo y por los suaves movimientos de las vides con el mecer del viento otoñal. Unos ojos almendrados y verdosos como las de una princesa mozárabe. Y el Fado, estaba el Fado. La saudade que pellizca de melancolía todo el entorno pero que no lo deja ser alguien más. Es esa saudade que le otorga el zumbido empalagoso a esa mujer crecida en esas tierras lusitanas.

A Olivia nunca nada la detuvo en su pequeño Abrantes natal. Desde que era sólo uma menina, su madre le atizó que era la criatura más hermosa de todo el pueblo y fue madurando de esta manera, haciéndole sombra a sus dos hermanas menores, Graça y Natividade que sin embargo, en nada tenían que envidiar a la brillante Olivia ni en belleza ni en inteligencia. No obstante, estaba el Fado, siempre el Fado.

Con el pasar del tiempo, que en aquellos terrenos de Dios, es igual a decir mucho, la madre de Olivia, Assumçao, conoció en una pequeña botica del pueblo a Márcia, una delgada mujer de cabellos ocres, cuya afabilidad en el trato encantó de buenas a primeras a la gran matrona alentejana. Esta chica seductora, obstinada del ruido y de la polución de los barrios bajos de Lisboa, acababa de asentarse en Abrantes por una temporada, a fin de poder reencontrarse con su fuero interno que ya la tenía consumiendo pastillas ansiolíticas. Y muy a pesar del Fado.

Pues sí, Márcia, ahora en sus lejanos treintas, era profesora y cantante de Fado en el barrio capitalino de A Moureria, y ya reventada de la ciudad, decidió establecerse en la ruralidad bucólica de aquel pueblo del centro de Portugal, a la par que, estaba segurísima de eso, esta mudanza incrementaría su saudade por los barrios céntricos y en ocasiones, pérfidos, que solía frecuentar.

De esta manera, la ilusión pintoresca de la señora Assumção, porque su hija aprendiese a cantar el Fado de sus amores, ya podía materializarse. Fado, saudade, Fado. Nada era suficiente para satisfacer a Márcia en sus ansias por hacer de Olivia, ya casi una adolescente de ojos profundos, en una grácil cantante de Fado.

Pasaron los meses y la relación profesora-alumna se fue estrechando cada vez más, hasta que Olivia ya casi pasaba más tiempo con su instructora que con su madre. Sin embargo, realmente había algo en esta chica que a todos hechizaba. Márcia no recordaba haber querido nunca tanto a una alumna, como a esta pequeña chicuela de la clase obrera. Además, su voz, había algo tan teatral en su voz, que Márcia sin saberlo, se estaba haciendo fanática de su pupila. Es cierto que había conseguido un par de alumnas más en el pueblo, pero ninguna le llegaba a las tonalidades exquisitas ni al lirismo que la voz, aún por labrar de la chica, podía alcanzar.

Pasaron los años y Olivia cumplió 21. Hace tiempo ya, que no había vuelto a ver a Márcia, ni siquiera había sabido de ella. Su otrora amada profesora. Aquella que, junto con su madre, sus hermanas, los chicos del colegio y todo su pueblo habían forjado su vanidad, su carácter indomable, que tanto contrastaba con su origen humilde y con sus evocaciones sobre el escenario. Pero ahora estaba Lisboa. Nunca más volvería a ese pueblo de mierda, lleno de campesinos olorosos, locos por el alcohol. Ahora, tenía al Fado y el Fado la tenía a ella. Estaba abriéndose camino a fuerza de su belleza, su embelesamiento al cantar y su carácter.

Olivia, sólo había conseguido entrar a cantar en pequeñas tabernas, tascas y Casas de Fados, acompañada en cada sitio por músicos diferentes, que con paixão lusitana, hacían vibrar las cuerdas de la viola y de la guitarra portuguesa. Pero los elogios al final de cada pequeña presentación eran sublimes y siempre exacerbaban el talento de la chica del Alentejo. Su talento fue in crescendo, así como su soberbia y amor propio.

