Relato Breve Javier Montes de Oca

La isla que los criollos llaman Ayiti

Relato Breve Javier Montes de Oca

Irremediablemente en un par de minutos, comenzó a sentirse profundamente mal y antes de que ya no pudiera valerse por sí mismo, se dejó guiar por el bokó montaña arriba.

Toussaint se adentra en lo oscuro de la selva caribeña. Lleva colgando un saco de paja para recolectar las hierbas necesarias para su encargo. Hasta ahora ha recogido algo de Datura Metel y otro poco de Datura Stromonium. La Mucuna Pruriens, sin embargo, le ha costado mucho más. Este árbol no se encontraba en época de floración en la isla. La escopolamina y la atropina, ingredientes imprescindibles para lograr su cometido, las había adquirido esa mañana a un colega Bokó que había conocido hacía poco en el Zobop que frecuentaba.

Cuando decimos bokós nos referimos a poderosos hechiceros haitianos practicantes del Vudú más oscuro imaginable. Se dice de estos bokós, que “trabajan con ambas manos”, es decir, que perfectamente pueden prestarse para los hechizos más perjudiciales, siempre que les paguen por sus “trabajos”. Los Zobop por su parte, son agrupaciones de estos brujos, casi delictivas, reunidas para sumar poderes y cubrir sus fechorías mutuamente.

De esta manera, el enjuto brujo haitiano, bajito y esquelético, ya había recopilado todo lo que requería para el cometido que le había designado un forastero venido de una aldea lejana del otro extremo de la isla, que respondía al apodo de Narum Elié. Por cierto, que el pago por sus servicios había sido entregado por este forastero de manera sorprendentemente veloz y además, por un monto superior a su tarifa standard. De regreso ya en su oscuro y sucio rancho apestoso a alcohol, hierbas y a carne descompuesta a las afueras de la aldea de Mombin-Crochu, Toussaint colocó sobre la corroída mesa de madera, y por separado, cada manojo de hierbas recogidas durante ese anochecer. Luego, se dirigió a la humilde despensa y recogió los frasquitos de vidrio que contenían los temibles venenos naturales que había adquirido esa mañana.

Sin embargo, todo ese esfuerzo se vería reducido a un trabajo chapucero si Toussaint no hubiera comprado en el mercado de la aldea, un hermoso pero letal Pez Globo caribeño, el cual es capaz de producir la toxina natural más mortífera jamás conocida por el ser humano: la tetradotoxina. Acercándose con sus pasos cansados a su vieja y herrumbrosa nevera, sacó el animal de la misma, lo colocó en una tablita de madera, y con maestría, aprendida de su maestro bokó durante largas veladas despierto, cortó sus órganos sexuales, bilis y vísceras, lugares donde se almacena todo el poder asesino de esta toxina. Una vez que hubo extraído la dosis necesaria, Toussaint machacó con una piedra todas las yerbas y agregó rociada la tetradotoxina.

Colocando el fino polvillo blanco en un cuenco, ya tenía la primera parte del trabajo listo. A continuación, se dirigió a un cobertizo anexo a su rancho y comenzó a cavar en la tierra un profundo hoyo. Mientras le infligía estas heridas al suelo de la montaña donde moraba, bebía unos tragos de su anís isleño, a la par que lo escupía sobre el hueco. Tras finalizar mediante suaves pero constantes golpes de pala, se cambió la ropa y se vistió con sus galas de bokó: su sombrero de paja que lo identificaba como un Houngan, o brujo de la magia blanca haitiana y su chaleco típico que venía a complementar el atuendo de su fe. Acto seguido, tomando el cuenco con la poderosa mezcla y escondiéndolo en su saco de paja, se encaminó montaña abajo, hacia el centro de Mombin-Crochu, sólo iluminado por la luz de luna. Al cruzar una lúgubre esquina, lo percibió. No recordaba haber llegado nunca tan rápido. Era el bar de Maman Mergena lo que buscaba. Se había citado días atrás con Selvandieu, con la excusa de realizar un negocio con sus cabras. El campesino, oscuro como la noche, ya estaba allí bebiéndose un ron barato.

  • ¡Selvandieu, si ya estás aquí! Discúlpame la demora. He debido sacrificar a una cabra que se me puso enferma – mintió el bokó en su lengua créole.
  • No pasa nada, Toussaint. Me estoy bebiendo un ron delicioso en tu honor – le dijo socarronamente el campesino.

Tragos iban y venían, mientras discutían de animales, cosechas y mujeres. En un determinado momento que Selvandieu debió dirigirse al baño, Toussaint rápido como el rayo, sacó su cuenco y lo vertió íntegro en la bebida del pobre incauto.

