La narcotización adormecedora de la sociedad venezolana

6 años sin pisar mi país natal. Por diversas razones, principalmente de desacuerdo político con las gestiones del régimen de Hugo Chávez, así como económicas debido a las condiciones laborales precarias en el antiguo continente, donde resido. El hecho, es que transcurrió más de un lustro, para que volviera a recorrer las calles de Venezuela.

Lo cierto es que, aparte de las alegrías que viví durante el mes que pude permitírmelo, gracias tanto a mi familia de sangre, como a mi familia putativa, y a algunos pocos amigos que tuve la ocasión de ver, el estado depresivo en el que la política ha sumido a la sociedad de mi nación, es algo que nunca jamás creí llegar a presenciar en esta tierra caribeña tan cargada (y que por favor, no suene a cliché, porque no lo es de ninguna manera) de alegría, optimismo, entusiasmo y risas. Durante mi actual paso por Europa, no he tenido la ocasión de rodearme tanto de esas cualidades humanas, como lo hacía cuando vivía en Venezuela.

Sin embargo, a mi gente allá le han trastocado el ánimo, la han narcotizado, la han transmutado con vileza y animadversión en seres inertes que vagan por la vida, cual zombies, sin ninguna esperanza, sin ninguna luz al final del túnel que señale que las cosas efectivamente pueden ir mejorando, que esto que atravesamos, es sólo una crisis pasajera, una racha negativa que sólo ha durado varios años y que estamos predestinados a superar. No. De hecho, es todo lo contrario.

Hace algunos años, existía una convicción férrea en el venezolano sencillo, el de a pie, el que sólo quiere vivir su vida sin serias complicaciones políticas, de que efectivamente, este caudal de energías sociales negativas llamado “chavismo” pasaría pronto y la nación, podría comenzar a desandar aquel camino repleto de intransigencia, de odio, de venganza, de vagabundería, de negligencia, de nihilismo y lo que es peor aún, de muerte, que el Sr. Hugo Chávez Frías y su fiel seguidor oportunista, el Sr. Nicolás Maduro Moros, nos habían señalado.

Ahora no. Lo he vivido en carne y hueso. Ya no tengo ni un solo familiar, ni un solo amigo cercano que resida allá, que esté convencido que pronto, por las buenas o por las malas, cesará esta dictadura y algún gobierno democrático pueda sondear los malos agüeros del Chavismo para tratar de enderezar el timón de la nave perdida, de la nave fantasma. Este estado depresivo, el de la Venezuela zombie, se sostiene en que nadie tiene confianza suficiente para creer que los distintos factores que no convergen con el régimen autocrático, puedan realmente llevar a buen término, acciones que siquiera hagan tambalearse a la dictadura.

Precisamente, es aquí dónde el régimen chavista, ha sido tan inteligente durante estos tres lustros: ha sabido sistemáticamente desmotivar y desmovilizar, a través de duros golpes rastreros y de “puñaladas traperas” (en buen argot criollo), a los diversos componentes opositores: a la sociedad civil, a los partidos políticos, a las ONG’s, a los empleados de los poderes públicos, al estudiantado, a las asociaciones de vecinos y finalmente, no hay que descartarla, a la milicia.

A su vez, el cuantioso lobby internacional a través de las embajadas, partidos políticos, gobiernos de la región, cineastas y actores de Hollywood y asociaciones de corte marxistas, todo, eso sí, a punta de golpe de jugosa chequera petrolera, ha contribuido a forjarle al régimen una careta de demócrata, que realmente no tiene pero ni en la mente del más naïf de los seguidores chavistas. Eso en estrategia militar sería como un golpe magistral, una encerrona, una emboscada perfecta a la disidencia venezolana.

El haber pasado por tantos acontecimientos políticos seguidos adversos, ha desmotivado al venezolano que inclusive, sabiendo que su sueldo no le alcanza para llegar a final de mes, de que vive en uno de los países más inseguros del planeta (con más de 24 mil asesinatos sólo en 2013, y más de 200 mil durante toda la era chavista), con una inflación que supera el 61% (y que también es la más alta del planeta), con graves problemas de abastecimiento en varios de los rubros básicos de alimentación e higiene, con fuertes restricciones e inconvenientes para acceder a divisas extranjeras y a billetes aéreos, así y todo, el venezolano promedio se ha decantado por quedarse en casa y evitar las acciones normales y democráticas de protesta.

Pareciera un cuadro clínico de alguna afección psiquiátrica. ¿Cómo conviertes a una de las idiosincrasias más alegres, optimistas y fiesteras en un pueblo muerto por dentro? Pues para saberlo sólo basta conocer la historia reciente de Venezuela, tanto en lo que compete a los desastres gerenciales del régimen chavista como a los diferentes costosos errores de los políticos opositores.

Y es que ninguna de las estrategias opositoras ha funcionado: ni elecciones limpias, ni la abstención a la Asamblea Nacional, ni los referéndums revocatorios, ni las manifestaciones masivas llevadas a cabo principalmente entre 2001 y 2004, ni los paros de todo el aparato productivo nacional, ni las manifestaciones cívicas realizadas desde el hogar, ni las acciones de calle, ni los llamados “casa por casa”, ni siquiera la pequeña gran victoria electoral contra el régimen en 2007, cuando se le ganó a la maquinaria electorera del gobierno en el rechazo al intento de modificación “socialista” de la Constitución nacional. Nada.