Sin haber jamás entrado a un estudio profesional, ni haberse presentado en ninguna sala realmente importante de la capital, Olivia ya se veía casi escoltando a la mítica Amália Rodrígues. Cualquier pequeña desavenencia en el día a día le hacía perder la compostura y su escultural figura perdía parte de su esplendor. Su furia a la hora de un contratiempo, por nimio que resultara, la hacía alejarse maldiciendo y no encarar como una auténtica cantante folklórica los detalles que pudieran estar estorbando su perfección. Pero siempre le quedaba el Fado, ese cantar longevo que había aprendido con tanto cariño y que le había enseñado tantas cosas. Pero, ni él podía con su vanidad.

Sus peticiones a la hora de firmar contrato con los dueños y administradores de los locales nocturnos donde se presentaba, así cómo a la hora de sus largos ensayos con sus músicos, se iban volviendo cada vez más excéntricas y alejadas de la niña de cuna proletaria, educada con firmeza por su madre. Pero su voz y su juventud la avalaban. Siempre todos, terminaban firmando y cediendo a su vanidad.

Al fin la carta que estaba esperando le había llegado. La audición que había hecho en el lujoso Teatro da Trindade lisboeta, había dado sus frutos. ¡En su fina acústica resonaría por fin el Fado lírico de Olivia Almeida! La nueva Amália Rodrígues había llegado. Al menos, eso era lo que la vanidosa chica había hecho inscribir en el cartel promocional de su gran estreno.

Llegó el día. Su madre, sus hermanas, sus antiguos compañeros del colegio de Abrantes estaban ahí. El clérigo del pueblo, el ganadero, el panadero, el viticultor, incluso amigas de la más tierna infancia que tenía más de un lustro que no veía ni contactaba. El sonido era perfecto, ya lo había comprobado en la prueba de sonido. La iluminación era majestuosa. Esta vez tendría más músicos, todo un conjunto de piano y cuerdas que se sumaría a sus incondicionales João en la viola y Custódio en la guitarra portuguesa. El traje que se había hecho confeccionar especialmente, realzaba sus 23 años de una manera que ni el más excelso de los pintores realistas habría logrado esbozar.

Olivia salió al escenario, soberbia, micrófono en mano, con su clásica mirada engreída y jactanciosa. Aún así recibió una ovación al salir. Abrió la boca y nada. Ni una nota, ni una frase, ni un Fado, ni siquiera una saudade. Nada. La voz tan preparada en otras ocasiones, ésta vez no se atrevió a asomarse. Decepción y dolor. Ahora la saudade se había transformado en lágrimas espesas. Pataleó y se fue corriendo tras bastidores. Hubo que suplirla con una cantante residente del Teatro da Trindade, que siempre está preparada por si estos casos. Al final de cuentas, Olivia también es humana.

Al día siguiente alguien llamó a su móvil. Era una voz harto conocida, perdida en la lejanía de aquellos trigales y aquellas vides de su infancia y adolescencia. Suave como una madre cariñosa, pero firme como una profesora de corazón, de esas que probablemente se tenga una sola en la vida, le dijo cantando:

–       Olivia, te lo dije. Y no me quisiste hacer caso. Minha menina, eu te perdoo.

Márcia del otro lado del teléfono alcanzó a oír el triste lloriqueo de la humilde aprendiz de fadista alentejana.

“De Javier Montes de Oca”

Cabezones por Javier Montes de Oca

Los cabezones de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento.

Los moáis han profundizado en movimientos migratorios de delfines, orcas, ballenas y marsopas.

Los moáis de la Isla de Pascua siempre han soñado con el movimiento. Y si hay alguno que sepa algo de movimiento en este mundo, son precisamente los moáis. Ellos llevan varias centurias, percatándose de la oscilación de las nubes del cielo, de las olas, de las corrientes marinas. Ellos han analizado con detenimiento los ciclos lunares, solares y hasta estelares. En fin, de cualquier astro interplanetario que brille en la bóveda. Han visto transcurrir a millones de pájaros que surcan los aires. Han observado con indiferencia y prepotencia kilos y kilos de algas marinas que han llegado a las costas pascuenses, así como a cientos de navíos que se han asomado intempestivamente a los bancos de arena que se forman en la isla, para acto seguido, desaparecer con la misma.