  • Pufff, ¡vaya meada que necesitaba! – dijo ya ebrio, mientras apuraba su trago hasta el final.

Irremediablemente en un par de minutos, Selvandieu comenzó a sentirse profundamente mal y antes de que ya no pudiera valerse por sí mismo, como un títere con dificultad, se dejó guiar por el bokó montaña arriba. En pocos instantes, y con el tiempo justo hasta llegar al cobertizo del brujo, el pobre negro perdió el conocimiento y se desvaneció por completo en los brazos de Toussaint. La siguiente etapa del embrujo había culminado con éxito.

Toda la maquinaria del Hechizo Zombie Vudú de Toussaint se había puesto a trabajar a favor de sus oscuros propósitos. Resulta que Narum Elié y Selvandieu tenían unas cuentas pendientes desde hacía aproximadamente una década, cuando este último sedujo a la prometida de Narum. Nunca se produjo la reconciliación y ahora éste venía a cobrarle sobradamente lo que Selvandieu le había arrancado. Conocida entre los afectos al Vuduismo la fama como bokó de Toussaint, Narum había recorrido media isla para ir en su búsqueda. Le había encargado realizarle a su enemigo el peor de los castigos vivientes: el hechizo de zombificación.

Toussaint, colocó sus dedos en las fosas nasales del embrujado y sintiendo su debilísima respiración con maestría, invocó a sus Loas, entidades sobrenaturales del Vudú, principalmente al Baron Samedi, espíritu burlesco de la muerte y los cementerios. Cuando estuvo seguro de la respuesta del espectro, agarró con fuerza el cuerpo del agricultor y con solemnidad lo colocó en la fosa que había cavado. Luego, con bruscos golpes de pala, cánticos al Baron y escupitajos de ron, el trabajo quedó sellado.

Cuarenta y ocho horas después, tras los numerosos cantos de los gallos silvestres que poblaban estas zonas rurales de Haití, el hechicero se despertó como de costumbre. Se colocó su sombrero de paja típico y otras ropas limpias de bokó. No quería levantar sospechas en la autoridad, si bien, su fama era de sobra conocida y no sería ni la primera ni la última vez que practicaría este rito de “ambas manos”. Un instante después llegaría Narum Elié, quien tenía que certificar, como es lógico, que el encargo hubiera dado los frutos deseados. El sabor de la venganza le estaba carcomiendo las vísceras. Luego de intercambiar saludos y de encomendarse a sus loas, Toussaint lo guió hasta el cobertizo. En la tierra pelada, encima del montículo que señalaba el brujo, podía distinguirse una cruz blanca clavada, junto a un sombrero, un habano y una botella de ron, pistas indiscutibles de la presencia nocturna del Baron Samedi.

El conjuro sería llevado a cabo esa mañana. Ambos hombres cogieron sendas palas y tratando de no golpear al cadáver, lo desenterraron por completo y lo sacaron del foso. El bokó comprobó la débil respiración de la víctima y midió su pulso ¡Selvandieu aún se encontraba completamente vivo!

Demandándole su correspondiente autorización al Baron Samedi, señor de los muertos, para “resucitar” al campesino, Toussaint logró reavivarlo en poco tiempo. Abriendo los ojos, éste mostraba una expresión completamente perdida, uno ojos sin vida. Con rapidez, saltó a los anaqueles y buscó los frasquitos con escopolamina y atropina y mezclándolos como una pasta amorfa blanquecina, se la dio con total facilidad al revivido.

Estos potentes alcaloides afectan de gran manera al cerebro y al sistema nervioso, y aunado al terrible coctel que Toussaint le había suministrado tan sólo unas 48 horas antes, Selvandieu había sufrido un daño irreparable de por vida. El Baron Samedi, a través de la magia negra del bokó había engendrado un nuevo zombie para la nación caribeña. Narum saltaba de alegría. Profirió terribles insultos y vejaciones al pobre campesino, que sólo atinaba a emitir unas voces nasales de ultratumba, la mirada blancuzca errante.

  • Haga lo que haga, jamás debe de probar la sal. Un alimento salado para tu Zombie y puedes despedirte del mundo – le advirtió el brujo.
  • Comprendido maestro, este infeliz ahora sabrá lo que es bueno – respondió el iracundo hombre.

El destino de Selvandieu acababa de ser sellado por el resto de su miserable vida. El causante del horrible flagelo que padecería, había decidido ya su suerte: poseía una extensa plantación de caña de azúcar y utilizaría a su enemigo como esclavo hasta el fin de su vida. Y sin jamás poder rebelarse.