Por supuesto, la estocada final del régimen para hacer caer en la más profunda narcolepsia a la sociedad venezolana, resultó la victoria amañada, tal como muchas organizaciones tanto nacionales como internacionales de prestigio declararon, del candidato oficial Nicolás Maduro, tras el fallecimiento de Hugo Chávez, en abril de 2013. Como consecuencia de este golpe bajo, la sociedad civil estuvo adormilada un año, sin lograr siquiera alzar su voz contra la opresión chavista. Sin embargo, en febrero de 2014 y durante 5 meses, una luz de esperanza se encarnó en la juventud estudiantil, que tomó la calle a diario, como forma de protesta contra la delincuencia, la corrupción flagrante, la inflación, el adoctrinamiento, las graves carencias en el sistema sanitario y farmacéutico en el país, así como el aislamiento al que está siendo sometido el país, tras la enorme reducción de vuelos internacionales.

Sin embargo, y a pesar de lo que habría podido esperarse en cualquier otra nación, con escenarios incluso mucho menos graves que el venezolano, no existió en ningún momento, ninguna avalancha de respaldo al noble movimiento estudiantil del 2014. Al contrario, en vez de sumar apoyos masivos, recibió fuerte crítica de distintos sectores dentro de la propia oposición venezolana, que apostaba más bien, a aguardar. Pero ahora bien cabe la pregunta, ¿aguardar a qué?

Retornando a mi reciente experiencia en Venezuela, destaco que me chocaron con violencia los precios de las cosas, inclusive las más básicas como alimentos, medicinas, repuestos, etc. Y eso si es que corres con la dicha de conseguir lo que necesites. Que esa disyuntiva me resultó totalmente desconocida, porque cuando dejé mi país en 2008, prácticamente había de todo en el país y la escasez todavía no era un verdadero monstruo. ¿Cómo un gobierno “socialista” es capaz de llenarse la boca con frases hechas aseverando que en Venezuela el pueblo tiene una inapreciable calidad de vida, cuando está a la vista de que es todo lo contrario? Realmente la desfachatez opiácea de este gobierno, llega a niveles de estudio clínico.

Otro factor que resalto es que cuando aún residía en mi país, la cantidad de propaganda oficial, si bien resultaba excesivamente alta para cualquier país democrático occidental, no era ni la punta de la sombra de lo que es hoy en día. Definitivamente, el Gran Hermano de la novela 1984 de George Orwell, resucitó en los trópicos. Transitar por cualquier espacio de cualquier urbe o incluso pueblo pequeño nacional, sin toparse a cada instante con la terrible propaganda oficial y partidista del gobierno, es matemáticamente imposible. Hasta allí, llegan los enormes recursos petroleros de este país. Para eso sirven: para forrar con las caras del difunto Chávez y del actual dictador, Nicolás Maduro, cada esquina del paisaje humano venezolano. Y es que al paso que vamos, ya hasta pronto en la selva, montañas, playas, ríos y desiertos colocarán también, la horrenda propaganda oficial.

Precisamente, cuando observas a la gente humilde, de pie, bajo el fuerte sol caribeño, realizando sus largas colas para acceder a los productos más básicos de la alimentación, estoicamente sin quejarse, comprendes que este enorme gasto en propaganda, que a la vez va amenizada con más de 8 canales de TV pública al servicio del régimen, y muchísimas estaciones de radio, diarios, semanarios y páginas web que cumplen el mismo fin adoctrinador, ha dado resultado. Comprendes que el censurar medios de comunicación privados, así como el comprar a los que no han querido plegárseles, ha funcionado. Comprendes, que la existencia de círculos comunitarios “bolivarianos” plegados al Poder en cada barrio de cada ciudad, con 15 años de labor propagandística y en muchos casos, amenazante, han dado el resultado tan deseado por la doctrina castrista que practica el chavismo.

Es en ese momento, que por más que te lo cuente a diario tu familia y amigos en el país, es en el momento que observas por ti mismo como gran parte de la ciudad capital está militarizada con efectivos portando armas largas y equipo anti-motín, que logras comprender el “adormilamiento” y la depresión colectiva que existía en el país. Es cuando reflexionas, que a día de hoy, más de 1.6 millones de venezolanos han emigrado desde 1999, la mayoría con consciencia opositora, con estudios universitarios, la mayoría jóvenes menores de 40 años, muchos de quienes nos opusimos activamente al régimen, mientras vivíamos allí. Es ahí cuando entiendes, que no será tan fácil salir de este hondo pozo social.

El pasar por tantos acontecimientos políticos seguidos adversos, ha desmotivado al venezolano.

A la gente allá le trastocaron el ánimo, la narcotizaron, la transmutaron con vileza y animadversión en seres inertes que vagan por la vida, cual zombies.