Han profundizado en los movimientos migratorios de los delfines, las orcas, ballenas y marsopas. Incluso, más modernamente se han asombrado, eso sí, sin cambiar las facciones de su inerte rostro, de hordas de hombrecitos insignificantes, con grandes sombreros, gafas, binoculares y hasta sandalias. ¡Ah, las sandalias! Eso les recordaba con magnánimo dolor que existían los pies. Que existía el movimiento. Y como hemos dicho,  ellos son los maestres del movimiento, porque todo  lo saben acerca de él.

Pero, ¡con qué monótona resignación deben de permanecer allí! Ellos lloran cuando nadie, salvo las gaviotas y los alcatraces los ven. Salvo, cuando algún altivo cangrejillo pasa por enfrente de ellos. Entonces es cuando lloran a borbotones, a raudales. Ese es el único movimiento propio que pueden realizar: el precipitarse de aquellas lágrimas grisáceas por sus inmensas mejillas hasta la arena. Un llanto que luego ahogan, al despuntar del día y con el acercarse del primer molesto turista.

¡Ay, los moáis! Pero qué resignación el ser testigos eternos del vaivén del planeta y ellos permanecer clavados en la tierra sin ninguna esperanza de algún día desenterrar sus pesados pies del suelo y echar a caminar.

“De Javier Montes de Oca”

Maestro Chung, ¡veo a los Yaks cuando vuelo! por J. Montes de Oca

Hace varias noches ya que apenas logro conciliar el sueño. Lo peor de todo, es la constante angustia que me persigue, que no me deja en paz ni un instante. Voy a contarle, Maestro Chung el origen de mis extensas penas.

–       Adelante, hijo mío – me dijo acariciándose el largo pero fino bigote blanco.

–       Me apena un poco Maestro, pero es la primera vez que recurro a alguien de su milenaria sabiduría para resolver un dilema que me aqueja. Siempre me he caracterizado por resolverlo todo yo sólo – le dije al Maestro, lo más humildemente que pude.

–       Tengo todo el tiempo del mundo, joven Li Xi, puede contármelo todo sin ahorrarse detalles – me espetó.

De esa manera comenzó mi larga y productiva sesión con el gran Maestro de la Orden del Dragón Amarillo, heredero de una sabiduría ancestral, que le provenía directamente de haber cursado altos estudios de adivinación con uno de los reverenciados lamas del Tíbet.

Yo, tal como le había asegurado al Maestro Chung, me preciaba por ser autosuficiente en todos mis asuntos, siendo un reputado profesor titular de la cátedra de Estudios Asiáticos de la Universidad de Sichuan, después de haberme doctorado con honores en esta misma longeva casa de estudios.

Todo comenzó, cuando un día en mi estudio, después de corregir unos trabajos de unos alumnos tibetanos y nepaleses, sentí unas desorbitadas ganas de meditar, cómo no las había sentido, desde que mi difunta abuela me incitaba cuando era un niño a acompañarla en sus conexiones ancestrales con la Madre Tierra.

Sucumbí. Me dirigí de inmediato a una habitación cerrada y aislada en mi casa. Coloqué todos los muebles de acuerdo a las teorías taoístas del Feng-Shui, que serviría para armonizar la meditación, allí entre mis libros de historia, filosofía y arte chino de todas las eras. Coloqué varias barritas del mejor incienso que tenía guardado para alguna extraña ocasión como ésta, y me senté.

–       Maestro, le juro que no entiendo nada de lo que me está pasando – interrumpí alarmado mi propio relato.

–       Hijo, tranquilo, aquí me tiene ahora, pero necesito que no se interrumpa más y prosiga su relato – me dijo serenamente.

Retomé el relato sin pestañear… Entonces, Maestro Chung, me perdí en profundas reflexiones, que en lugar de tranquilizarme, me perturbaban aún más. Pero no podía parar. Aquella misma corriente vital que me tomó por sorpresa para que comenzara la meditación, me mantenía atornillado al cojín, no lograba detenerlo. ¡Y se me hacía tarde! Mañana tenía que dar clases, pero la meditación me seguía llevando por parajes extraños, veía señales luminosas de colores dorados que saltaban sobre un frío arroyo bajando de unas montañas nevadas. A continuación, sentía que todo debajo mío se movía, aunque sin llegar a molestarme verdaderamente. Sentía que volaba en mi meditación, pero sin embargo podía palparlo todo. La fría brisa de las montañas quemándome las mejillas y balanceando mis ropajes como un péndulo preciso y abajo unos enormes yaks adornados con borlas tibetanas en sus orejas que me miraban impávidos al pasar sobre ellos.

