Una expedición cualquiera.

Los contados encuentros con los Taromenanes se han saldado con sangre.

Como guardaparques con trayectoria en el Yasuní, puedo asegurar que lo único que me asusta en esta vastísima extensión verde, es la leyenda de la existencia de este pueblo originario.

Largas y gruesas gotas de sudor surcan mi frente, resbalan por sobre mis ojos y se precipitan hacia el vacío. Se entremezclan con la humedad de la tierra mojada, con el denso manto de hojas y con quién sabe qué enorme cantidad de materia viva y muerta que puebla los suelos de lo más profundo de la selva amazónica ecuatoriana.

Yo iba a la cabeza de un pequeño grupo de exploradores, científicos y guardaparques armados que intentaban hacerse camino a base de machetazos certeros en las ramas. La verdad nuestra exploración, aunque sabíamos de sobra el peligro que conllevaba, acababa de tomar un cariz aún más oscuro: acabábamos de conseguir sus trazos inconfundibles.

Según nos explica el antropólogo de la expedición, Saturnino González, los dobleces que les efectúan a algunas ramas a la altura de nuestros brazos son muy particulares, puesto que las plegan primero hacia abajo y luego, nuevamente hacia arriba. La única finalidad de este proceder es el de hacerlas servir de guía, el de ayudarse a orientar sus zancadas en sus tierras ancestrales, el Parque Nacional Yasuní.

El fin de esta expedición es el de documentar cualquier tipo de rastro dejado por los Taromenanes, un pueblo en aislamiento voluntario, que no ha deseado ser contactado por ningún occidental. Ni siquiera por ningún otro pueblo indígena. Se calcula que a duras penas alcanzan los 300 individuos, aunque los datos son escasos e inexactos.

Como guardaparques con amplia trayectoria en el Yasuní, puedo asegurar que lo único que realmente me asusta en esta vastísima extensión verde, es la leyenda genuina de la existencia de este pueblo originario. Los contados encuentros con los Taromenanes se han saldado con sangre, ya que éstos, a fin de dejarle claro al mundo que no desean ningún tipo de intromisión en sus peculiares vidas, no dudan en arrojar con fuerza hercúlea sus lanzas de casi 3 metros de extensión y con puntas serradas para evitar que salgan del cuerpo de la víctima sin desgarrar irreparablemente los órganos. Además son confeccionadas con ligerísimas plumas para otorgarles una dirección y una aerodinámica que el propio Robin Hood hubiera envidiado.

Luego de acorralar a los indeseados visitantes como jaguares sigilosos, una lluvia de lanzas arrojadas mediante unos certeros artefactos elaborados en madera, caen sobre sus desapercibidas víctimas y cuando éstos se encuentran ya agonizantes, son rematados con veloces saetas. Esta escena, sólo ha logrado recrearse tras el posterior análisis de la escena de estos crímenes tribales y gracias a los relatos de algunos niños agonizantes en el hospital de la población cercana de Coca. Nadie ha sobrevivido a estas precisas emboscadas en la selva.

Tras una larga semana durmiendo en nuestras tiendas de campaña y sufriendo las constantes picaduras de cualquier tipo de insectos inimaginables, a los cuales yo ya estaba suficientemente acostumbrado; sin embargo, mis compañeros venidos de las cómodas ciudades de Quito y Guayaquil, bastante mal que lo estaban llevando; tenemos algún tipo de indicio para alegrar el semblante.

Según Alberto Quishpe, el joven y fornido zoólogo de barba que nos acompañaba, no existía en la selva amazónica ninguna especie de animal que acostumbrara realizar este tipo de dobleces en la vegetación. Hasta ahora, sólo se le ha documentado este comportamiento a los tagaeris, la otra etnia de ‘no-contactados’ de la región y a los feroces taromenanes.

El pequeño grupo compuesto por seis especialistas de las principales ciudades del país y por mí persona, a cargo de intentar llevarlos a buen resguardo e indicarles el camino por estas peligrosas trochas del Yasuní, decidió pernoctar una noche más y proseguir mañana al alba. No obstante, esta noche sería la más tensa después de nuestro reciente hallazgo: tendríamos que hacer turnos de vigilia con las escopetas preparadas. Y esta noche, no se debería exclusivamente a las fieras.

  • ¡Hey Tomás, despierta hombre que te toca! ¡Vamos coño, que muero de sueño! –escuché que me dijeron y acto seguido, me zarandearon por un brazo.

Abrí los ojos y observé el rostro de Saturnino, a quien realmente se le notaba el cansancio en el semblante. Me despertaba para relevarlo.

  • Todo está súper tranquilo allá afuera. Ni rastro ni de animales ni de indios – me dijo lacónicamente, puso la cabeza en la incómoda almohada de camping y pegó los ojos.

Tomando fuerzas, me levanté de un salto, cogí el impermeable ya que llovía suavemente y levanté la escopeta de la piedra donde me la había dejado el antropólogo.

Haciéndome un café muy cargado, ya que el sueño no quería abandonarme, y la lluvia ayudaba a arrullarme, me senté en una terrible silla plegable a la entrada del par de carpas donde dormían plácidamente mis compañeros de expedición, oteé el horizonte y traté de aguzar mis sentidos de guardaparques experimentado. Nada parecía perturbar la paz, salvo el sonido lejano de algún ave nocturna y de los numerosísimos anfibios que pueblan la selva ecuatoriana.

Y se hizo la noche. Mi noche particular. El silencio. El sueño. La nada. Lo siguiente que recuerdo me acompañará el resto de mi vida. Abro los ojos y era ya ese momento de la mañana que precede al alba. ¡Me había quedado dormido! Me miro y sentí como me mareaba del susto.

¡Tenía marcas rojas frescas en todo el cuerpo! Las huelo. Eran de sangre, pero no eran mías. Me incorporo corriendo, tumbo la silla, trastabillo y me caigo al suelo. Me levanto, corro a las carpas. De nuevo, el silencio, la nada. El horror. Los tres cuerpos en la primera carpa yacían inertes, atravesados por poderosas lanzas negras serradas. Palidecí. Entendí que probablemente las pintarrajeadas en mi cuerpo, serían sangre de mis propios compañeros.

Corrí a la segunda carpa. Aquella donde horas antes dormía tan cándidamente. ¡Visión apocalíptica! Se repetía la escena. Sus tres ocupantes lanceados con saña en sus torsos. Ninguno de los seis respiraba.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no había escuchado ni un ruido? Y aún más, ¿cómo es que me habían perdonado la vida los taromenanes? Quizás mis rasgos indígenas, les habían valido como un salvoconducto clemente.

Sea como sea, mi conocimiento de la selva me ayudó a tomar un camino más transitado en mi rápida huida (escopeta en mano) por la selva, de regreso al puesto más cercano de guardaparques del Yasuní.

Dejé la selva para siempre. Y pedí cambio para las oficinas del Ministerio del Ambiente en Quito. Hoy en día aún no logro entender porqué me quedé dormido de esa manera.

Hoy en día, no logro entender porqué no escuché ningún ruido en ningún momento. Sólo unos expertos antropólogos en lenguas amerindias, opinan que las marcas en mi piel efectivamente realizadas con sangre de los asesinados, representaron un aviso por parte de los ‘no-contactados’ de “no vuelvas más nunca por nuestras tierras”. Hoy en día, le estoy contando esto al psiquiatra que me trata desde hace años.

“De Javier Montes de Oca”