Sin embargo, no todo está perdido. La verdad es que igualmente y a pesar de los titánicos inmorales esfuerzos de la dictadura chavista, existe mucho descontento y desafección por el caótico sistema de vida que impera en el país. Es ahora, cuando la oposición tiene que unirse y “sentar cabeza” de una manera más activa y lograr, esta vez sí y de una vez por todas, capitalizar a su favor ese inmenso descontento que lentamente va despertando de esa narcolepsia inducida. Y esto no sucederá, es bien sabido de todos, hasta que no sean capaces de incluir en un sentido amplio, a los sectores más populares del país. A aquellos que en su día optaron por ver a Hugo Chávez como un salvador, un caudillo, un mesías que todo lo resolvería. Pero ese día está cerca. Ya la niebla de la depresión ha comenzado a disiparse.

 

“De Javier Montes de Oca”.

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¡Ésta no es otra canción de amor para Chávez!, por Xóchil Schütz

Por que considero a este artículo, sin lugar a dudas, una de las mejores y más realistas crónicas que haya sido escrito sobre la Venezuela Chavista por un extranjero en los últimos 14 años, en Cascandonueces queremos hacernos eco de las peripecias por las cuales obligaron a pasar a Xóchil en su viaje por Venezuela, “cortesía” del gobierno bolivariano chavista. Humildemente, gracias Xóchil por colaborar como testigo imparcial a ventilar cada una de estas indiscutibles verdades acerca de la pútrida dictadura venezolana…

La poeta alemana Xochil Schütz relata, en clave de crónica, su experiencia y participación en el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas. El espíritu de este texto es descrito por Schütz como las “impresiones del país que se autodenomina Socialismo del Siglo XXI”.

Xóchil Schütz, invitada estrella al X Festival Mundial de Poesía en Caracas, Venezuela.

La poetisa alemana Xóchil Schütz narra el infierno que fue obligada a vivir en una invitación formal a Venezuela por el gobierno chavista.

El viaje para Caracas dura quince horas. Salgo del avión un sábado por la tarde cansada y pegostosa. Antes de presentarme ante los representantes del 10. Festival Mundial de Poesía que me recogerán en el aeropuerto, quiero refrescarme en el baño, pero no tengo tiempo. No he terminado de recorrer la pasarela del avión cuando veo mi nombre en un letrero sostenido por una joven. Paso, conducida por ella, sin tener que hacer la inmensa cola del control de pasaportes, al área VIP del aeropuerto. Está fuertemente vigilada por dos mujeres uniformadas de mirada mordaz.

La sala de aspecto señorial, amoblada con sofás de cuero, tiene aire acondicionado. En las paredes lucen pinturas, la más grande de todas muestra al presidente Hugo Chávez, fallecido en mazo de 2013.

Junto con otros poetas que también esperaban en el área VIP soy conducida a través de la instalaciones del aeropuerto en dirección a la salida. Mi vista se detiene sobre una gigantesca cola de personas esperando. Es ancha y seguro de por lo menos cien metros de largo. La mujer que nos busca me mira y dice: “Esperamos que te guste Venezuela”.

El viaje para Caracas dura cuarenta minutos. Veo montañas y pronto miles de chozas armadas de ladrillos, que se aferran a sus laderas.

Cuando le digo a la joven colaboradora del festival que debo cambiar algo de dinero, me exhorta a que los cambie con ella, de forma personal. Quiere viajar a Europa dentro de poco. La entiendo; aunque su abrupta exhortación y algo en su tono de voz me hace desconfiar. Que el gobierno ha establecido una tasa de cambio extremadamente baja, que los venezolanos tienen dificultades para acceder a divisas y que por eso se pagan altos precios por moneda extranjera en el mercado negro, eran cosas que había leído antes de emprender el viaje.

Más tarde, la joven me ofrece canjear mis euros por un precio que en realidad está 80% por debajo del precio promedio del mercado negro e incluso muy por debajo del cambio oficial. Me siento engañada. Me cuesta encontrar el valor para decirle a la joven que me está ofreciendo muy poco dinero. Cuando me oye, hace como si estuviera enterándose de que existe un mercado negro y me monta una escena de gran sorpresa. Poco después me ofrece un tipo de cambio un poco más alto que el anterior y me explica que debido a que ella trabaja para el Gobierno no puede pagar precios de mercado negro. Acepto el trato (que aún es desventajoso) porque temo que en los próximos días tendré que lidiar con frecuencia con esta joven y no quiero arruinar completamente el de por sí ya incómodo ambiente. A pesar de eso no me siento muy bien.

Seis semanas antes. La invitación es formal y amigable. La Casa de las Letras de Caracas me invita a participar en el Festival Mundial de Poesía. Me alegra mucho, pues me gusta viajar. El Ministerio de la Cultura estaba dentro de los patrocinantes. En Alemania el Estado también apoya este tipo de eventos. No creo que la situación amerite mayor precaución. Cuando Hugo Chávez aparecía en los medios alemanes, su autopromoción me parecía incómoda. Ahora está muerto y yo un poco curiosa. ¿Logró algo políticamente? ¿Es tal vez Venezuela un ejemplo de que el socialismo sí puede funcionar?