En ese momento, cuando los colores más sulfurosos me arropaban, sentí el murmullo de mi colección de palillos chinos, coreanos y japoneses que caían al suelo, empujados grávidamente por una mano incorpórea. Esto, Maestro Chung, rompió mi trance de golpe, como una bofetada a una delicada dama. Mis ojos, aún rebeldes a la luz del farol de gasóleo, se posaron entonces en el humo que desprendía mi incienso. Sin embargo, no pude dar crédito a la forma que tomaba este humo macizo.

Una vieja señora fue formándose a partir del humo emanado por mi incienso, al principio rácano y mezquino, pero luego no me cupieron más dudas: era una mujer bien entrada en años, ataviada con un traje de seda de finales del siglo XIX y que me miraba fijamente.

Me incorporé de un salto, casi trastabillo con el cojín, pero logré ponerme en pie. Sentí en ese momento, que una voz me hablaba en un tipo de mandarín ya casi caído en desuso y me decía justamente esto.

Hice una pausa en el relato que debió ser lo suficientemente larga para que el Maestro Chung me dijera:

– Adelante Sr. Li, ¿qué le dijo esa voz?

– Me dijo esto: Li Xi, esté tranquilo y sosegado, yo soy la entelequia de Yuang Xang Li, su bisabuela materna y vengo a regalarle un don de los maestros antiguos.

El Maestro Chung se acarició nuevamente el bigote y abrió aún más sus rasgados ojos tibetanos. Creo que al fin, había logrado captar su atención.

Proseguí mi inverosímil relato. A continuación, el alma de mi supuesta bisabuela, a quien yo apenas recordaba, pues había muerto en mi más tierna infancia se me acercó, dejándome paralizado de miedo, aunque en el fondo no le temía a nada en aquel momento de sintonía astral. El grueso humo gris que componía su silueta me abrazó y me besó en la frente y luego sin dejar de mirarme, se fue reduciendo su figura a la par que la barra de incienso se recortaba, caía y moría en mi suelo entablado.

Entonces, como guiado por unos hilos invisibles me dirigí a mi dormitorio y dormí como un lactante durante 48 horas. De más, está decir, que el director de mi departamento en la universidad me llamó alarmado, tras mis inasistencias de 2 días.

El problema entonces, Maestro Chung, empezó allí: ahora no dejo de ver cosas raras, indicios, señales, soy capaz de preveer cosas, de leerle la mente a las personas, de hablar con los animales, de desdoblar mi cuerpo por las noches, de levitar en el vacío, incluso ya no padezco ni siquiera de resfríos.

–       ¡Es una locura, estos dones que me dejó este espíritu me están volviendo loco y temo que pararé en un asilo prontamente! – le levanté la voz al Maestro.

–       No Li Xi, claro que no – dijo entre risas inquietantes el Maestro-. Tú bisabuela ha venido del pasado a dejarte los poderes mágicos de la Orden del Dragón Amarillo del Tíbet, a la cual yo mismo pertenezco. Tú bisabuela fue una poderosa iniciada y curandera, con poderes místicos inigualables. Una dama tan conectada con la energía vital de la Tierra, que podía sanar cualquier persona, planta o animal que se le atravesara. Era una hábil maestra en el arte de la curación de espacios a través del Feng-Shui y hay evidencias de que podía desdoblar su cuerpo y levitar. Ahora ella, te los ha cedido, al llegar a tu edad adecuada para aprovechar estos poderes.

–       Lo que debes de hacer – prosiguió el Maestro Chung – es retirarte de tus obligaciones con la universidad y unirte a mí desde ahora mismo. Juntos colaboraremos en curar a nuestra vieja China de los males que la aquejan.

El Maestro pudo observar mi cara de desconcierto ante aquella proposición, puesto que entraba dolido de un mal y no sólo saldría sin ser curado sino que además, tendría una extraña propuesta laboral.

–       Piénsatelo bien Li Xi, en el mundo sólo habemos un puñado de seres dotados con estos maravillosos dones. Si no los aprovechas ahora, ya luego irán desapareciendo y perderás esa magia especial que hay en tu sangre – me aconsejó el Maestro Chung al salir de su consulta.