El bokó le había fabricado un esclavo perfecto: un enemigo que trabajaría sin cansancio, sin quejas, con la mirada perdida, sin apenas poder articular palabra y sin pedirle nada a cambio. Agarrándolo por un brazo lo metió en su jeep y se lo llevó montaña abajo, a su pueblo, a trabajar durante años completamente narcotizado y con el sistema nervioso permanentemente hecho añicos.

Toussaint, bebiéndose un trago puro de ron, realizó sus oraciones a los loas y agradeciéndoles por haber acabado con éxito un nuevo embrujo zombie vudú, se dirigió a la selva a por más semillas tóxicas. Esta noche tenía reunión de Zobop y no quería llegar tarde. Un nuevo día tenían por delante todos los habitantes de esa hermosa isla caribeña que los criollos llaman Ayiti.

“De Javier Montes de Oca”

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El “Scratch” por Javier Montes de Oca

El Upsetter Lee Perry en su Black Ark Studio antes de incendiarlo.

Lee “Scracth” Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar bendito y nadie lo haría cambiar de opinión.

─ Te digo hermano, que lo siento en el ambiente. Malos espíritus nos acechan, rasta –sentenció con cautela y algo de nerviosismo, los ojos desorbitados, el talentoso músico de cuarenta y siete años, mientras se mecía la barba.

─ No es cierto, rasta, está imaginando cosas. Esto está quedando estupendamente bien –mintió el joven mientras se revolvía en su silla, conociendo el temperamento exacerbado del Maestro. Tragó grueso y se apartó los dreadlocks de la cara.

─ Qué sí, rasta. Esto está muy feo. Hay una presencia de la Babilonia en el ambiente, hermano. Así no puedo seguir grabándote. Además, no me mientas, rasta, mi concentración ha sufrido un declive inesperado. No hago sino cagarla todo el tiempo, ¡estoy jodido! –gritó el gran Upsetter asestándole un puñetazo tal a la consola de grabación de cuatro canales del Black Ark, que se dejó marcada en su negra mano, varias clavijas.

El glorioso estudio de grabación ubicado en las afueras de Kingston en un terreno de la propiedad de Lee “Scratch” Perry, justo aledaño a su residencia, había conocido mejores épocas. ¿Y quién podía dudarlo?

─ ¡Tranquilo, Upsetter! Usted es el más grande productor que esta isla haya conocido. Por eso, me honra magnamente que haya aceptado producir y remasterizar mi trabajo, ¡será sin duda lo más grande que haya hecho yo hasta el momento y no sería nada sin usted, rasta! –intentó en vano tranquilizarlo el joven músico, a sabiendas que el grande Lee Perry ya no es lo que era.

Su fragilidad mental y el nunca probado abuso de drogas y del barato ron caribeño, amén de los duros golpes de la vida, habían minado su percepción de la realidad, si bien su talento musical parecía ir in crescendo con los años.

─ ¡Qué no rasta! No hace falta que me mienta, estoy hecho una mierda. Escucha esto –dijo con la voz quebrada por la frustración el excéntrico productor jamaiquino y acto seguido con su dedo índice y medio de la mano izquierda repletos de grandes anillos de plata y oro, subía las clavijas de la consola dejando escuchar lo que acababa de grabar.

Las ondas sonoras del reggae y del Dub del novato músico irrumpieron y vibraban contra las paredes del Black Ark realizando un ensayo de lucha contra las malas vibraciones que percibía Lee “Scratch” Perry. No estaba nada mal. A pesar de su locura, el Upsetter seguía siendo el más duro de los productores de reggae del Caribe.

─ ¿Lo oyes? Babilonia acecha rasta, ¡Esto es una absoluta mierda! –exclamó Lee Perry, mientras se levantaba de su asiento y observaba con la cabeza gacha los cándidos rayos de sol que entraban por el agujereado techo del estudio.

De repente, le sobrevino un ataque de ira y la emprendió con rabia contra el Black Ark Studio, su Black Ark Studio. Comenzó a propinarle patadas y golpes a las paredes y a arrancar todos los aislantes sonoros de las mismas en un ejercicio de insanidad inconcebible.

─ Pero, ¿qué carajo hace Maestro? ¡Su estudio no tiene nada que ver con esto!¡Si es una obra de arte y patrimonio sonoro de la isla, brotha!¡Deténgase ya mismo! –arengó el chico rastafari lo más enfáticamente que el tetrahidrocannabinol acumulado en sus neuronas le dejaba.