Acepto la invitación al Festival. Me informo regularmente a través del Internet sobre la situación política del país. Poco a poco comienzo a dudar: La economía está evidentemente en el suelo. Los medios de comunicación, se lamenta la prensa internacional, se encuentran controlados; el último canal de televisión independiente está siendo comprado por el Estado. De pronto leo que militares han torturado a manifestantes críticos al gobierno. No me suena a socialismo. Suena a dictadura. Pienso en cancelar mi participación en el Festival.

“Tú no eres Günter Grass”, me dice mi mejor amiga. “Tu ausencia no tendría ningún efecto. Y tal vez esas personas lo que están necesitando es poesía”.

Decido emprender el viaje. Poco después recibo el programa del Festival. En la primera página luce una imagen de Chávez. ¿Y esto qué es? No tengo nada que ver con este señor y nada de ganas de dejarme instrumentalizar.

También me pone a pensar el hecho de que yo —como poeta— debo abrir el festival. Con la actual situación política del país me parece un dudoso honor. Considero la posibilidad de citar las palabras de Rosa de Luxemburgo en la tarima: “La libertad es siempre libertad para el que piensa diferente”.

“Eres invitada”, me dice alguien. “No puedes ofender a los anfitriones”. Además de estar en contacto con los organizadores del Festival Mundial de Poesía, también estoy en contacto con el director de la biblioteca del Instituto Goethe en Caracas. Uno de mis talleres sobre la poesía slam tendrá lugar allí. Le escribo que la situación política del país me parece muy interesante. Me responde invitándome a un almuerzo informal con algunos autores críticos al gobierno. Me alegro mucho y me siento aliviada de no ser instrumentalizada por sólo uno de los lados. Sin embargo sigo teniendo una mala sensación respecto a este festival.

El hotel en el que nos hospedamos queda en el centro de la ciudad. Me dicen que no debo salir sola. Caracas es peligrosa. Se trata del antiguo Hotel Hilton que desde hace años pasó a manos del Gobierno de Chávez. Desde entonces no han limpiado las ventanas, las alfombras están sucias y la ducha de mi habitación no funciona. El servicio de habitación me trae el agua que pedí después de una hora. La siguiente simplemente no me la trae. El agua del chorro no es potable. Tengo sed. Comienzo a comprar agua en la tiendita del hotel, que abre de vez en cuando. En el desayuno evito además comer mantequilla. Está rancia.

De los cuatro ascensores del rascacielos funciona normalmente sólo uno. En consecuencia hay que esperar largos e improductivos ratos durante las horas de mayor afluencia. Cuando los huéspedes del hotel nos enteramos de que había un ascensor que sube a partir del segundo piso (mejor que nada), salimos corriendo en competencia para subir por la escalera.

En otra oportunidad me embuto entre el amasijo de gente aprisionada en el ascensor. La gente se molesta. Si el ascensor llega a quedarse parado a mitad de camino, seguro que me linchan.

A veces subo los 15 pisos a pie. Tengo muchas actividades previstas y no siempre tiempo para esperar.

No necesito lujo, pero este hotel no funciona lo suficiente.

Bienvenida oficial. El domingo en la tarde se nos da una bienvenida oficial a los cincuenta invitados al festival en el patio de un museo cercano al hotel. No, en realidad no se nos da la bienvenida. Se nos da un discurso en el que se exaltan los logros del gobierno socialista en el área de la cultura. Luego un segundo discurso, en el cual se exaltan los logros del gobierno socialista en el área de la Cultura. Luego un tercer discurso en el que el director de la Casa de las Letras, institución que nos ha invitado, con una mezcla de fervor y vanidad, expone que fue amigo personal de Chávez y lo grande que es el socialismo.

Durante los siguientes ocho días que estaré en Caracas, escucharé antes y durante cada uno de los eventos las palabras “Chávez”, “Comandante”, “Presidente” y “Patria”. Ya en este primer día su uso excesivo hace que mis oídos no las toleren más. Estoy alterada. Perpleja. ¿Qué es esto?

Es lunes por la tarde. Dentro de poco tendrá lugar la inauguración oficial del Festival en el teatro más grande de Suramérica. Se esperan más de dos mil personas. Me preguntan si quiero decir algunas palabras antes de recitar mi poema. De ser afirmativo, debo decir exactamente qué palabras serán. Respondo que no y me molesto un poco, porque luego del saludo informal que nos hicieron en el teatro, en el que se exaltaron los logros del gobierno en el área cultural del país y se nombró a Chávez al menos diez veces, había pensado de hecho en la posibilidad de decir algo.

Resulta que hay otra presentación antes de la mía: la de Chávez. En una pantalla gigantesca se le ve y se le oye, gesticulando de forma exageradamente sentimental, mientras recita un poema. ¿Este tipo realmente tenía que saber hacer de todo?—pienso. Entonces salgo al escenario. La gigantesca sala está casi vacía. Tal vez unas 300 personas se veían dispersas en ella. De esas 300, a lo largo de la noche, algunas gritan regularmente en coro “Chávez”. Es extraño; tiene un aire de teatro escolar.