Han pasado apenas dos meses desde aquella consulta y aún no dejo mis clases en la universidad. Opino que enseñar es el don más grande que se me haya dado, lo mejor, es que ha sido forjado por mí mismo.

Sin embargo, cuando medito, levitando unos centímetros del suelo y desdoblo mi cuerpo, estando a la vez en mi casa y en Beijing, o en Mongolia, o en Camboya, vuelvo una y otra vez más a la sugerencia de dador universal de benevolencia que me hiciera el distinguido Maestro Chung y me pregunto constantemente si mi misión en este mundo, ¿no sería precisamente asociarme con él para emanar energía curativa a todo aquel que nos visite?

Aún, sigo sin tener la respuesta. Espero que otra noche entre libros, inciensos y palillos chinos, pueda regresar mi bisabuela de ultratumbas a darme la solución.

“De Javier Montes de Oca”

¡Maestro Chung, veo a los Yaks cuando vuelo!

Li Xi observaba yaks cuando volaba en sus meditaciones.

El Principito en Guantánamo por Javier Montes de Oca

El Principito de Guantánamo

Faisal añoraba sus campos de cultivo de amapola, retenido en Guantánamo.

Faisal lo sabe de sobra, nunca ha estado tan seguro de algo en su no muy extensa vida. Antes, en la suya anterior, solía usar un pakol, el gorro tradicional de su etnia pastún, una larga barba raída de tanto fumar y su vestimenta que no tenía absolutamente nada de parecido con lo que llevaba ahora. Bueno, ese largo ahora que ya llevaba tres años que él aguantaba con el más profundo estoicismo, seguro de sí mismo.
Sin embargo, por las noches brotaban sus lágrimas, que iban a humedecer la sucia y áspera almohada que los infieles le habían proporcionado con desdén en una lengua que de tan extraña se había tornado en familiar a sus oídos acostumbrados al canto de los pájaros y a los balidos de los carneros. Era tan disímil lo que estaba viviendo ahora.
Por una razón ajena a su voluntad, sus montañas habían empezado a ser horadadas por cañones y misiles mar-tierra y por el estruendoso sonido de las desesperantes hélices infatigables. Cuando cultivaba la amapola, esa rojiblanca flor que multiplicada por miles y miles de unidades impregnan el aire del olor más sublime que recordaba, solía abstraerse y hacer juegos con su sombra proyectada en los campos. Luego, al volver a la faena cotidiana, la recogía con una avidez claramente insuperable por los buenos de sus vecinos. Los conocía a todos. Y los extrañaba en su lejanía, en su aislamiento.
Antes tenía para sí campos de miles de hectáreas, tenía sus fértiles y frías montañas, donde cada grano de amapola que caía rozando de sus manos campesinas, iba a terminar seguro y sin la ayuda de esos raros productos modernos que los infieles llamaban fertilizantes, en una hermosa y rozagante flor. Recordaba una historia que una vez un extranjero llegado a su aldea en busca de sus flores, les había contado a él y a sus compañeros: se trataba de un niño pequeño que vivía solo en un pequeño planeta y cuyo tesoro más preciado era justamente una flor. En este caso, era una amapola y no una rosa, pero a Faisal le daba igual. En ese momento, hace ya unos cuantos años, se había identificado tanto con el relato del occidental, que incluso por las noches intentaba buscar cuál de esas brillantes estrellas sería la de este niño chiflado por una flor.
Ahora, vivía hacinado, sin razón, con otros de los suyos. Aunque también había gente que provenía no sólo de sus hermosas montañas sino también de Kabul, Kandahar, Jalalabad, Herat o Gazni, así como otros fieles provenientes de Pakistán, Sudán, Siria, Libia e incluso Francia e Inglaterra. Los platos de comida en un cuenco asqueroso sin lavar, muchas veces contenían trozos de cerdo: el animal prohibido. “Pero no comeréis el puerco, que tiene la pezuña hendida, pero no rumia, es inmundo para vosotros. No comeréis sus carnes ni tocaréis sus cadáveres”, eso decía el profeta. Pero ya van tres largos años, donde los ignorantes e infieles americanos se los colocaban indistintamente en sus platos de comida.