─ ¡Nooo!¡Este estudio es la perdición!¡Aquí yace Satanás escondido entre los cables y atrás de los micrófonos! –saltaba el enjuto productor afrocaribeño-. ¡Escucha las malas vibraciones, rasta!¡Escúchalas!¡Por eso he caído en desgracia!¡Por eso mi música ya no es lo que era tiempo atrás, man!¡Obra de Babilonia, Satanás en Babilonia, rasta! –iba de un lado al otro desconectando de golpe los cables y rompiendo los vidrios con un martillo.

─ ¡Maestro Upsetter, por Jah Rastafari!¡Deje en paz al Black Ark ahora mismo, que luego se arrepentirá por siempre¡ Venga, salga de aquí, man –le espetó ahora con más saña, verdaderamente preocupado y guardando con prisa todos sus instrumentos, temiendo que el arranque de locura de Lee “Scratch” Perry pudiera terminar en sus últimas consecuencias.

En este estudio, el aún treintañero había grabado en la década pasada a un jovenzuelo mestizo hijo de un capitán británico, que estaba lleno de ilusiones pero que hacía falta pulir como al diamante. Se llamaba Robert Marley y un día había acudido en compañía de Peter Tosh y de Bunny Livingstone al Black Ark en busca de las sonoridades que sólo el Upsetter Lee “Scratch” Perry podía darle a la música.

Igualmente en este anexo, caído en desgracia, se había inventado el Dub en conjunto con otro chico jamaiquino, Osbourne Ruddock, que pasaría a ser conocido más tarde como el rey del Dub, King Tubby.

Pero el buen Lee Perry, ya no aguantaba más su Black Ark Studio. Pensaba que Satanás había maldecido aquel lugar otrora bendito y nadie lo haría cambiar de opinión. Corrió con sus delgadas piernas de garzuela a buscar un bidón de kerosene, tan abundante como combustible en aquella época en el Caribe, y roció todo el estudio, totalmente poseído.

Roció el tablero principal y la mágica consola de cuatro canales, que tantos músicos blancos, incluido el ladrón inglés de Chris Blackwell que le había robado a su querido alumno Robert Marley y su banda The Wailers, habían intentado emular sin éxito.

─ ¡No haga eso Maestro!¡Aquí no hay ningún Satanás!¡Babilonia lo ha envenenado para que crea eso! –gritó desesperado el chico mientras cogía todas sus pertenencias e intentaba salir de aquel lugar, antes de que Lee “Scratch” Perry incendiara su histórico recinto.

─ ¡Muy tarde rasta!¡Sal de aquí ahora mismo, vete, vete! –sentenció casi esquizofrénico el genial productor.- ¡Quémateee Satanás y tus vibraciones de mierda!

Se hurgó en sus pantalones colorines y sacó su mechero de oro, mientras el otro chico salía despavorido sin creer muy bien en la locura que estaba consumiendo a uno de sus grandes ídolos.

Lee “Scratch” Perry lanzó con fuerza el mechero contra su epopéyica consola y una llamarada alumbró el estudio de grabación. El músico, que tampoco deseaba hacerse daño físico, salió del lugar con una sonrisa sarcástica de oreja a oreja y besando una estampilla de Haile Selassie I que tenía en la cartera.

Ambos músicos, el maestro y el alumno, se quedaron pasmados afuera viendo como las llamas quemaban a Satanás y a sus malas vibraciones. El alumno casi lloraba por la pérdida cultural que estaba ocurriendo para su nación. Lee “Scratch” Perry por su parte, sonreía y se imaginaba al mismísimo diablo con cara de británico, eso sí, quemándose en su Black Ark Studio.

Mientras a lo lejos se oían las sirenas de los bomberos y de la policía en aquella noche calurosa de Kingston, Jamaica en 1983 y Robert Nesta Marley hacía un par de años que había sido consumido por un cáncer y enterrado con un funeral de estado en esa paradisíaca isla de las barricas de roble, un joven músico de reggae y Dub con los dreadlocks hasta la cintura le preguntaba al mítico Lee “Scratch” Perry, el Upsetter, como él se hacía llamar, por qué había incinerado ese histórico estudio casero que tanto había colmado de gloria la música jamaiquina.

El señor en cuestión se limitaba a responder, aún quizás bajo el efecto de algún alucinógeno barato y todavía severamente tocado por la separación con su familia ida a vivir a Inglaterra y obstinado con la corrupción de un rico empresario holandés que lo había dejado en la quilla, y con el negocio discográfico de la isla, simplemente esto:

─ Yo seré negro y muy negro. Pero el Black Ark lo era aún más –las llamas se habían llevado ya a Satanás y quizás a la memoria de Chris Blackwell y de Bob Marley-. Era un agujero negro de la locura y de la avaricia de los blancos –dijo Perry sentándose a pelar una banana que recogió del suelo.

“De Javier Montes de Oca”