Detrás del escenario, para los poetas, hay agua en pequeñas botellas de plástico. Tienen pegada una etiqueta en la que un nombre está impreso en letras gigantes: Chávez. El agua sabe venenosamente a plástico. Tengo sed, pero no me provoca tomarla.

Es martes por la mañana. Junto a mi intérprete voy en un taxi al Instituto Goethe. Allí doy mi primer taller sobre poesía slam. Doce personas, jóvenes en su mayoría, asisten al taller. Hablo sobre la poesía slam, el efecto social y literario que tiene… y que eventualmente no tiene. Escribimos textos acerca de la realidad social, los recitamos al grupo y los discutimos. Todos hablan libremente y ninguno grita “Chávez”. Es sólo luego de que recito mi texto recién redactado, que pregunta si Venezuela se está convirtiendo en una dictadura, que el ambiente cambia: una participante del taller desmiente con ahínco que la libertad de expresión se encuentre limitada en el país. Otros responden con indignación que en la Universidad ya no se puede hablar libremente por miedo a posibles consecuencias. Suena inquietante. No. Suena aterrador.

Dos jóvenes participantes deciden fundar un slam de poesía. Por supuesto es algo que me alegra.

Después del taller tiene lugar el almuerzo informal con el director de la biblioteca del instituto, su compañera de trabajo y dos artistas críticos al gobierno. Ambos artistas boicotean el festival por ser organizado por el Gobierno. Me entero de que la antes independiente Casa de las Letras, de la que recibí la invitación al Festival, fue tomada desde hace tiempo por personas leales al gobierno. Recuerdo entonces al fervoroso-vanidoso amigo de Chávez que nos “saludó” el domingo y ya no me sorprende nada.

La autora crítica al gobierno me dice que con su arte sólo intenta poner orden en el caos que causa en ella la situación política y social.

Me siento en sintonía con las personas en la mesa y no quiero irme. El almuerzo se extiende. Mi intérprete debe recordarme repetidas veces que ya es hora de partir: debemos regresar al hotel y después seguir a una lectura.

Nos despedimos afectuosamente y corremos bajo la lluvia tropical a lo largo de una calle.

La Limonera. Junto a otros autores un pequeño autobús nos lleva poco después a una lectura en un complejo habitacional en las montañas. El complejo se llama “La Limonera” y al parecer el difunto presidente Chávez ordenó su construcción para familias de bajos recursos que quedaron sin techo debido a catástrofes naturales. A mitad de camino, se sube al autobús un hombre de aspecto atlético y cabello largo. Me aborda llamándome “camarada” y me explica con voz pretenciosa que dentro de poco me encontraré con personas que nunca habían estado en contacto con la cultura. Ahora el socialismo les lleva cultura. Pareciera que estuviese hablando de animales a quienes juntos pudiéramos civilizar. Profundamente conmovido me dice luego que ama a Chávez. Le digo: “Pero parece que no a todo el mundo le pasa lo mismo”. Se molesta y dice fervorosamente: “NOSOTROS lo amamos. NOSOTROS lo amamos.” A más tardar en este momento me doy cuenta que la situación en este país es totalmente diferente a todo lo que he conocido hasta ahora.

Las casas del complejo tienen dos años de construidas. Utilizo el diminuto baño de una de las familias que viven allí, porque se pensó en llevarles cultura a estas personas, pero no en poner un baño a disposición de los autores. La puerta del baño tiene ya un enorme agujero. Y la cerradura de la puerta también está dañada, cosa que compruebo unos momentos después: no puedo abrirla. La amable familia necesita largos minutos y la ayuda de herramientas para poder liberarme. Me siento incómoda y desconcertada. No necesito lujo, pero un Estado que ni siquiera puede fabricar puertas y cerraduras que funcionen me parece débil.

El recital de poesía y la apertura de la actividad se retrasan por la misma razón que la inauguración se retrasó: un político socialista, que estaba en el programa, nos hace esperar para terminar no apareciendo.

Hace frío aquí en las montañas. Nadie nos avisó con antelación y ahora morimos de frío. Entretanto ya se hizo de noche. Nadie nos ofrece algo de comer. Tenemos hambre. También tenemos sed, pero nadie nos ofrece algo de beber. De pronto ya no puedo más y colapso. Necesito recostarme.

El recital comienza tarde, pero comienza. Sin mí, pero los escucho. El director de la Casa de las Letras, presente en el evento, entona himnos de alabanza a Chávez. El numeroso público está entusiasmado. Se escuchan los primeros gritos de “Chávez”. Los poetas venezolanos invitados recitan poemas de alabanza a Chávez. Estoy recostada en el asiento de atrás del autobús que nos trajo aquí. Poco antes de mi turno, me obligo a salir del autobús y a subir al pequeño escenario al aire libre. Un pequeñín tambalea al micrófono y dice que Chávez una vez lo abrazó y que lo ama. La multitud está emocionada. Estoy segura que en cualquier momento en Venezuela Chávez será declarado santo y se convertirá en religión. Tengo la sensación de que nadie me creerá esto en Alemania. Pero en Alemania nadie tiene idea de lo que está pasando aquí.