Los ladridos de los perros a medianoche, cuando Faisal podía ver como salivaban mientras aullaban azoradamente, los focos lumínicos que encendían y apagaban indistintamente sin distingo ni respeto de horarios. El calor insufrible de los meses cálidos que contrastaba con la brisa helada que lo obligaba a correr a buscar sus guantes de lana y a beberse el caldo del excelso té que cultivaban. Todo esto era intolerable.
Cuando estaba acostado en su catre mugriento viendo el extraño comportamiento de las cucarachas y de las ratas de este sitio, y se preguntaba innumerables veces porqué Allah había querido este destino para sí y sus compañeros, y qué mal había podido haber hecho en la vida para tener que padecer tres años entre barrotes de metal reforzado y con americanos tan musculosos y armados, no ya con el viejo tradicional AK-47 Kalashnikov, sino con una tecnología del diablo que jamás alcanzaría a entender, buscaba evadir sus pensamientos y pensar en su madre, en su padre y en los ojos de Mezghaan, su amada, grandes y verdes como una avellana.
Sin embargo, en este fatídico lugar todo siempre podía ponerse peor. Faisal, con las rodillas planas por el peso inverso del asqueroso suelo, con la frente sudada y rozando la humillación, a la par que sus manos permanecían atadas a la espalda tan fuerte, que tardaba días en dejar de sentir el roce de las esposas en sus muñecas. Solía en esos momentos llevar una mugrienta capucha polvorosa, que al menos lograba evitar percibir a los insectos que pululaban a su alrededor y que se multiplicaban a ritmo frenético por el incandescente calor del lugar. Era un ligero alivio esta capucha, sí, pero su endeble tela no impedía que llegaran hasta sus oídos los ensordecedores decibelios de un estruendo que los infieles llamaban música. Así como tampoco el chillón color anaranjado de su uniforme podía impedir que los pequeños granos de piedra del piso se incrustaran lentamente en sus poros.
Así pasaban las horas y su posición física permanecía invariable, insondable, la música o lo que fuera que hubiera compuesto el diablo americano, no le dejaba escuchar sus pensamientos de libertad y aunque cada tanto venía un soldado y pateaba con sus botas rematadas en punta de acero su delicado hígado, Faisal lograba conservar la serenidad ante la idea de mirar una vez más y para siempre a su gente, a sus montañas sagradas, a sus pastunes queridos.
Pero ahora Afganistán ardía en llamas. Los marines y las tropas de élite de todos los países infieles habían entrado en tromba en su suelo sagrado buscando a Usama bin Ladin y habían asesinado a diestra y siniestra a niños, jóvenes y ancianos. A las mujeres las habían raptado y violado, habían escupido sobre sus libros sagrados, comían carne de cerdo, orinaban sobre los cadáveres descompuestos y habían destruido sus escuelas, mezquitas, madrazas, mercados y casas de familias. Usama no estaba por ningún lado. Él no sabía nada. A él no le importaba nada.
Sólo quería que los marines desalojaran cuanto antes su territorio sagrado y que lo devolvieran al aire puro de sus montañas, al aroma de flores de amapolas que entraba por sus fosas nasales, a las noches frías y estrelladas junto a Mezghaan buscando al niño de la flor entre todos esos planetas, en fin, a la vida que un soleado día al cruce de un recodo en el camino, unos tres americanos y dos ingleses le habían arrebatado.
Ellos no entendían nada de lo que estaban haciendo. Ellos debían estar unos en Kentucky y Alabama y otros en Brighton y en Leeds, con sus familias, intentando buscar al Más Misericordioso, en lugar de estar cegándoles la vida a los fieles pastunes en sus montañas.
Pero lo habían capturado, había forcejeado, había sido vencido y lo habían puesto en un camión junto a decenas más de fieles. Luego, había sido transportado con violencia al fondo de un enorme barco y después de un viaje de semanas, había aterrizado en esta inmunda celda junto a cientos de sus hermanos fieles. Nunca lo entenderá. Faisal ya perdió la esperanza en la justicia humana, pero nunca la perderá en la justicia celestial. Pronto verá a su familia, aunque el propio perro azufroso de George W. Bush no lo quiera. ¡Allah akbar!

“De Javier Montes de Oca”