Ya se hizo de noche. Durante el viaje de regreso al centro de la ciudad, que dura una hora, el socialista de cabello largo que ya había conocido camino a la lectura, reparte clementemente pequeños pedazos de pizza fría y vieja, como si estuviese repartiendo la Sagrada Cena. Siento ganas de reír, pero no puedo. Estoy hambrienta y sobre todo muerta del cansancio.

Miércoles por la tarde. Vamos en taxi a una escuela, en la que daré mi segundo taller. Somos mi intérprete, yo y una mujer hasta ahora desconocida que nos acompaña. Dice trabajar en la Casa de las Letras y tiene un aspecto pedantemente fiel a la línea, tal como me imagino a una funcionaria del Ministerio para la Seguridad del Estado (de la República Democrática Alemana). Me siento incómoda, en el sistema incorrecto y no tengo ganas de conversar. Prefiero ver por la ventana. Al borde de la calle veo repetidamente colas de personas. Que los venezolanos deben hacer cola para comprar papel higiénico, jabón y mantequilla es algo que ya escuché. Que tienen que hacer cola para poder tener un puesto en un autobús era algo que no sabía. Siento compasión, pero al mismo tiempo recuerdo a una venezolana que me dijo que la gente aquí se toma los inconvenientes con humor.

La escuela queda al borde de un barrio. El taxista tiene miedo de atravesarlo. Pasa una hora mientras conseguimos un camino más seguro a nuestro destino. Llegamos demasiado tarde.

Un profesor muy entusiasmado de unos cincuenta años aproximadamente nos espera en la calle. Nos grita permanentemente camino a la escuela como si fuéramos sordos. Entramos a las instalaciones. A causa de su construcción abierta y techos altos, el ambiente es insoportablemente ruidoso. Todo retumba. El profesor tiene que gritar para presentarnos a los estudiantes. La funcionaria socialista que nos acompaña tiene que gritar para alabar al gobierno. Tengo que gritar al recitar mis poemas e intentar conversar con aproximadamente ochenta chicos de trece años.  Es complicado, pero de alguna forma lo logro. Al finalizar el taller, el profesor me acerca una bandeja con pasapalos que los alumnos han preparado para nosotros. Estoy conmovida. Los alumnos son cordiales, quieren autógrafos y tomar fotos de recuerdo con sus teléfonos celulares. Al finalizar, el profesor me entrega solemnemente un montón de hojas metidas en una carpeta pegajosa. “Mis poemas”, me dice. “Puedes publicarlos en Alemania”. Siento que me exige demasiado, al fin y al cabo ni siquiera hablo español.

Otros eventos. Regresamos al hotel y poco después tenemos que seguir a la próxima lectura. Tiene lugar en el patio del Ministerio del Poder Popular para la Educación. Este evento no estaba en el programa del festival que me habían enviado.

Junto a tres autores internacionales hay diez autores venezolanos invitados que alaban a Chávez fervorosamente. El público está entusiasmado. Abandono la tarima antes de tiempo porque simplemente no puedo soportar la propaganda permanente. Me prometo nunca más viajar a una dictadura. Más tarde escucho a una cantante cantar con total entrega una canción de amor para Chávez.

Después de la actividad una mujer del público se acerca a mí. “Obama loco”, dice. Y luego dice: “Merkel loca”. A pesar de que no hablo español, conozco la palabra “loco” y sé lo que significa. La mujer espera que yo por lo menos asienta con la cabeza, expresando que estoy de acuerdo. Cuando en vez de eso digo “No”, me asusto porque siento que me va a atacar físicamente.

Jueves, viernes y sábado se llevan a cabo más recitales. Siempre están invitados, junto a nosotros, los autores internacionales, numerosos autores venezolanos que entonan cantos de alabanza a Chávez y llaman a la lucha de clases. ¿Será que es un intento de impedir que la gente siga dudando del resultado de las elecciones ganadas por el hijo de crianza de Chávez, Nicolás Maduro? ¿O de unirse a la oposición?

Cuando es mi turno en un teatro grande, ante un público bastante numeroso, después de dos horas de “poesía-propaganda”, digo: “Cuando nos amamos, no necesitamos ninguna lucha política”. Más o menos la mitad del público aplaude prudentemente. Los demás hacen un absoluto silencio. Un hombre se enfurece. Mi frase fue decente. Sin embargo, la siento casi peligrosa.

El Gobierno de Chávez comenzó a ofrecer en Caracas un festival gratuito (“la ruta nocturna de los museos”) los fines de semana. Tiene el objetivo de hacer posible a los jóvenes de los barrios el contacto con la cultura, sin costo alguno. Son precisamente este tipo de acciones las que en medio de todo reducen mi incomodidad, me hacen poner en tela de juicio mi creciente rechazo por este Estado. A mí estos festivales me parecen algo bueno. Incluso estoy contenta de presentarme allí.

Por la tarde tengo una entrevista con la televisora cultural más grande del país. Me dicen que debo decir frente a las cámaras lo que significa Chávez para mí. Me rehúso y le explico al empleado de la televisora que la poesía es independiente. Me ven con sorpresa. Una vez más tengo la sensación de estar en un mundo distinto al que conozco.

Aproximadamente tres mil personas, bien dispuestas, asisten en la noche. Están contentos de escuchar, después de la presentación de un grupo musical, poemas en alemán y su traducción. Estoy sorprendida de la increíble recepción que tengo —sin necesidad de exclamar ante el público “Chávez”, “Comandante” o “Presidente”. Los poetas de Francia y Palestina mantienen otra posición: el poeta slam francés es evidentemente fanático de Chávez, la poeta rapera palestina está feliz de que Chávez en algún momento tuvo una posición crítica con respecto a Israel. En general he comprobado que algunos de los autores internacionales sienten entusiasmo o al menos simpatía por Chávez, mientras que otros aún no se han ocupado de informarse sobre la situación política del país.

Como ya antes de emprender este viaje, me gustaría saber si hubo autores que rechazaron la invitación porque no quisieron viajar a este sistema.

Domingo al mediodía. Mi partida se aproxima. La despedida de algunos de los jóvenes colaboradores, quienes nos atendieron en la oficina del festival en el hotel, es cordial, casi familiar. Muchos de ellos fueron francos, comprometidos y bastante encantadores. Me siento irritada una vez más. ¿Es posible que gente tan simpática apoye a una dictadura y que eventualmente la ayude a construir? Ninguno de ellos quiso hablar sobre Chávez sin que yo se lo pidiera. Mi “colaborador favorito”, un verdadero sol, me pide que le recomiende más poetas slam: quiere invitarlos a Venezuela el año que viene, para organizar más talleres y eventos literarios para que la poesía slam sea conocida en el país.

Recuerdo al director de la biblioteca del Instituto Goethe, quien me dijo durante nuestro encuentro el martes, ya en confianza: “Ya escuchaste autores críticos. Pero ve también el otro lado; ellos te invitaron y están muy interesados en el tema de la poesía slam“.

Nos dirigimos en autobús hacia el aeropuerto. Como siempre cuando recorro Caracas, me llaman la atención las innumerables paredes de edificios que tienen grafitis e imágenes que alaban fuertemente a Chávez y a Maduro. La simbología recuerda a la de Corea del Norte, la antigua República Democrática Alemana, la Unión Soviética: los mandatarios se presentan desde una perspectiva que los hace tener un efecto abrumador. Hay que levantar la vista hacia ellos. Estoy feliz de no tener que verlas más. La propaganda es tediosa, parcializada, me altera.

Maduro, quien se aferra al poder, también tiene fama de tedioso. “Ni siquiera le gusta a mi abuela”, me comentó una venezolana. “Y ella fue una verdadera chavista”. Pero en las paredes de los edificios dice: “Chávez dijo que eligieran a Maduro”. Así que. Bueno.

La clase media se desangra bajo la situación política actual, me comentaron convincentemente: trabaja más de lo que es bueno para la salud y de todas maneras el dinero no le alcanza para vivir. Pero la clase baja es inmensa. Y por supuesto prefiere vivir, en vez de en la calle, en uno de los nuevos rascacielos sin ascensor construidos baratamente por el Gobierno. Y si los choferes de metro son presidentes y señoras que limpian influyen de forma decisiva en círculos literarios —y lo pueden hacer en la Venezuela actual, según me informaron de forma muy convincente— estamos frente a una especie de “Sueño Americano” que evidentemente motiva a muchas personas. Irónicamente. Porque se odia a los Estados Unidos.

Tal vez las limosnas y las acciones por los pobres sólo son una forma de tapar el hecho de que el Estado es profundamente corrupto. Esa opinión la escuché muchas veces de venezolanos. No puedo juzgar eso tras apenas unos pocos días en el país.

La joven colaboradora del festival que a mi llegada cambió tan desfavorablemente mi dinero me abraza fuertemente al despedirnos en el aeropuerto y me dice que tenemos que mantenernos en contacto, pase lo que pase. Estoy asombrada. ¿Será que tiene mala conciencia? ¿O tal vez no tiene consciencia de qué es justo y qué no? No lo sé. Más tarde alguien dirá: “Ni lo uno ni lo otro. Está echada a perder. El sistema político la ha deformado tanto que se acostumbró a ser falsa”.

Nosotros los autores no esperamos tanto como los demás viajeros. Pero igual al salir por el aeropuerto tenemos que esperar. Sólo en la cola del control de pasaporte pasamos una hora y media. Cansa. Altera. Otra media hora había pasado cuando revisaron nuestras maletas.

En general: equipaje: Todos tenemos más de lo que teníamos al entrar al país. Nuestros honorarios nos los dieron en efectivo, en moneda local. A causa de las diversas tasas de cambio existentes en el país no se puede cambiar ese dinero en ningún otro país del mundo. Así que no nos quedó otra sino gastar todo el dinero. Por supuesto fue divertido. Pero hubiésemos preferido utilizarlo para pagar nuestro alquiler.

De regreso en casa sigo preguntándome si verdaderamente acabo de visitar una dictadura. La omnipresente propaganda en Caracas me molestó inmensamente. Así como el hecho de que la política dominó de forma casi absoluta al festival, intentando vender propaganda como arte y así degradar al arte al nivel de propaganda. Pero, ¿eso es suficiente para decir que se trata de una dictadura?

Un oriundo, a quien le pregunté si en Venezuela existía una dictadura, gimió: “Ni nosotros mismos lo sabemos”.

Un autor de Haití con quien conversé opinó: “No puedes aplicar a una democracia latinoamericana la misma escala que a una europea” —¿Y por qué no?

La autora crítica al gobierno que conocí en el almuerzo organizado por el Instituto Goethe dijo: “Venezuela es una dictadura del siglo XXI, se oculta detrás de una máscara de democracia”.

No soy inexperta en el tema de entender sistemas políticos. Pero éste no lo entiendo. La sensación de confusión no quiere disiparse. Mientras más intento entenderlo, más tengo la sensación de que en mi cabeza hay un insecto gigante, que no quiere salir. Tal vez su nombre sea, de hecho, “dictadura”.

Autora: Xúchil A. Schütz, poetisa alemana nacida en 1975, escritora, poeta-performadora, politóloga y editora.

Un vagón entre Sant Jordi y la Virgen de Coromoto por Javier Montes de Oca

Tengo una conexión con el transporte público. Hace años que no conduzco, porque detesto los coches sincrónicos. Si todos fueran automáticos, otro gallo cantaría. Sin embargo, no existe nada como el Metro. Además es una puerta a lo desconocido. Cuando llego a una ciudad y lo tomo, es ese subterráneo que como una lombriz, excava tierra a su paso y me arroja hacia una zona de la ciudad que no conozco. Puerta a lo desconocido, precisamente.

Además en el Metro de Barcelona, suceden cosas. No sé bien aún qué sortilegio de conexión tiene con el Metro de mi ciudad natal. Pero, desde que vivo en Barcelona hace tres años, he salido de pronto, misteriosamente, por alguna estación del Metro de Caracas. ¡Sí, en Venezuela! Recuerdo, la primera vez, entré por la Línea 1 en Clot como de costumbre. Había un puesto vacío, a las seis de la tarde un viernes. Nada extraño, se escuchó el pitido que marca las estaciones. Glòries, primero. Marina, después y para rematar Arc de Triomf. Bajaba en Urquinaona, justamente tenía que gerenciar algo en el consulado de Venezuela, ubicado en Plaça Urquinaona.

Voy con mi bufanda, mi gorro y mis chaquetas por la escalera mecánica cuando empiezo a no creer nada de lo que se me atraviesa. Comienzo a sentir un olor que me es conocido, aunque lejano, a sentir en la piel un efecto que hacía años que no sentía. ¿Qué ocurre?

Camino lentamente y en el vestíbulo de la estación comienzo a ver personas más morenas de piel, ni una sola chaqueta, bufandas mucho menos. De repente, todo el mundo se ha metamorfoseado. Me pasa al lado una chica bellísima hablando por móvil: ¿Mi amor, me oíste lo que te dije ahorita? Todo, en un excelso acento caribeño que me era tan conocido, que me pertenecía tanto. Pensé: ¡Cómo hay venezolanos en Barcelona! Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo! Tenía que soñar. Salí y no supe cómo, porque habían cambiado los torniquetes y ni siquiera lo habían anunciado. ¡Qué descuido y eso que acaban de aumentar las tarifas!

Me dirijo al operario de turno y qué sorpresa al verlo algo bajo, con un mostacho a lo Pancho Villa y bastante moreno de tez. Le explico la situación y sin entenderme nada, dice:

─ Pasa por ahí mijito, y no vuelvas a perder el ticket, ¿ok? –con aquel dejo característico del Mar Caribe.

Atónito le agradecí en su mismo acento y pasé por la puerta que había entreabierta. Y ¿cuál no sería mi sorpresa al leer que en la estación no ponía Urquinaona sino La Hoyada?

Subí la escalera y de repente me sumergí en la caótica urbanidad de Caracas, la otrora “Sucursal del Cielo”. No podía ser verdad, pero el olor a comida venezolana y el sonido típico de las bocinas de los coches y el acento de los transeúntes, no podía dejar pie a dudas. ¿Sería la estación de Urquinaona un portal a la céntrica estación La Hoyada de Caracas? Podía averiguarlo. Corrí de nuevo a la estación y compré un billete en moneda local que me apañé para conseguir con trucos de baqueano.

Entré apresurado a los vagones del Metro de Caracas y sin hacer caso de en qué dirección iba tomé el primero, me bajé en Bellas Artes y esperé al siguiente en el sentido contrario. Al llegar, descendí en La Hoyada, subí las escaleras trotando y de repente una fuerte corriente de aire frío me daba en el pecho. ¡Hostia! Había dejado la bufanda en Caracas. Me constiparía con el aire de la Barcelona primaveral.

Metro_Hoyada-Caracas-Barcelona-Relato-Blog

Seguí caminando, pero el vestíbulo del Metro había cambiado, y drásticamente. No había nada escrito en catalán, sino que toda la señalética estaba sólo en castellano. ¡No podía creerlo!